Los perdedores de esta globalización y el caso del TTIP

Lluís Camprubí 

Se percibe cierta satisfacción académica en algunos politólogos. Aunque no suficientemente, ha ido emergiendo el factor “perdedores de la globalización neoliberal” para entender un número creciente de fenómenos.  

Lejos queda ya aquella pulsión fatalista y distorsionadora de algunos movimientos a vincularlo todo a La Globalización (sic), la cuál además era difusamente entendida. 

Por el camino, con muchas aportaciones, fuimos aprendiendo la necesidad de caracterizar y afinar. Había muchas globalizaciones en marcha (cultural, de movimiento de personas,…) y había algunas expansiones de los intercambios comerciales que no eran para nada recientes, sino que tenían su origen en procesos arrancados hace muchísimos siglos.  Así pues, fue surgiendo un cierto consenso en adjetivar como “neoliberal” a la orientación dominante político-ideológico-económica de la globalización en las últimas décadas. Sin ánimo de ser exhaustivo, ésta está basada en la financiarización de la economía, en la mutación hacia una sociedad de mercado, en la privatización y mercantilización de los servicios e industrias públicas, en establecer una regulación de los mercados funcional a las oligarquías, en eliminar las capacidades fiscal y económicas de los estados para domesticar ciertas pulsiones del capitalismo, y en deconstituir los derechos sociales, laborales y económicos. 

Además, parece que ha empezado a superarse la discusión que no llevaba muy lejos de si la globalización -así en general- era buena o mala. Afortunadamente, parece que cada vez más se mira para quién o para qué es positiva (o no) esta globalización o las concreciones políticas vinculadas a ese paradigma. Así, empieza a primar valorar qué sectores sociales, productivos y  qué países ganan o pierden con determinada iniciativa. En un mismo texto ya se puede encontrar señalado el espectacular incremento de la riqueza de algunos países periféricos-emergentes y a la vez los impactos negativos en sectores productivos de bajo valor añadido en los países del “primer mundo”.  Seguramente uno de los gráficos que más han contribuido a esa lectura de la complejidad es la “N” de Branko Milanovic http://www.globalpolicyjournal.com/blog/21/04/2016/book-review-global-inequality-new-approach-age-globalization donde se señala el incremento de riqueza de la población mundial en los últimos decenios. Se puede apreciar como amplias capas de las poblaciones emergentes (percentiles medios de la población mundial) y los sectores oligárquicos (percentiles más altos de la población mundial) han visto incrementada su riqueza muy significativamente (puntos altos de la “N”) mientras que amplios sectores de población de los países “desarrollados”  (ubicados en percentiles 70-80) de la población mundial  han visto estancada o disminuida su riqueza real.  

Esta distinción de ganadores y perdedores de esta globalización es lo que permite explicar (parcialmente) algunos de los fenómenos que suceden en países de nuestro entorno. No todos los fenómenos ni en su totalidad, pero es un hecho que no se puede obviar. 

En el debate sobre el referéndum Brexit, la analista Berta Barbet insiste y con razón en la necesidad de entender que parte de los partidarios de la “demarcación” son perdedores de la globalización. Esa relación entre el cleavage “integración/demarcación” con el eje de perdedores de la globalización es la que lleva también a la vinculación del “angry white man” como uno de los perfiles significativos de votante de D.Trump. Distintas son ya las alarmas. La aproximación de los sectores “perdedores” al populismo nativista de derechas y la seducción por los discursos chovinistas de repliegue debería ser una de las máximas preocupaciones de las izquierdas.  

En un texto que se espera de próxima aparición, David Lizoain sitúa como uno de los principales retos de futuro atender políticamente y con propuestas a los “uncompensated losers”. Es decir, abordar con políticas compensatorias y correctoras de rumbo los estragos que el actual modo de globalización y las políticas económicas ha causado en diversos sectores sociales.  

Y es en este contexto que aparece el proyecto del TTIP.  

Desde una óptica de izquierdas que no caiga en un proteccionismo vulgar ni en un antiamericanismo de reflejo hay muchas razones críticas para oponerse al TTIP. Son conocidos los potenciales impactos en los servicios públicos (dispositivo “embudo” unidireccional hacia la privatización), en el medio ambiente y la salud humana (sustitución del principio de precaución, estándares menos exigentes en distintos productos y técnicas productivas), en el poder corporativo (tribunales de arbitraje estado-inversor al margen del diseño constitucional, organismos de regulación a medida,…), etc. Y es sabido que el impacto económico al ser básicamente un tratado sobre inversiones y regulación es muy modesto (cabe recordar que las estimaciones más optimistas realizadas por organismos “pro” sitúan un posible aumento del PIB en el 0,5% al cabo de 10 años  de plena vigencia). Y con impactos económicos no uniformes lógicamente, siendo muy desigual dependiendo del país y del sector productivo (con sectores-países beneficiados y otros perjudicados). Con una mirada más de conjunto, tampoco faltan los argumentos críticos: no parece buena idea ampliar el área de “mercado interior” sin ampliar a la par el área geográfica del poder democrático que lo vaya a vigilar y regular; generar jurisdicciones especiales en países con alta seguridad jurídica lo único que hace es quitar garantías a la ciudadanía y a los estados; y tampoco parece que poner a competir (siempre a la baja en ausencia de contrapoder democrático) regulaciones y normas conlleve ampliación de derechos y aumento de los estándares de protección (más bien al contrario).  

Y sin embargo, por alguna extraña razón, los perdedores de la globalización vuelven a caer en el olvido analítico, discursivo y propositivo en el caso del TTIP. Es posible que en algunas izquierdas esté tan interiorizado la mirada “perdedores” que se de por supuesta.  Y seguramente en otras no se tenga en cuenta por esa forma de pensamiento mágico del “esta vez será diferente”. Parece obvio que el TTIP, en el caso (cada vez más lejano, eso sí) de aprobarse actuaría también como acelerador de la destrucción/cierre/desplazamiento de determinados sectores productivos y tejidos económicos de algunos países. 

Desde una perspectiva de izquierdas cada vez parece más difícil defender el TTIP. Lo que ya resulta incomprensible es que aquellos actores que aún apuestan por el intento de domesticación del TTIP no exijan que incluya en su articulado los mecanismos de reconversión productiva y de protección a los perdedores. Dejar pues a las constreñidas capacidades de los estados-nación los hipotéticos mecanismos compensatorios de los impactos negativos del TTIP (o de hipotéticas futuras iniciativas en la misma orientación) parece la receta perfecta para situar a los perdedores de esta globalización en la trinchera de los partidarios de la demarcación y del repliegue nacional.