Los peligros del mito: “Sobre los acantilados de mármol” de Ernst Jünger

Frans van den Broek

Hay algunos libros cuya lectura posponemos bajo la ingenua suposición de que iremos a leerlos alguna vez de todas formas. Pero los días se hacen semanas, luego meses y llegan los años y el olvido o la desidia concurren a su negligencia. En el caso en cuestión, me tomó más de dos décadas reinstaurar el libro de Jünger entre mis prioridades de lectura y esto solo por casualidad. Andaba en busca de un libro para regalar de un autor cuyo nombre comenzaba con H (la escritora Hustvedt para más señas, esposa del afamado Paul Auster) y he allí que el libro del alemán me sonreía irónicamente desde un lugar equivocado. ¿Qué hacía en ese anaquel alborotando los designios del alfabeto? Si debo atender a su contenido, es probable que alguna fuerza misteriosa lo hubiera llevado hasta dicha letra y dicha librería para incitar mi conciencia; si atiendo a mi sentido común, me inclino por algún comprador desatento o un empleado ineficiente. Como fuera, lo compré, pues hacía tanto tiempo que tal autor se había esfumado de mi universo intelectual que no pude evitar tomar el incidente como un signo de los hados y, además, mi sólida educación cristiana me indujo la culpa que nos producen las promesas no cumplidas y vaya uno a saber cuándo volvería a tener la oportunidad. Tal vez tuviera que vérmelas con el mismísimo Jünger una vez descartado este frágil envoltorio corporal y reunidas las almas en el jardín de los bienaventurados, y si algo he aprendido en este valle de lágrimas es a no contrariar a un alemán. Y si no me creen, pregúntenle a la Merkel.

Muy pronto me di cuenta del error que había cometido: no en leer el libro, que es una experiencia de contornos bizarros (por decirlo amablemente), pero que vale la pena, sino en leerlo tan tarde, pues estoy seguro que el libro hubiera hecho las delicias de mi yo juvenil y atolondrado, más proclive a los mitos y las místicas y menos escéptica con relación a las vacas sagradas de la literatura –y a todo lo demás, valga decirlo-. Jünger es una de aquellas vacas sagradas y fungió como el patriarca de la literatura alemana durante todo el siglo veinte. Murió, si no me equivoco, a los 102 años, en 1998, y a su funeral asistieron la crema y nata de la sociedad alemana, muchos de los cuales, estoy seguro, no habían leído su obra. La fama, no obstante, fue poco estorbo a mi lectura y, si acaso, una advertencia de que estaba frente a un escritor al que había que leer como si no supiera nada del mismo, de igual modo a como leemos en la adolescencia, con la más jovial ignorancia. Debo decir de entrada que la lectura de la que se considera una de las obras maestras de Jünger me decepcionó. Quizá los hombres esperamos cosas muy distintas de las así llamadas obras maestras, pero el que escribe espera al menos un módico nivel de inteligibilidad y debo confesar que “Sobre los acantilados de mármol” me dejó perplejo, cuando no irritado. Borges dijo en alguna parte que de joven buscaba los crepúsculos, los arrabales y la desdicha; de viejo, las mañanas del centro y la serenidad. No he llegado aún a la ataraxia griega, pero la oscuridad expresiva ha dejado de ser un valor que tomaba como indicio de profundidad. Las más de las veces, me sugiere una mente confusa o presumida que ha rehusado decir con palabras claras lo que, en el fondo, es simple y ordinario. No creo que sea del todo el caso de Jünger, pero no puedo sacudirme la sospecha de que en parte lo es.

El libro ha sido tan debatido e interpretado que es casi imposible leerlo sin incontables capas de pintura analítica de todos los colores. La verdad, se presta a ello, pues la historia que narra es de naturaleza mítica. El narrador, quien junto a su hermano Otón ha logrado escapar a la hecatombe final, rememora la historia de un civilizado país llamado la Gran Marina, rodeado de otros países menos civilizados con los que a veces se ha embrollado en guerras y otras se ha aliado en procura de una existencia armónica. Pero más allá, en los bosques indomables y amenazantes, vive un líder peligroso llamado el Gran Guardabosque, quien empieza a incitar a sus súbditos bárbaros a actos violentos que acabarán con la conflagración y exterminio de la Gran Marina. El narrador y su hermano Otón están dedicados en el momento de los hechos principales a la clasificación y estudio de la flora de dicho país, en una especie de botánica teológica, como la nombra el traductor, Sánchez Pascual (conocido por sus traducciones de Nietzsche, entre muchas otras). Viven al pie de los acantilados, acompañados por una especie de curandera campesina, que les hace la comida y se ocupa de la casa, y el hijo del narrador (que concibió con la hija de la curandera, huida con un forastero). Han participado en las guerras, pero han dejado las armas para sumergirse en la investigación y la reflexión. Un mal día se adentran en el bosque en busca de una orquídea muy rara, y al hacerlo llegan hasta la Barraca de los Desolladores, un lugar espantoso donde los habitantes del bosque llevan a sus víctimas y las desollan a su gusto. La barraca está adornada con manos de las víctimas y calaveras clavadas en picotas. La novela se desliza desde entonces poco a poco hacia el avance del caos. Un príncipe y un guerrero deciden detener el avance del Guardabosque Mayor y para ello van a su encuentro, pero no vuelven. Los hermanos van a su rescate y conciertan la ayuda de un jefe de labradores que se siente en deuda con ellos y es conocido por su valor. Cerca de la Barraca de los Desolladores se desata la batalla entre el contingente de los hermanos y las huestes del bosque, que resulta en una masacre mutua que ganan los del bosque. El príncipe y el guerrero han sido decapitados y el narrador rescata la cabeza del príncipe. Lo que sigue es la devastación total de la Gran Marina y la huida de los hermanos a otro país, donde iniciarán una nueva vida.

La historia, sin embargo, se complica por su inquietante mezcla de realismo, mitología, simbolismo y alegoría. Los hermanos, por ejemplo, viven junto a unas víboras temibles que no les hacen daño y obedecen al niño del narrador cual perritos falderos que acuden a tomar su leche. Van incluso a salvarle la vida al narrador cuando matan a los atacantes del bosque a una orden del niño. Hay referencia a países europeos reconocibles, pero la Marina no está en ninguna parte conocida. Se mezclan también los tiempos históricos. Buena parte de la novela hace pensar en la Edad Media o el Renacimiento, pero también en los bárbaros que asedian Roma y en la modernidad: aparece incluso un coche, en el que llegan el príncipe y Braquemart, el guerrero. Se habla de sectas y cofradías secretas, pero también de iglesias y padres iluminados por la sabiduría. La ciencia botánica es también ciencia espiritual.

El conjunto es, a mis ojos, abrumador y desconcertante. Jünger se ha negado a otorgarle a la novela la categoría de alegórica, o de novela en clave, como una representación mítica del avance del nazismo y el barbarismo en la Europa de entreguerras (fue publicada unos meses después del inicio de la segunda guerra mundial), lo cual es comprensible. Su carácter simbólico pretende estar más cerca del sentido tradicional del término que de su acepción moderna. Quizá la novela simboliza el espíritu humano en todas sus facetas, desde la espiritualidad inefable hasta la bestialidad más abyecta, pero también el despliegue, cuasi Hegeliano, diríamos, de dichas potencialidades en la historia. Sospecho que antes que Hegel, debiéramos leer a quienes integran la Escuela Tradicionalista de interpretación de la religión para entenderla, como René Guénon, Mircea Eliade o Frithjof Schuon. Sobre nada de lo anterior estoy seguro, pero sí sobre una cosa: no puedo considerarla una obra maestra, por su misma pretenciosidad y confusión expresiva. Es probable que esté escrita en un alemán exquisito que es imposible traducir y así lo creo. La traducción es tan engolada a veces que nos hace barruntar un origen más preciso y estético. Pero si algo prepondera durante su lectura es, ya lo dije, la amalgama de elementos dispares que no dejan al lector lugar al disfrute narrativo y lo abruman más bien con la sorpresa o el desconcierto. Hay pasajes enteros donde la reflexión bordea la inanidad y francamente sobran. Otros son hermosos y recuerdan al escritor templado por la experiencia y fraguado en una objetividad estoica que conocemos de otros libros. El autor ha olvidado, empero, que una de las características del mito o la leyenda, si esto es lo que quería conseguir, es su impecable decurso narrativo, la agilidad retórica que entrampa la mente y la seduce en su corriente paralela de realidad hasta hacerlo parte de ella. Nada más antagónico al mito que la sesuda reflexión filosófica o, peor aún, el aburrimiento.

Por último, los mitos, como tales, suponen un universo semántico compartido del que surgen y el que los hace comprensibles, y si Jünger no quería descender en la alegoría debía hacer recurrido a la pura fantasía, no a la mescolanza de elementos reconocibles y fantasiosos, pues los primeros guiarían, sin duda, su interpretación. Y al no ser claro en sus referencias, esto solo podría derivar en posibles interpretaciones fallidas y hasta nocivas. No en vano los nazis quisieron enrolarlo para su labor intelectual de purificación del alma germana, a lo que siempre se negó. Pues al exaltar los valores del guerrero noble y puro, cuya alma se forja en medio de las batallas y la templanza espartana, era de esperarse que alguien lo tomara como apología de la voluntad del más fuerte. Al imaginar una sociedad civilizada y armónica con rasgos medievales está sugiriendo, sin quererlo tal vez, que todo tiempo pasado fue mejor y que había que regresar a la tierra y la sangre de los antepasados. El Gran Guardabosque puede no ser Hitler: puede ser Stalin también, pero asimismo la conspiración judeo-masónica o los inmigrantes de países subdesarrollados o el presidente de los Estados Unidos o El Rey de los Infieles. No en vano los mitos y las leyendas auténticas se forman en generaciones de autores anónimos que han tenido tiempo de compulsar sus implicaciones y depurar la narrativa. Hacerlo de modo artificial siempre conlleva peligros.

Pero sé que he cargado demasiado las tintas, claro está. Jünger se distanció de los autoritarismos toda su vida y produjo obras mucho más directas y claras que la que he comentado. Es sabido su interés por el misticismo de tipo heideggeriano, pero a diferencia del filósofo no se integró en el partido nazi para avanzar su carrera. Algo de sus brumas se le contagiaron, no obstante, y son consustanciales con parte de su obra. El contraste con sus diarios de guerra no puede ser más agudo, por ejemplo, y demuestra que Jünger era capaz de diversas modulaciones narrativas. La que representa “Sobre los acantilados de mármol” es menos apta para mi temperamento, pero no quiere decir que no lo sea para el de los demás, por lo que recomiendo, a pesar de todo, su lectura. Si alguien la interpretara mejor que yo, no deje de avisarme.

16 pensamientos en “Los peligros del mito: “Sobre los acantilados de mármol” de Ernst Jünger

  1. Joer, como está la cosa en DC después de las elecciones mira que traer una novela en la que el malo malísimo tambien gana la guerra. Seguro que el Guardabosque Mayor tambien tiene barba y sisea.

  2. Off Topic: “El Consejero catalán de Salud propone para toda España que por encima de un nivel de renta sea obligatorio contratar sanidad privada.”

    Supongo que los medios de comunicación y los políticos del PP se apresuren a calificar esta propuesta de “ocurrencia”. Es el término al que estábamos habituados con las propuestas que hacía el gobierno anterior de la nación.

  3. “La deconstrucción (Jacques Derrida) consiste fundamentalmente en mostrar cómo se ha construido un concepto cualquiera a partir de procesos históricos y acumulaciones metafóricas, mostrando que lo claro y evidente dista de serlo, puesto que los útiles de la conciencia en que lo verdadero en-sí ha de darse, son históricos, relativos y sometidos a las paradojas de las figuras retóricas de la metáfora y la metonimia. El discurso deconstructivo identifica la incapacidad de la filosofía de establecer un piso estable”.

    THRIVE español: http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=4Nk2CGEsDdU#!

  4. En sus casi cien años el inquietante Ernst Junger publicó decenas -¿50?-, de obras, lo que, unido a la fuerza de su personalidad, le convirtió en una “vaca sagrada” de la cultura alemana, como dice el articulista.

    No es probable que José Luis Sampedro, con más de noventa años ya, alcance los niveles de la producción literaria del alemán. Su obra de ficción apenas si llega a la docena de libros, menores la mayoría, con dos o tres títulos que los más esforzados podrían llegar a recordar. Luego está su obra técnica de economista, sobre cuya valía no tengo la menor idea (aunque me temo que tampoco es de las que se dice “de referencia” para su gremio) y por último su obra, tardía, de carácter profético o de denuncia que es de la que más suelen hablar sus admiradores. O sea que, al margen de la simpatía que inspire su trayectoria, no parece que su obra sea una aportación importante a la cultura española en general ni a su literatura en particular. Pero eso no ha impedido que un jurado le otorgue hoy el Premio Nacional de las Letras diciendo de él que es “uno de los más importantes escritores vivos en lengua castellana”. ¡Qué disparate!

  5. Jünger vivió 103 años. Igual le ayudó a tanta vitalidad sus intensas experiencias con LSD. “Sobre los acantilados de mármol”, que leí hace años, me pareció un poco coñazo. Demasiada metáfora. Prefiero sus memorias. Amplísimas, como no podía ser de otra forma.

    Coincido con Barañain, lo que me empieza a preocupar. Sampedro es un viejecito entrañable pero su literatura no es para tirar cohetes. De todas formas, desde que le dieron el Nacional a Antonio Gala, me espero cualquier cosa.

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    Se confirma que Mariano ha suprimido las cestas de navidad en Debate Callejero:

    ¡HUELGA GENERAL, YA!

  6. “Jünger vivió 103 años. Igual le ayudó a tanta vitalidad sus intensas experiencias con LSD. “Sobre los acantilados de mármol”, que leí hace años, me pareció un poco coñazo. Demasiada metáfora.Prefiero sus memorias…”
    Ejem…pues no es mala idea eso de flipar y mantenerse longevo…lo que no entiendo es como pudo escribir sus memorias…JAJAJA…QUE NERVIOS.

    Gracias Frans por tu articulo,sobre todo por tu tratado filossofico sobre los encuentros inesperados.

    Frans van den Broek

    “Hay algunos libros cuya lectura posponemos bajo la ingenua suposición de que iremos a leerlos alguna vez de todas formas. Pero los días se hacen semanas, luego meses y llegan los años y el olvido o la desidia concurren a su negligencia. En el caso en cuestión, me tomó más de dos décadas reinstaurar el libro de Jünger entre mis prioridades de lectura y esto solo por casualidad. Andaba en busca de un libro para regalar de un autor cuyo nombre comenzaba con H (la escritora Hustvedt para más señas, esposa del afamado Paul Auster) y he allí que el libro del alemán me sonreía irónicamente desde un lugar equivocado. ¿Qué hacía en ese anaquel alborotando los designios del alfabeto? Si debo atender a su contenido, es probable que alguna fuerza misteriosa lo hubiera llevado hasta dicha letra y dicha librería para incitar mi conciencia; si atiendo a mi sentido común, me inclino por algún comprador desatento o un empleado ineficiente. Como fuera, lo compré, pues hacía tanto tiempo que tal autor se había esfumado de mi universo intelectual que no pude evitar tomar el incidente como un signo de los hados y, además, mi sólida educación cristiana me indujo la culpa que nos producen las promesas no cumplidas y vaya uno a saber cuándo volvería a tener la oportunidad. Tal vez tuviera que vérmelas con el mismísimo Jünger una vez descartado este frágil envoltorio corporal y reunidas las almas en el jardín de los bienaventurados, y si algo he aprendido en este valle de lágrimas es a no contrariar a un alemán. Y si no me creen, pregúntenle a la Merkel.”….jeje.

  7. Del articulo de hoy de Frans van den Broek, a quien felicito y doy las gracias, destacaría la “sólida educación cristiana” que ha recibido, y le preguntaría ¿lo de sólida como se come? ¿quiere decir que sólo tiene un punto de vista que siempre se ha de ajustar a la doctrina católica para alcanzar el cielo y hace oídos sordos a todo lo que pueda alejarle de ella? Si fuese así, entendería el porqué no quiere entrar a valorar mi libro “El Capital de la Vida”: http://www.monografias.com/trabajos81/capital-vida-valor-descrubir/capital-vida-valor-descrubir.shtml ¿darse cuenta de que existen otras posibilidades de ayudar de verdad a los demás le provocaría acabar en el infierno de los condenados por “Dios”? Ejem… que me lo explique si tiene a bien.

  8. ¿Cómo se ha enterado de la supresión de las cestas de navidad a Debate Callejero, Polonio? ¿Ha hablado por fin Mariano?
    Yo también propongo una respuesta seria. Una cosa es que Moncloa nos vaya a suprimir las subvenciones y otra que, además, nos quiten las cestas.

  9. 7
    Comparto que con la entronización de Gala, se traspasó una línea roja. ¿Más motivo para la preocupación? Ánimo, ya estamos cerca de hacer el Frente Popular.
    Y más con la noticia sobre las cestas navideñas. ¡Ni un paso atrás frente a esa provocación!

  10. Pues a mi me han dicho que si que habra cesta de Reyes…ejem,quise decir….”un saco de carbon” y una “casettte” con musica brasileña….pepepe,pepepepepe,pepepepepepepeeeeeeeeeeeee…¡animo callejeros!…jeje.

  11. A mí la primera respuesta seria que se me ocurre frente a la provocación de las cestas es un grito unánime de ¡¡¡Viva Ejpaña!!! por parte de los blogueros.

  12. O de ¡¡Viva Honduras!!, me da igual, como a ustedes les guste más.

  13. ¿Qué día recibe Rajoy a Debate Callejero? ¿Vamos antes o después que el Marca?

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  14. Lo que pasa es que no estamos siendo constructivos. Bien podríamos haber echado una mano al presidente electo sugiriéndole nombres para su gobierno. Creo que sólo Amistad Cívica hizo algo de eso, pero debió de sonar malicioso.

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