Los mil millones de abajo, de Paul Collier

Alberto Penadés

 He aprovechado el domingo para terminar un libro de gran interés, aunque ya tiene un par de años, que me ha regalado un amigo y que quiero recomendarles. Trata del desarrollo económico (y político) de los países pobres y de lo que pueden hacer los países ricos: El club de la miseria, de Paul Collier (The Bottom Billion, en inglés). Su autor ha sido el director de investigación en el desarrollo del Banco Mundial y ahora dirige el Centro de Estudios de las Economías Africanas de la Universidad de Oxford. Por lo que se colige de la introducción, llegó a interesarse por la economía de África como joven marxista, algo que parece haber abandonado hace mucho. El libro presenta, en muchos sentidos, una moderada posición centrista entre los puntos de vista de la derecha que creen que la ayuda al desarrollo es sencillamente inútil y posiblemente nociva y el izquierdismo que encuentra en ello una especie de deber moral postcolonial, o una forma de sentirse mejor. 

El libro no se pregunta por lo que sucede en los países en vías de desarrollo, pues mal que bien se desarrollan, sino en aquellos cuya renta apenas se ha movido desde los años setenta, en los que viven unos mil millones de personas, incluyendo buena parte de África, pero también otros países como Haití o Timor Oriental. Que la renta no se haya movido significa que son calamitosamente pobres. En el libro se resumen muchas investigaciones parciales del autor y su equipo, que van formando un gran relato, incluyendo un diagnóstico y algunos remedios bastante atrevidos.

 Los rasgos de estos países no son desconocidos, pero Collier va mostrando la importancia de cada uno de ellos. Son países atrapados en conflictos casi permanentes (golpes de estado, rebeliones y guerras), son países a menudo dotados de abundantes recursos naturales (que permiten vivir bien a una élite gobernante sin preocuparse por el resto), son países con fuertes dificultades para el comercio, pues suelen carecer de salida al mar y suelen estar rodeados de vecinos también pobres, y son países pésimamente gobernados, donde el autoritarismo, la corrupción y la protección de intereses son la regla, y las políticas que podrían beneficiar al desarrollo la excepción. Son países tan pobres que han perdido todos los trenes, ni siquiera pueden ser “explotados” por la globalización, que sencillamente los ha ignorado.

 ¿Pueden los países occidentales hacer algo para promover el bienestar de esos mil millones? Una de las partes más interesantes del libro es su disección de los mecanismos de ayuda internacional. La ayuda internacional en estos países cumple un papel importante, y la tesis de Collier es que, sin ella, loa más pobres habrían retrocedido y lo serían todavía más. Con todo, la ayuda no llega adonde tiene que llegar. Por ejemplo, calcula que un 11%, a pesar de los controles, se dedica a gasto militar, lo que tal vez no sea demasiado como para desacreditarla, pero sirve para sufragar el 40% del presupuesto militar de esos países. Teniendo en cuenta que el ejército es una parte importante del problema, los efectos secundarios de la ayuda son en esto muy nocivos. Buena parte de la ayuda, además (especialmente la de la UE) son subvenciones directas y ayuda presupuestaria que (dejando de lado que normalmente se dan a países relativamente menos necesitados) son mucho más fáciles de desviar en aquello que el gobierno de turno crea oportuno para seguir en el poder (que raramente es lo que beneficia a su pueblo de forma mayoritaria). Collier sostiene que las trabas burocráticas que imponen las agencias de ayuda internacional, tan ridiculizadas a menudo, cumplen una importante misión financiera al evitar que las inversiones se desvíen en exceso.

 Collier sin duda (y con datos) apuesta por la ayuda condicionada a cambios verificables en política (cuenta cómo en Kenia consiguieron cinco veces consecutiva un crédito del FMI haciendo la misma promesa de reforma económica cinco veces incumplida), de manera que las administraciones de esos países se vayan reformando y creando mercados. En casos extremos de corrupción, apuesta por administrarla a través de organismos con autoridad independiente, lo que tiene el problema de no producir un efecto de mejora en la administración interna del país. Ninguna de estas soluciones, por cierto, es popular entre cierta izquierda, que lo encuentra de neocolonial para arriba.

 Pero lo más polémico de su trabajo no es el tipo de ayuda que defiende, o que señale los efectos nocivos de la ayuda mal dirigida (otros muchos lo hacen), sino que cree que el conjunto de medidas debe incluir intervenciones mucho menos populares. Se trata de tres acciones fundamentales: intervenciones militares, reformas legislativas internacionales para mejorar la transparencia y combatir la corrupción, y mejoras en el libre comercio.

 Las intervenciones militares, afirma, podrían ser esenciales para disuadir o repeler golpes de estado y rebeliones en estos países. Un esfuerzo militar moderado puede ser suficiente para atajar una de las causas principales de su pobreza. El problema, de acuerdo con Collier, es que normalmente se interviene en los lugares “equivocados”, como Irak, o las fuerzas internacionales intervienen nominalmente pero no tienen el coraje de arriesgar vidas en los lugares donde el uso de la fuerza desbandaría de modo sencillo a algunos ejércitos de asesinos que asolan el territorio (pone de ejemplo la exitosa Operación Palliser del ejército británico en Sierra Leona).

 Las reformas legislativas occidentales son esenciales para evitar que los corruptos puedan poner su dinero a salvo entre nosotros. Sobre eso nadie pone objeciones (salvo los gobiernos y los banqueros occidentales, que no es cosa de poco). Mucho peor es la situación de la conciencia sobre la importancia del comercio internacional, pues buena parte del público no la entendemos.

 Collier ironiza muy efectivamente sobre una costosa –y reciente- campaña publicitaria contra el comercio libre desarrollada por Christian Aid (según afirma, la principal recolectora de fondos privados para la ayuda al desarrollo en Gran Bretaña, y muy respetada por los políticos). La campaña se basaba, supuestamente, en trabajos de economistas y expertos en comercio internacional con resultados demoledores para el libre comercio capitalista y su depredación de África. Collier recabó información y demostró, con ayuda de diversos economistas internacionales, que los supuestos expertos no existían, sino que eran aficionados y, sobre todo, que sus datos eran falsos y sus conclusiones también. Collier, como la mayoría de los economistas, está convencido de que las barreras al comercio (incluidas las barreras que imponen los países pobres para proteger a sus propios intereses especiales) favorecen la miseria, y de lo único que culpa al público occidental en general es de no querer saber eso. Es el único paso en el que cree que los ciudadanos comunes tenemos una responsabilidad en lo que les sucede al “millón de abajo”.

 No obstante,  creo que su libro sería más completo si fuera algo más radical en algunas preguntas. Si la ayuda internacional es insuficiente en términos cuantitativos y está mal dirigida en términos cualitativos ¿no será que su propósito no es ayudar al desarrollo? Si las intervenciones militares no contribuyen a la democracia y el desarrollo ¿no será que no es eso lo esencial? Y si no es así ¿a qué sirven? No puede ser que Collier, u otros científicos, vean más que los gobiernos. Al libro le falta dar un paso más en el análisis, y es tratar de explicar por qué lo que se puede hacer no se hace. La respuesta seguramente está, en última instancia en los intereses de los países occidentales, y esto no quiere decir otra cosa que en los intereses del público que democráticamente elige a sus gobiernos en estos países. Posiblemente, el problema no es que ignoremos los hechos del comercio internacional, sino que la mayoría de nosotros no estamos lo suficientemente interesados en hacer los sacrificios necesarios para impulsar el desarrollo de los países pobres.

 Regularmente (ahora con la situación de cambio en los países árabes, una vez más) se reprocha a la política exterior de los gobiernos occidentales la perversa protección de un conjunto de intereses particulares como si esos nos fueran ajenos. En mi opinión, protegen nuestros intereses, al menos en el muy importante sentido de que tratan de ayudarnos a nosotros, para que les votemos, antes de ayudar a nadie más. Creo que el público democrático no puede escurrir siempre el bulto tan descaradamente y pasarse la vida disparando a los espantajos sobre los intereses armamentísticos, la seguridad israelí, las multinacionales o la que los trajo a todos. Que no es que todo eso y más no sea un problema, seguramente también, pero empecemos por nosotros mismos.