Los invernales, un estudio

Sicilia 

Échenle un vistazo a esta semana. Frío siberiano del de verdad, viento, hielo, nieve, todo ello adecuadamente contextualizado en un periodo del año donde los días se acortan de modo inmisericorde. 

El invierno cerrado es la negación de todo lo bueno de la vida, es más, de la vida misma. Miren ustedes a la naturaleza, hojas caídas, y ni un brote, ya sea verde o de otro color, y animales emigrando o durmiendo. Los que quedamos despiertos es porque no nos queda otra.

 Por tanto ¿Cómo cabe calificar a esa gente, que todos conocemos a alguno, que dice, impune y descaradamente “pues a mi me gusta más el invierno que el verano”, o incluso extremistas radicales que dicen aquello de “el invierno es mi estación favorita del año”? Para no permitir que la creatividad y la bilis nos lleven a ponernos faltones, dejémoslo en denominarles “Los invernales”.

 Una vez encontrado el cómo calificarles, pasemos a cuestiones de orden superior ¿Por qué existen? ¿Qué lleva a un invernal a ser lo que es?

Una primera teoría se pregunta si todo se debe a una disfunción en el hipotálamo que hace al invernal tener la temperatura corporal alta y sentir como benigno fresquito lo que a los demás nos hace acordarnos del padre de Peneque. Sin embargo, la evidencia empírica flaquea, no habrán visto a ninguno de estos apologistas de Érebo con chanclas y mangas cortas en esta época del, año -si han visto a algún espécimen así no era un “invernal”, era un guiri pasado de copas-. El invernal viste con abrigazo, bufandaza, guantes y todo tipo de prendas que cubren, tapan, disimulan y amparan. No parece, pues, que haya disfunción orgánica que le haga sentirse mejor cuando los demás estamos peor.

Una segunda hipótesis es que el invernal no proviene de tara alguna en su organismo, sino que se trata de un animal especializado, como el mamut lanudo o el pingüino. Sin embargo, los estudios de reputados antropólogos de campo no encuentran el correlato adecuado en su conducta.

No forman  extensos rebaños arrastrando los faldones de los abrigos, no se ven manadas por calles y plazas enseñoreándose de todo lo que su vista rodea.  Tampoco se reúnen en animado grupo, desnudos y parlanchines, al pie de fuentes públicas, estanques o corrientes de agua en torno a un vivaz parloteo. No se percibe un grupo distintivamente reconocible que en esta época barra a las otras especies (como yo) menos adaptadas.

Por hallar algo, lo único que se ha hallado como seña colectiva en algunos invernales es su gusto por meterse en casa, poner la calefacción a toda leche, taparse con manta o muy castellanas faldillas de brasero y decir ¡Que bien se está aquí! En esto se parecen a otro grupo humano, los “lluviosos”, o aquella gente que afirma disfrutar de la lluvia, eso sí, convenientemente amparados tras los cristales de casa.

La tercera y cuarta hipótesis son de más complicada experimentación de campo, ya que atribuyen la raíz del “invernalismo” a factores psicológicos, individuales y colectivos.

La tercera hipótesis atribuye el origen del invernalismo a la incapacidad de adoptar una verbalización coherente, o una comprensión eficaz, del proceso de la propia respuesta ante un estímulo dado. Es decir, lo que en castellano se entiende por “ser medio frasco”. Si cuando está el tiempecito como estaba hace dos noches, pongamos por caso, usted tiene ganas de salir a la calle en ropa interior y charlar debajo de una farola con una cervecita en la mano, no cabe duda de que a usted le gusta y disfruta del frío y el invierno. Para gustos los colores, véase la disciplina inglesa o los oyentes de Intereconomía.

En cambio, si cuanto mas frío hace más se tapa y le gusta, o se ve más mono o mona con ropas largas y oscuras, o disfruta del calorcillo de la manta o del brasero, a usted no le gusta el invierno, lo que le gusta es otra cosa, (frasco).

 La cuarta hipótesis, en cambio, apunta a una respuesta consciente ante un entorno que el invernal considera hostil, y ante el cual busca reafirmarse a través de experimentar una falsa superioridad ante los demás. Es decir, lo que en román paladino se denomina “para joder”. Eso explica por qué se oyen más proclamas pro invernales cuanto más nos quejamos del frío los normales, o cuanto peor está el día. En este caso no hay nada que decir, los hay que se pintan el pelo de colores, que se hacen piercings, que se visten de lagarterana y cada uno construye su coraza identitaria como buenamente puede.

 Asumiendo que, por las razones que sea, los invernales efectivamente existen ¿Cómo reaccionar ante ellos? ¿Hay alguna posibilidad real de que el invierno realmente “mole” y que los que estemos equivocados seamos los demás?

 Contestando primero a la segunda pregunta, a través de un sencillo juego de “roleplay”, metiéndose en la mente de un invernal puro ideal, deberíamos sentir una profunda empatía ante los siguientes enunciados:

  • ¡Qué vivificante y agradable es levantarse por la mañana –por denominar de alguna manera a esa cosa negra que se ve al otro lado del cristal-, abrir la ventana, y maldecir en arameo porque a punto está uno de perder miembros en el acto! Maravilloso.
  • ¡Cómo anima que la luz solar dure nueve horitas y que a las seis de la tarde sea de noche cerrada, qué alegre a la vista es una dosis masiva de foco fluorescente! ¡Venas qué humor a tanta serotonina han dado!
  • ¡Qué ganas de salir a la calle y de pasear con tranquilidad, o de quedarse charlando sin más al sereno!, qué vigorizado me siento.
  • ¡Qué noble atuendo y postura adoptamos con el frío! Embutidos en siete capas, y aun medio tiritando, encogidos hechos un cuatro y desplazándonos a toda castaña, entre el paso de carga y el trote cochinero

 Me temo que la empatía es cero. Como se decía en los primeros párrafos la naturaleza ya nos enseña qué bueno es el invierno. A lo cual puede añadirse la prueba de cargo definitiva, las terrazas con brasero manta son patéticas. Si es a 25 grados son paradisíacas. Queda demostrado que el invierno jamás puede molar.

 En cuanto a la actitud social que debe tomarse con los invernales, desde un punto de vista tanto cortés como democrático, ha de darse lugar a que cada uno exprese sus gustos y viva conforme a su voluntad sin causar perjuicio a los demás. Por tanto, siempre que sus manifestaciones no sean demasiado persistentes o inoportunas, y siempre que no podamos atribuirles la existencia de los frentes borrascosos, a los invernales hay que consentirlos y tolerarlos en buena armonía. Eso sí, en un mundo ideal, donde cada uno pudiese negociar los días de invierno que le toca soportar al año, por mí se iban a quedar con todos los míos.