Los espacios no baremados ni organizados por los adultos

Carlos Montbau

En muchas ocasiones resulta complicado que tus hijos se queden a jugar en la puerta de la escuela con sus amigos de clase. Numerosos padres o abuelos marchan con sus hijos a paso ligero hacia una actividad extraescolar que ayude a completar su CV académico que ya anda casi tan cargado como algunas mochilas escolares. Y no tengo claro que en términos de psicología evolutiva sea la opción más válida. Es verdad que las extraescolares sirven a muchos padres para poder compaginar la vida laboral con la familiar pero me parece a mí que no es lo que les toca a nuestros niños y niñas.

Es muy gratificante ver a los críos jugar a la puerta de la escuela o en un parque cercano al colegio con sus compañeros de clase. Me parece que el juego junto a un bocadillo es de lo poco que necesitan a esas horas de la tarde. Y creo que lo que no necesitan son actividades regladas y protocolarizadas, ordenadas y cronometradas por los mayores. Bienvenido el inglés y la música y algunas otras actividades físicas pero algunas de estas actividades podrían ser factibles conjugarlas dentro del horario escolar y no ampliar el horario de “obligaciones”. Muchos pedagogos ya nos han avisado que el academicismo exacerbado más deberes en casa no es lo más apropiado para los críos. Y ante esta realidad no puedes no hacerte esta pregunta: ¿No tendrán ocasión en la adolescencia o primera juventud de hacer un Erasmus en el caso de idiomas donde será más fácil y más adiente el aprendizaje de otras lenguas?

Y si pensamos en los horarios y las actividades regladas y pautadas la verdad es que las grandes ciudades se llevan la palma. Ya hace años que en nuestras ciudades desaparecieron los descampados donde no costaba mucho improvisar un partido de fútbol o perseguir pequeños insectos y animales o cualquier otra actividad pautada por los propios menores y sin la ficha de indicadores y objetivos de un monitor/a. Y es cierto que estos lugares y estos juegos sin adultos también tenían sus disfunciones como pequeños que chuleaban a los que aun eran más pequeños y se las hacían pasar canutas pero, salvo excepciones, eran unos muy buen lugares para la socialización entre iguales. Pero claro, cualquiera le dice y permite a su hijo, en medio de la jungla de asfalto que son las ciudades actualmente, que se marche unas horas solo por la calle junto a sus amigos. A la gran mayoría de los padres nos entraría una angustia muy profunda por aquello del hombre del saco y algunos otros peligros que son más leyenda urbana que realidad.

Y estando así las cosas la oferta que nos ofrecen los esplays con sus actividades regladas de fin de semana sigue esta tónica ya que es una zona intermedia entre lo lúdico y lo académico pero con la mirada adulta aunque con el matiz del buenrollismo. Es cierto que en según qué realidades y lugares estos centros cumplen una excelente labor social pero su uso generalizado no deja de ser, a mi manera de entender el tema, otra manera de colocarle a la mochila de nuestros hijos otro espacio donde las reglas y normas están claras, pautadas, baremadas y reguladas por un adulto.

Y ya puestos a organizarles la vida a nuestros hijos (ojo, no me lo confundan con los necesarios límites que necesitan los más pequeños del lugar) tenemos también la posibilidad de montar un festival de música infantil como fue el caso del Minimusica donde durante toda una jornada podías escuchar diversos grupos de música “pensados” para los niños. Esto sucedió en Barcelona hace un mes y tenía gracia ver a padres bailando al lado del DJ y a sus hijos con nulo interés en la música y en los diferentes recursos que ofrecía el festival y jugando con cualquier otra cosa que nada tenía que ver con el festival.

En el fondo este artículo busca reivindicar esos lugares no compartidos entre adultos y pequeños y donde el juego improvisado organizado por los propios niños sea el protagonista. Aquellos intentos de “montarles” la vida a nuestros peques aunque sea con la mejor de las intenciones no creo que sea lo más saludable para ellos y es que ese desorden de sus juegos visto desde una mirada adulta sea posiblemente una rica fuente de recursos que les será de mucha utilizada cuando sean mayores y que les facilitara la circulación social.