Los diosecillos y sus curas

Guridi

Durante mucho tiempo, los seres humanos, aterrados por las fuerzas que no entendían y sujetos al azar sus destinos, imaginaron que el azar era la voluntad de seres caprichosos, cuyas fuerzas y poderes les permitían manejar la naturaleza a su antojo. A esos seres les llamaron dioses. Y cómo el azar es incomprensible, las señales que los dioses mandaban a los mortales eran confusas y nadie se terminaba de poner de acuerdo acerca de qué significaban. Para atajar esas polémicas, a alguien se le ocurrió hacerse intérprete exclusivo de la voluntad de los dioses y, de paso, transmisor de sus poderes. Esas personas se llamaron gurús, brujos, sacerdotes o pontífices. La voluntad de los dioses se creía tan poderosa que gobernó naciones e imperios. Reyes, faraones, emperadores, tiranos y teócratas gobernaban “por la gracia de Dios” y sólo los dioses podían poner en cuestión su liderazgo. El resto de mortales acataban y se resignaban a no ser castigados por los caprichos del gobernante.

Con el tiempo, fuimos descubriendo que los fenómenos naturales se pueden explicar y que los hombres y mujeres son iguales. Los reyes sangran tanto como el pueblo y en sus milenios de existencia no han demostrado tener un criterio sobre las cosas por encima de la media. En algunos casos muy por debajo.

Así que, no sin trabajo, se privó a los dioses de su poder sobre los asuntos mundanos y se recortó el poder de los monarcas. En unos casos, hasta recortándoles el pescuezo, en otros, mediante constituciones. Poco a poco, el Pueblo iba siendo el soberano mediante la gracia de dios. Pero el pueblo, aún mejor que los monarcas, tampoco es infalible y se tuvieron que crear mecanismos para que las mayorías no se convirtieran en el tirano de las minorías. De ahí que se inventase la separación de poderes, el imperio de la ley y otros mecanismos que nos obligasen a sentarnos y ponernos de acuerdo, antes que usar el voto como arma antipersona.

Esto no es tan común como parece. Hay regímenes llamados nacionalistas, donde el soberano es la Naciòn: un ente divino formado por la mezcla de leyendas y realidades, vivos y muertos, cuya voluntad sólo es dada a conocer a unos pocos, como pasa con los sacerdotes, y estos pocos creen que la voluntad divina de la Nación ha de imponerse a todos los demás: por eso se llaman nacionalistas.

Están los que creen que el Pueblo es un ente divino, cuya voluntad es única y no la efervescencia de voluntades diferentes e ideas distintas de personas iguales. La voluntad del pueblo es la dios, como en el caso de los monarcas, y quien no la siga es un traidor al pueblo. Y los sacerdotes de la voluntad del pueblo, los únicos que afirman entenderla, se llaman populistas.

Luego hay quienes creen que la mejor manera de interpretar la vida de los millones de personas con las que viven es medirles por el dinero que tienen: los que más poseen es porque han hecho mayores méritos que los demás. Los que menos, es porque son vagos y un Estado que da vía libre para hacerse rico, sin meterse por medio, es lo necesario. Cuando crees que el dinero es la medida de todas las cosas y eres el sacerdote-tirano de éste, eres un capitalista.

Cuando crees que el pueblo es una sociedad de personas, donde todos merecen poder triunfar dando lo mejor de sí mismos, cuando crees que hay que cooperar en lugar de competir, respetar al diferente y hasta aprender de él, cuando sospechas de líderes sabios y deidades, cuando crees que nadie tiene la razón absoluta y que el poder tampoco debe de serlo, cuando piensas en la sociedad, eres socialista. Mala suerte, no tienes dioses ni certezas inamovibles. Pero te prevendrás de los tiranos.