Los de la escondida senda

Frans van den Broek

¿Ha llegado alguna vez a una fiesta llena de gente extraña y sentido imperioso deseos de largarse de allí o de arrumarse en un rincón? ¿Se ha encontrado alguna vez en casa como León en jaula y llamado al primer amigo de su lista, aburrido o no, con tal de salir de casa y meterse a algún bar lleno de gente? Si responde afirmativamente a la primera pregunta es usted, con buena probabilidad, un introvertido. Si dice que sí a la segunda, lo más probable es que sea usted un extrovertido. Pues resulta que desde que el mundo es mundo y el homo sapiens, homo sapiens, la población está dividida en tipos humanos más o menos identificables, a los que conocemos, desde Jung, por los nombres recién mencionados. Existe, eso sí, en esta era de clasificaciones sin fin, una categoría mixta, llamada ambivertidos, aquellos que combinan rasgos de ambas categorías, o que estuvieron distraídos a la hora de hacer el test, vaya uno a saber. En todo caso, lo anterior ha ocupado mi mollera debido a la lectura del libro de Susan Cain, aptamente titulado “Quiet”, en el que aboga por el reconocimiento de la contribución que han hecho y hacen los introvertidos a la humanidad, en todos los terrenos, en unos tiempos en que el tipo del extrovertido es visto como el modelo a seguir.

Nos informa Susan Cain en su libro que la cultura occidental –preciso de entrada que Cain está escribiendo sobre todo de la cultura americana, que, a la larga, acaba influyendo en todas partes- ha experimentado un vuelco desde una Cultura del Carácter a una Cultura de la Personalidad. Como podrán atestiguar nuestros abuelos y quizá hasta nuestros padres, antaño se valoraban las virtudes de una persona, su probidad moral, su fortaleza de espíritu, sin que importara demasiado si aquellas venían empaquetadas en papel de regalo o en bolsa de tendero. Un hombre de carácter era no solo un hombre temperamental, capaz de ejercer autoridad explícita, sino un hombre de principios que se ajustaba a ellos de la mejor manera posible. Pero en cierto momento de la historia, y bajo la influencia probablemente de la expansión de la mentalidad de mercado, se empezó a valorar más el paquete que el regalo. Esto es, las características que comenzaron a valorarse fueron las de ser capaz de fascinar con la apariencia y la personalidad, con la sonrisa a tiempo y la palmada en su momento, con la labia fácil y los gestos seguros, con las características, en una palabra, de un buen vendedor. Cain sitúa a Dale Carnegie como uno de los principales propaladores de esta corriente cultural, que acabó siendo adoptada por el mundo de los negocios y, para mal de un buen porcentaje de la población, por la cultura en general. De modo que así se inició el ostracismo del introvertido y el alza del extrovertido y, añadiría, del extrovertido extremo, el que es capaz de bailar sobre la mesa si las demandas de la situación lo exigen, ya que cada relación es, en buena medida, una suerte de transacción comercial en la que se gana algo o se pierde todo. Más valía entonces hacerse de amigos de la manera que fuera, incluso manipulando emociones, como quiere Carnegie, y sonriendo todo el tiempo, que encerrarse en un rincón a meditar en silencio sobre el sentido de la vida. El extrovertido solo halla sentido viviendo la vida loca, si se quiere, la vida de la expansión vital, la sobre-estimulación, la interacción social y, si es posible, una buena cuenta bancaria.

Cain llama la atención sobre una multitud de estudios científicos que prueban que la clasificación Junguiana no fue solo una especulación de la psicología, tantas veces culpable de fantasías mórbidas, a lo Freud, sino que está asentada incluso en hechos neurológicos que distinguen a unos y otros. Entre los hispanohablantes podemos recurrir siempre a los modelos de Don Quijote y Sancho Panza para orientarnos, pues aunque parezca caricatura, algo hay de cierto en que hasta el cuerpo es distinto en los introvertidos. No necesariamente la panza, sino el cerebro. Por ejemplo, una serie de estudios longitudinales, de muchos años de seguimiento, han constatado que una zona del cerebro encargada de administrar emociones y filtrarlas, la amígdala, es más reactiva en los introvertidos que en los extrovertidos. Esta distinción puede apreciarse incluso en los niños más pequeños: sometidos a diversos estímulos, los introvertidos patalean más. Uno podría pensar que el pataleo se corresponde con un pata de perro, como llamamos en Perú a quienes prefieren la vida social y salir por allí a la lectura del Quijote, los extrovertidos, pero no, son los introvertidos quienes patalean por su mayor sensibilidad a los estímulos, lo que más tarde se traduce en una tendencia a no someterse a demasiadas injerencias del mundo externo, esto es, a buscar la reclusión y la meditación antes que las fiestas o los podios. Saber esto puede ser crucial a la hora de buscar trabajo o de saber cómo manejar los ambientes en los transcurre la propia vida. Al parecer, como quería Eysenck, los humanos buscamos un nivel óptimo de estimulación, con el que nos sentimos cómodos, pero este cambia, según se haya recibido poca o mucha estimulación y el carácter de cada quien.

Pero el problema estriba, como dije antes, en que nuestra cultura ha creado un universo social y laboral en el que triunfa el extrovertido y el introvertido es condenado al cajón de los perdedores o los excéntricos. Ni las religiones se han salvado de esta influencia, actividades antes confinadas a los rituales y la oración. Baste sino ver en lo que se han convertido muchas denominaciones evangelistas en América (y otras partes), en verdaderos espectáculos de obsceno corte extrovertido, con pantallas gigantes en todas partes, mediáticos pastores de bronceada tez, fácil y rápida vocalización, imbuidos de positivismo y de energía atlética. Al punto que no faltan quienes, aunque religiosos, se sienten cohibidos por tales imperativos culturales. Esto ocurre en todos los niveles sociales y en todas las áreas de actividad. ¿Cuál es el mensaje que se empeñan en propagar los representantes del pensamiento positivo, otra creación americana? Que hay que ponerse las botas (deportivas, de preferencia) y salir corriendo a conquistar el mundo, porque todo, absolutamente todo es posible si uno habla lo suficientemente bien y puede vender el Brand “Yo Mismo” con la adecuada suficiencia. Los que prefieren callarse y observar lo tienen más bien de cabeza.

Sin embargo, Cain nos recuerda que las cualidades que encarnan de mejor manera los introvertidos son esenciales para el buen funcionamiento de la sociedad y de cualquier grupo, como la capacidad de concentración, la creatividad, la meditación morosa y detenida, la observación, la reflexión crítica, la negociación y muchas otras. La cultura haría bien, por lo tanto, en recuperar siquiera un poco el lugar que les corresponde por derecho y naturaleza a los introvertidos. Claro está, no hay distinciones absolutas entre estas categorías y muchos introvertidos aprenden a bailar sobre la mesa y muchos extrovertidos hasta leen el Quijote. Pero el balance es todavía desfavorable a los callados que buscan la escondida senda y en extremo decantado por los auto-publicistas.

No creo que nadie pueda disputar el análisis de Cain sobre la prevalencia de una cultura extrovertida en general, pero se hubiera enriquecido con la inclusión de estudios hechos en otras culturas. A fin de cuentas, esta prevalencia es relativa a los valores que se entronizan en una sociedad u otra. En China, por ejemplo, no se ve con ojos tan favorables al parlanchín que se promociona a sí mismo sin vergüenza. Lo mismo ocurre en muchos países de Asia, y no faltan los casos mixtos o indistinguibles. América, no obstante, determina en buena medida nuestra manera de comportarnos, vestirnos y hasta de pensar, por lo que el análisis puede ser interesante para cualquier habitante del planeta que haya tenido que asistir a sesiones de “brainstorming” o de “Team building” o que haya tenido que hacer presentaciones de cualquier cosa en el trabajo: todas estas costumbres vienen del país de Obama y han contaminado las oficinas de Tokio, Hong Kong o Nueva Delhi, así como las de Madrid o de Agra. Un valioso libro, por tanto, que revalida a Don Quijote y a quienes buscan la escondida senda, y coloca un poquito a Sancho en su lugar.