Los Balcanes están de vuelta

LBNL

Mañana martes la Comisión Europea propondrá una nueva estrategia de la Unión Europea para los Balcanes con el obejtivo de reanimar el estancado proceso de acercamiento de la región a Europa, es decir, de los países ex yugoslavos que siguen fuera de la UE tras la adhesión de Eslovenia y Croacia. Cuando tomó posesión como Presidente de la Comisión en otoño de 2014, Jean-Claude Juncker dejó claro que durante su mandato de cinco años no tendría lugar ninguna ampliación de la UE, lo que, pese a ser evidente por la falta de convergencia política, económica y social prevalente por toda la región, enfrió en demasía los procesos de reformas en curso. No hace falta examinar en detalle a cada uno de los seis socios balcánicos – Serbia, Montenegro, Albania, Macedonia, Bosnia-Herzegovina y Kosovo – para saber que ninguno de ellos está preparado para entrar en la UE, como tampoco para concluir que les queda mucho camino por recorrer para llegar a estarlo. Pero no es su adhesión lo que la Comisión Europea va a proponer, sino reafirmar su derecho a adherise y enunciar qué le hace falta a cada uno de ellos para que su adhesión sea una perspectiva realista para 2025, además de recordar los instrumentos con los que cuenta la Unión para contribuir a hacerla posible. Siempre que los interesados estén dispuestos a hacer lo necesario, claro está. En otras palabras, que los ciudadanos de los Balcanes sepan que si quieren integrarse en la Unión, la puerta está abierta por lo que la responsabilidad de que ello no llegue a suceder será solo suya y de sus representantes democráticamente elegidos.

Describiendo a grosso modo la situación en la región, cabe decir que Bosnia-Herzegovina y Kosovo – ambos todavía sometidos a un cierto grado de control internacional – siguen enfangados en rencillas políticas intestinas y que sus economías, fuertemente lastradas por la corrupción, no acaban de despegar. Macedonia, que solo a mediados del año pasado consiguió desembarazarse del cacique Gruevski que la venía gobernando desde 2006, promete acelerar las reformas en curso y está tratando de resolver sus litigios con Bulgaria y Grecia (veáse la manifestación contraria ayer en Atenas), condición indispensable para que el Consejo Europeo pueda aceptar la recomendación de la Comisión en 2009 de abrir negociaciones de adhesión. Por su parte, Albania, miembro de la OTAN desde 2009, ya está negociando su adhesión desde 2014 y cumpliendo con parte de los compromisos que va asumiendo, señaladamente respecto a la lucha contra la corrupción, el crimen organizado y la independencia judicial. Montenegro, que también viene negociando su adhesión desde 2012, progresa con regularidad y entró en la OTAN el año pasado, para gran disgusto de Rusia y de Serbia, que negocia su adhesión desde 2013, y que es el país más adelantado de la zona desde todos los puntos de vista, con excepción de los fuertes vínculos que mantiene precisamente con Rusia.

Ante este panorama, es tentador sentir que la Unión Europea puede perfectamente sobrevivir sin los Balcanes y mirar hacia otra parte. Pero no es demasiado realista. Basta recordar la última guerra balcánica con el asedio de Sarajevo, los millones de refugiados diseminados por toda la Unión (señaladamente Alemania), los crímenes de guerra que todavía no hemos acabado de juzgar o el bombardeo de Belgrado por la OTAN, que Rusia sigue señalando como una violación del derecho internacional que prueba el doble rasero de Occidente, dada la ausencia de autorización del Consejo de Seguridad de la ONU. Cualquiera que sepa un poco de Historia europea contemporánea sabe también que los años noventa no fueron la primera vez que nuestros vecinos balcánicos destacaron en la poca honrosa capacidad de desangrarse mutuamente.

Pero tampoco se quedaron cortos en el pasado búlgaros, rumanos, griegos y hasta húngaros, checos y eslovacos y ahí están, todos juntos en amable compañía dentro de la Unión, comerciando libremente y resolviendo sus diferencias dentro del proceloso entramado legal y burocrático de Bruselas. Es decir, hay esperanza. Y mucha más dentro que fuera.

Ese es el gran mensaje de la macro ampliación de la Unión Europea de 2004 (Polonia, Chequia, Eslovaquia, Lituania, Letonia, Estonia, Chipre y Malta) y 2007 (Rumanía y Bulgaria). Pese a las dificultades de todo tipo que la magnitud de la ampliación ha supuesto para la Unión, es absolutamente claro que la democracia, la libertad, los derechos humanos y la economía de los diez nuevos miembros de la Unión han progresado mucho más rápidamente gracias a la “generosidad” que supuso la aplicación flexible de los denominados Criterios de Copenague acordados en 1993, que cabe simplificar así: cualquier país que tenga parte de su territorio en el continente europeo podrá adherirse a la Unión si presenta un nivel suficiente de convergencia político, social y económico. Suficiencia que juzga en primer lugar la Comisión Europea que, cuando está satisfecha, propone primero la apertura de negociaciones y luego la adhesión al Consejo Europea, que decide por unanimidad en ambos supuestos.

Es cierto que la deriva política reciente de Polonia, Hungría y hasta Chequia, es motivo de fuerte preocupación y genera muchos problemas dentro de la UE, al punto que no es extraño oir voces que lamentan haberles dejado entrar. Dichas voces olvidan que, estando dentro de la Unión, la deriva autoritaria está mucho más contenida, entre otras cosas gracias a los incentivos y desincentivos de los que dispone la Unión para intervenir, y de que dicha deriva también se puede dar en Austria, con la ultra derecha aliada habiendo alcanzado el gobierno de la mano de los conversadores, sin olvidar que la ultra derecha ha entrado con fuerza en el Parlamento alemán, y podría alcanzar también a Italia si la infame Lega Norte llega al Gobierno aliada con la derecha tras las elecciones del próximo 4 de marzo. Y es evidente que Polonia, que estaba a la par con Ucrania a principios de la década de los 2000, juega ahora en una liga bien diferente.

No es difícil intuir qué propondrá la Comisión Europea mañana. El Presidente Juncker lo dejó bastante claro en su Discurso sobre el Estado de la Unión en otoño pasado: Serbia y Montenegro están en disposición de entrar en la Unión en 2025 si completan los procesos de refromas en curso, Macedonia y Albania tienen algo más de trabajo que hacer y Bosnia-Herzegovina y Kosovo tienen que ponerse las pilas si no quieren quedarse completamente aislados.

El caso de Kosovo es bastante particular porque sigue sin ser reconocido como Estado por España y otros cuatro Estados Miembros de la UE, a saber, Eslovaquia, Grecia, Rumanía y Chipre, si bien cabe pensar que los cuatro acabarían haciéndolo si España cambiara su posición. Sin embargo, dada la intensidad del conflicto catalán, ello no parece posible a corto plazo. La única opción sería que el diálogo entre Serbia y Kosovo patrocinado por la UE llegara a buen puerto. Pero últimamente no avanza demasiado rápido, por decirlo suavemente.

Ahora bien, la resolución dialogada del conflicto que supuso la secesión unilateral de Kosovo seguirá siendo sin duda una de las condiciones para que Serbia pueda finalmente entrar en la Unión. De ahí que pueda tener sentido la estrategia europea de seguir tratando a Kosovo en la práctica como a un candidato potencial mientras se resuelve, exprimiendo al máximo la ambigüedad diplomática a la hora de referise a la antigua provincia autónoma de Serbia, cuya suspensión por parte del sátrapa Milosevic fue el detonante de la implosión de Yugoslavia.

Cuando Serbia finalmente se avenga a reconocer política y legalmente la hoy independencia de facto de Kosovo – a cambio, eso si, de garantías suficientes para la minoría serbia del norte – España y los otros cuatro Estados Miembros ya no tendrán problema en reconocer a Kosovo como país de pleno derecho puesto que no será una secesión unilateral sino convenida, como la de Chequia y Eslovaquia, por ejemplo.

Queda un rato para que ello ocurra, pero no solo no es imposible sino que es inevitable: Serbia sabe perfectamente que nunca podrá recuperar Kosovo y no solo por el apoyo de la OTAN sino principalmente por la animadversión de la mayoría albanesa. En cambio, las profundas reformas políticas y económicas que deben acometer todos los socios balcánicos, Kosovo incluido, son tremendamente complejas y de suerte incierta, más aún al depender en gran medida de la voluntad de sus élites políticas que, como siempre, son precisamente las que más se benefician del nepotismo, chanchullismo y falta de transparencia actual.

Hay muchas más variables a considerar. Por ejemplo, tras la adhesión de Eslovenia y Croacia, los únicos dos países ex-yugoslavos católicos, auspiciar la entrada de los dos de clara mayoría cristiano-ortodoxa arrumbando la de los tres de mayoría musulmana y la de Maceconia, que tiene un tercio de musulmanes, admite muchas interpretaciones. De otra parte, ¿hasta qué punto tiene sentido abrirle la puerta a Serbia que en cuestiones de política internacional sigue alineándose en gran medida con Rusia, que sigue sometida a sanciones de la Unión Europea por su anexión de Crimea y su agresión a Ucrania? Finalmente, la estrategia diferenciada para la adhesión de los Balcanes deja definitivamente fuera a Turquía, cuyas negociaciones siguen formalmente abiertas pero completamente inactivas en vista de la terriblemente evolución negativa del candidato más antiguo.

De los Balcance, de los pros y los contras de su adhesión, oiremos hablar mucho en las próximas semanas y meses, durante las intensas negociaciones que seguirán a la Comunicación de la Comisión de mañana, al menos hasta la Cumbre con los seis balcánicos planeada para el próximo 17 de mayo en Sofia, aprovechando la Presidencia rotatoria búlgara este semestre, a la que seguirán las de Austria y Rumanía, que lógicamente consideran a los Balcanes igualmente prioritarios.

Será necesario dilucidar en detalle qué compromisos deberán cumplir todos y cada uno de los seis, en qué plazos y con qué ayudas. Y luego será necesario materializar los compromisos. Lo que no está en discusión es que nos interesa que a nuestros vecinos les vaya bien, no solo por generosidad sino para evitarnos los innumerables problemas que su inestabilidad nos ha traído en el pasado y podría volver a ocasionar. Además de poner coto a la creciente influencia rusa y turca en la zona, con intereses radicalmente diferentes a los nuestros. Y todo ello será mucho menos difícil de conseguir si los seis sienten que tienen una perspectiva real de adhesión al mayor, más profundo y más socialmente justo espacio de democracia y prosperidad del mundo y, si me apuran, de la Historia. Son tan europeos como nosotros y sus dificultades no son mayores que las que afrontaba España a mediados de los años setenta. Conviene apoyarles para que puedan llegar a donde hemos llegado nosotros. Y es de justicia hacerlo.

2 pensamientos en “Los Balcanes están de vuelta

  1. Gracias LBNL por su muy didáctico artículo. El avispero de los Balcanes junto a los siempre inquietantes movimientos de Rusia y Turquía son difíciles de abordar sin la paciencia, el mínimo acierto y la buena voluntad necesaria.

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