Lola en Nueva York

Melinda 

1. Chelsea

El primer verano en Nueva York  había sido duro. Lola recordaba un cielo plomizo como una constante en aquel mes de agosto  de calor asfixiante, húmedo y pegajoso al que no estaba acostumbrada. Los cubos de basura  enormes, metálicos y llenos de abolladuras lucían como extraños adornos en las sucias y estrechas aceras del Lower East Side.

En el interior del apartamento que le habían prestado, donde Lola se refugiaba al atardecer para hacer sus tareas de inglés, el ruido ensordecedor del aparato de aire acondicionado servía, afortunadamente, para sofocar el tumulto callejero, que podía pasar en unos instantes de un compadreo amigable y musical de los puertorriqueños del barrio – bebedores de cerveza o ron, sentados en sillas a la puerta de sus casas-,  a una vorágine de gritos y trifulcas. Cuando esto sucedía, la presencia de un coche de la policía y su estruendosa sirena solían poner fin a los atardeceres en aquel barrio, Chelsea, próximo a la Calle 14, ghetto de puertorriqueños, que se comportaban como si aún vivieran en sus pueblos de origen.

La tormenta, una tarde, estalló estruendosa y una congoja infinita se apoderó de Lola. ¿Qué hacía ella allí? Llamó a su hermano por teléfono a New Jersey,  quien la animó a coger un Greyhound de inmediato y pasar en su casa el fin de semana. Así lo hizo; pero cuando un atasco impresionante retuvo el autobús en el estrecho Holland Tunel -que transcurre bajo el río Hudson a su salida de Manhattan-  Lola sólo veía el muro del túnel, por un lado, e inmensas cajas de camiones gigantes a solo un metro del autobús, por el otro. Supo repentinamente lo que era sentir un ataque de claustrofobia y, sin pensarlo un instante, se dirigió al conductor para que le abriera la puerta del autobús y tirarse alocadamente a donde fuera. Volvió a su asiento fuera de sí ante la incomprensión del conductor y se soltó a hablar sin tregua con el viajero de a lado, lo que, asombrosamente, tuvo el efecto inmediato de empezar a aliviarle la angustia.  

Lo que  había llevado a Lola a Nueva York  había sido una búsqueda perentoria de un espacio donde poder ser. Irse, abandonar aquella sensación de falta de libertad  que empezó a provocarle su familia y aquella sociedad franquista, durante su último año en España.

En Nueva York, sin duda, había surgido otra vida. Sin ella siquiera sospecharlo, Lola había demostrado enorme valentía: a los veinte años se había aventurado a separarse completamente de su familia, amigos y país, aterrizando, nada menos, que en Nueva York. Allí vivió casi una década y en sus últimos tres años se decidió, por fin, a vivir sola: entonces fue feliz.

                                                         

2. Bergman: La pasión de Ana

 La película había terminado y Lola estaba completamente absorbida por la trama y los avatares de aquel personaje femenino con el que se había sentido tan identificada. Las luces se encendieron y las dos amigas se miraron mutuamente.

 -No me ha quedado claro, al final, quien mataba a los animales- comentó Lola desconcertada.

-Ella, por supuesto.  ¡Ah! ¿Es que no lo viste? ¡Claro! era ella- respondió animada Cecilia.

-¡No; no puede ser! A ver, espera un poco…- “¿Cómo es posible que fuera así y  no haberse dado cuenta?” pensaba Lola, mientras repasaba la película mentalmente, con avidez, en busca de alguna clave y  sintiéndose repentinamente sobrecogida ante aquel descubrimiento, mientras la gente empezaba a salir de la sala.

-Ella era la que mataba a los animales y la que conducía cuando mueren su marido y su hijo-, continuó Cecilia, que avanzaba hacia la salida junto a Carlos, un amigo común que  las miraba  a las dos con aquella sonrisa enigmática suya que solía preceder a alguno de sus típicos comentarios:

-Este director da gusto; sí que hila fino ¿eh?  El tío se conoce a la perfección la mente humana-.

 Pero Lola iba entre ellos como un zombi. “Sí; estaba claro que la protagonista conducía cuando tienen el accidente”, pensaba Lola; “pero, entonces.., ¡Oh, dios! ¿Es que quizás tampoco fuera un accidente, exactamente…?”

 Bajaron los tres al metro y ya no se habló mucho sobre nada por el ruido de los trenes. Lola se despidió cerca de su casa y subió a su apartamento. El cuchillo de cocina que vio posado sobre la mesa al entrar la sobrecogió de tal manera que se apresuró a guardarlo en un cajón para no verlo. Aquella noche, curiosamente, a Lola no solo no le asustaba oír a gente subiendo por las escaleras, como ocurría algunas veces, sino que el sonido de otras voces la tranquilizaba. Lo que le asustaba esa noche era el silencio.  

 

 3. Las Torres Gemelas

Aunque Lola pensaba que no había aprendido nada, y el aprendizaje de aquel método de enseñar español le había resultado casi insoportablemente aburrido, pasaron los días del entrenamiento y le dieron el certificado para enseñar y la correspondiente cajita llena de “regletas” (barritas de colores de diferentes tamaños), con las que, se suponía, el estudiante aprendería español como por arte de magia.

 Se presentó en la clase y se vio rodeada de un grupo de representantes comerciales de empresas de alimentación, muy horteras, en versión norteamericana o asiática, que hacían chistes y preguntaban sin parar cómo se decía en español beans y friholes y lima beans y todas las posibles beans que existen en América del Norte y del Sur. “Alubias”, pensaba Lola, “o judías blancas o habas”. Pero,  para colmo,  no se podía hablar. Ésa era la esencia de aquel insustancial método.

 Intentó recordar el juego de las regletas y la pequeña representación teatral que  debería desplegar frente a aquellos hombrecillos, pero no le salía bien. Hizo lo que pudo por un rato y, de repente, se quedó en blanco, rodeada de caras expectantes y nada comprensivas; realmente odiosas, si uno se fijaba bien. Despistó como pudo hasta llegar al break, pero el daño ya estaba hecho: el pánico la invadía por completo. 

 Cuando – ¡por fin!- acabó la clase y salió de aquel edificio imponente y recién estrenado, la Torre 1 del World Trade Centre, en cuyo piso 56 estaba ubicado el World Trade Language Institute, en el que tanto había deseado trabajar, sabía que no volvería a pisarlo para dar otra clase. Lo importante era alejarse de allí a toda prisa, y para siempre; aunque el sabor, lamentablemente, fuera el de una derrota.  

 En los días siguientes al episodio en el WTC, Lola se sintió desconcertada. ¿Qué había pasado? No lo sabía, pero había sido una revelación muy potente -y nada gratificante- sobre sí misma. Lo primero de todo era recuperar la calma y, así, al salir del WTC, se apresuró a convencerse de que había razones de peso para no volver por allí, aunque no alcanzara a comprender el significado de aquella “absurda” e importante derrota. Una vez urdido el argumento, lo segundo era informar inmediatamente al  Language Institute sobre su decisión de no volver. Nada más levantarse lo haría. No les iba a gustar, por supuesto, pero lo haría. Su estancia de años en Nueva York iba a concluir solo unos meses más tarde, en la primavera, con el examen del Master, y nada podía interponerse en el camino de aquel objetivo. Requería todos sus esfuerzos.

 El Dr. Ludmer, del Upper West Side, aprovechó el trascendente episodio para decir algunas cosas sobre el mismo, que iban a retumbar en los oídos de Lola durante toda su vida: 

 -Usted se negó de alguna manera a “enseñar” a aquellos ejecutivos-. “Cierto -pensó Lola-, la verdad es que no me he molestado en absoluto en aprender el maldito método”.

 – Seguramente  -prosiguió el Dr. Ludmer-, la razón por la que usted se negara es que aquellos señores le recordaron a usted a su propio padre y no se sintió capaz de enseñarle nada.

 Lo importante había sido recuperar la calma.

 

 4. La muerte de Franco

 En la Universidad, alumnos y profesores amigos le preguntaban con cierta socarronería cuándo iba a llegar el momento tan ansiado; cuando iba a morir el dictador – ¿O es que Franco no iba a morir nunca?-, repetían con sorna. Esa posibilidad llegó a cobrar visos de realidad en la mente de Lola.

 Pero, ¡por fin! llegó el momento: Lola había pasado toda la noche celebrando la muerte de Franco:

 –El ejército del Ebro…, zúmbala, zúmbala, zum-ba-lá

-Una noche el río pasó……,¡Ay!, Carmela…, ¡Ay! Carmela…,

-Y a las tropas invasoras…. buena paliza les dio… el furor de los traidores… lo descarga su aviación… pero nada pueden bombas… donde sobra corazón….

 Más tarde, ya amanecido, Lola se había ido a pasear por el Central Park. La mañana era luminosa y ella seguía embargada por una sensación de alegría tan desbordante, que le hacía sentir haber nacido de nuevo. Entonces, mientras paseaba por el camino que rodea el Reservoir, con la visión de los rascacielos, al fondo, reflejándose en el lago, vino a su memoria aquella historia que había oído contar a su madre tantas veces:  la historia de cómo, en su afán por salvarle la vida a su padre, el abuelo de Lola -preso, entonces, varios años en una cárcel franquista y condenado a muerte-,  su madre se había recorrido los pueblos de la provincia buscando testigos que pudieran contradecir los hechos que figuraban en denuncias falsas presentadas contra su padre; denuncias que su madre había podido conocer porque un abogado amigo, que iba a defender al acusado, se las había mostrado.

 En cualquier caso,  felizmente y para gran sorpresa de todos, el juicio nunca había llegado a celebrarse porque una noche ocurrió algo aterrador e insólito: 

Un tal Pozueco, comisario político y temido en su ciudad por ser un verdugo sin piedad, se presentó en casa de la hija mayor del abuelo de Lola, su tía Ángeles, profesora de literatura en el Instituto. El susodicho Pozueco se dirigió a ella preguntándole si era hija del Sr.  Castaño y cuando ella, atónita y aterrada, le  dijera que sí, el comisario le enseñó las denuncias contra su padre, al tiempo que le decía que ya no tenían que temer por su vida porque allí mismo y en ese momento las iba a destruir en su presencia. Lo cual procedió a hacer a continuación. 

Efectivamente, el abuelo de Lola había salido de la cárcel sano y salvo, poco después, y nadie nunca había sabido descifrar a ciencia cierta aquel increíble misterio. Su tía había sospechado que el perdón tuviese que ver con un alumno suyo del Instituto, que era muy estudioso y a quien ella había valorado especialmente. Aquel alumno podía haber estado emparentado con Pozueco. Con el paso del tiempo, Lola tuvo ocasiones de comprobar que los alumnos de su tía Ángeles siempre la habían adorado como profesora.

11 pensamientos en “Lola en Nueva York

  1. Felicidades, Melinda. Es bastante agradable leer sobre seres humanos en vez de darle vueltas a los tópicos de la política española.

  2. Es verdad Melinda .”Es bastante agradable leer sobre seres humanos en vez de darle vueltas a los tópicos de la política española”.
    Para hablar sobre Ziluminatius muchos han decidido hablar desde el miedo y el miedo nos hace tan humanos…¿verdad?…..jeje.

  3. 1

    Mi gozo en un pozo, pues, amigo Lóbisón.

    Felicidades por el relato, Melinda. Fantástico.

  4. Nada que comentar. Felicitar a Melinda por el bonito relato, como todos a los que nos tiene acostumbrados. Se ve que ha tenido una vida movidita, Melinda.

    Feliz año 2011 a todos. Tenemos la suerte de que para mejorar 2010, hace falta poco.

  5. Gracias Melinda, ya que el Pisuerga pasa por Valladolid, permitame este juego inocente de frases y vídeos encontrados.

    …Lo que había llevado a Lola a Nueva York… http://www.youtube.com/watch?v=aqlJl1LfDP4

    …La película había terminado y Lola estaba completamente absorbida por la trama… http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=6XctvTBR8CI#!

    …el aprendizaje de aquel método de enseñar español le había resultado casi insoportablemente aburrido… http://www.youtube.com/watch?v=7JFIP98ASxU&NR=1

    …Lola había pasado toda la noche celebrando la muerte de Franco… http://www.youtube.com/watch?v=QKIn6HB9bUc

    …y nadie nunca había sabido descifrar a ciencia cierta aquel increíble misterio… http://www.youtube.com/watch?v=SFQQvIYlqJs&feature=share

    Saludos humanos

  6. 5

    Ingenioso y bien traído, Santiago. Especialmente entrañable Sinatra (“La Voz”, per sempre) y la referencia al Maestro Orson Welles.

    Feliz año tenga.

  7. Muy entretenido relato, Melinda. Toda la historia refleja muy bien las angustias de un alumno extranjero haciendo su master o doctorado en EEUU. Como indica Lobisón, nos viene muy bien desengrasar de tantas cuestiones políticas, económicas o de sucesión de ZP. Yo hubiera puesto el párrafo 5º antes del 4º ya que el actual 5º ocurre en 1975 y el actual 4º ocurre en 2002. Pero es obvio que el relato no pretende ser cronológico. Eso si, Lola estuvo en N.Y. casi 30 años y no los 15 que nos indica en el párrafo 1º. O bien estuvo en 2 ocasiones diferentes en N.Y. .Impresionante y misterioso el asunto de como el abuelo salva la vida de su condena de muerte. Pero que angustioso para la madre de Lola debió ser recabar pueblo por pueblo personas dispuestas a firmar que las acusaciones eran falsas.

  8. Leaving N.York, never easy…., no; but… at least Franco died. ¿No llegasteis a dudarlo algunos?
    Me encanta R.E.M., gracias Jon.
    Gracias Lobison por disfrutar, como dices, leyendo mi pequeña historieta. A mi es que a veces la política diaria -llegados a los momentos presentes- me llega a agobiar tanto como el Holland Tunel y a aburrirme tanto como las famosas regletas (y conste, Amistad, que no me estoy metiendo con Ziluminatius, no; pero es que con los otros….. ya no puedo ni mirarlos).
    Santiago, tus vídeos están muy bien colocados, sí señor. ¿A qué te dedicas? Me intriga.
    Magallanes: no entiendo nada de tus cambios sugeridos sobre los capítulos 4º y 5º.Cuando Lola estuvo en las Torres, estaban recién construídas y aún vivía Franco. ¿Cuál es el problema? Quizás te afecte la pre Noche Vieja a tus entendederas.
    gracias PMQNQ por elogiar mi historia.
    Besos a todos y… MIS MEJORES DESEOS PARA EL 2011!!!!!

  9. 9. Respondiendo a su pregunta, me dedico a difundir la idea de que la vida de las personas puede tener valor económico fiduciario como antaño lo tuvo el oro, nada que Vd. no sepa ya. Si desea una información más detallada puede escribirme a santifort@ono.com , acepto sugerencias y más… jejeje.

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