Lo urgente y lo importante

Sicilia

Cuando la situación se vuelve crítica es fundamental establecer el orden de prioridades de actuación. A finales del año pasado, de poco grato recuerdo, el mundo entero se asomó al precipicio del colapso del sistema financiero internacional. Pudiendo dudarse de si fueron óptimas o no, se tomaron medidas de un impacto inconcebible tan solo unos meses antes, logrando salvar la situación, o al menos apartarnos unos metros de la caída al vacío.  

 

A renglón seguido los gobiernos e instituciones internacionales tuvieron que afrontar la posibilidad real y muy verosímil de una depresión prolongada –tesitura en la que aún nos encontramos-, a consecuencia de lo cual, se activaron medidas en una escala monumental, medidas económicas que habían estado olvidadas, incluso proscritas, durante largo tiempo. Desde noviembre de 2008 los cientos de miles de millones de euros o de dólares se han convertido en una unidad de medida casi cotidiana.

 

Entre la reunión del G-20 (y pico), la victoria de Obama y las diversas actuaciones a escala nacional llevadas a cabo en cada uno de los países, se ha instalado una cierta sensación de calma tensa, de estar a la expectativa de lo que pueda ocurrir, a la que puede haber contribuido un cierto hartazgo después de la sobreestimulación a la que, en forma de noticias y artículos divulgativos en la materia, fuimos sometidos en el último trimestre de 2008. Clímax y anticlímax, adrenalina y noradrenalina, ya se sabe.

  

Sin embargo, como en el cuento de Monterroso, el dinosaurio sigue estando ahí. Permanece en la ya citada incertidumbre en cuanto a la duración y profundidad de la recesión, y, quizás más importante, permanece también en el hecho de que los fallos estructurales que nos han llevado a la situación en la que hoy estamos no han sido corregidos.

 

 Se ha actuado contra lo urgente, veremos si en la medida precisa pero, en cambio, no se ha sido igual de activo en corregir lo importante. Muchos de los diagnósticos efectuados cuando la crisis estalló hacían determinadas recomendaciones en materia de regulación económica mundial que últimamente parecen haber sido aparentemente aplazadas, y que no sería juicioso dejar pasar en beneficio de la espectacularidad que dan las cifras de once ceros.

 

Parece como si en cuanto la posibilidad del Apocalipsis desapareciera, todo pudiera volver a ser como antes en poco tiempo. En este sentido hay que agradecer al “caso Maddof” que haya contribuido a despabilar ciertos impulsos nerviosos que, daba la impresión, estaban siendo anestesiados por las dolorosas cifras de paro a las que las principales economías del planeta se enfrentan. Un vez más, lo urgente y lo importante. Lo uno no debe suponer el olvido de lo otro.

 

No debe olvidarse que a la situación que vivimos hoy ha contribuido de manera fundamental la creencia, y es creencia porque se ha probado falso infinitas veces, de que la falta de reglas y de supervisión conduce a un estado de máxima virtud y eficiencia, auto perpetuable.

 

Los sistemas de regulación y supervisión existentes se han probado insuficientes y laxos. Aunque ha habido sugerencias en línea de modificarlos, parece que de momento no se ha llevado nada a cabo. Por ejemplo, a la vista del paisaje que hoy contemplamos, parece sensato suponer que los Bancos Centrales deben dejar de pegarse exclusivamente al IPC como única medida de evolución de los precios, y debe darse paso a contemplar otros indicadores como los precios de los activos reales, a fin de evitar que la política monetaria propicie la creación de “burbujas”, ya sean financieras, ya sean inmobiliarias, ya sean en materias primas.

 

Asimismo se sugirió, y tampoco parece que hay un deseo claro de ponerlo en marcha, que debía endurecerse la supervisión de las entidades financieras, ya sean bancos comerciales, de inversión o fondos, impidiendo que se opere fuera de balance, que se dificulte la valoración real de los activos inmobiliarios con los que se opera, y que, en general, haya una transparencia mucho mayor en la gestión y composición de los riesgos con los que se trabaja. Una vez que las entidades han sido rescatadas, de lo otro parece que nunca más se supo.

 

Otros actores del sistema también recibieron la correspondiente atención en múltiples artículos y opiniones de peso. El ridículo espantoso, cuando no negligencia culpable, que han hecho las todopoderosas agencias de rating, no debería quedar sin su correspondiente reforma. El caso Enron sirvió para que se cuestionase si una empresa auditora debía tener contratados más servicios con la empresa auditada, de forma que esta relación mercantil pudiera perturbar la necesaria independencia. Lo que sucedió después ha reducido esta cautela a una nimiedad. Lo que se plantea ahora es cómo alguien puede evaluar objetiva y justamente la situación de riesgo de aquel que le sustenta económicamente.

 

La sabiduría popular ya desde hace tiempo promulga que no se muerde la mano que da de comer. Huyendo de simplificaciones y aun siendo consciente de la dificultad que reviste aquilatar exactamente los riesgos de determinadas actividades, es hora de plantearse si el rating, o la evaluación del riesgo económico, por usar un término menos técnico, no debe recaer en agencias públicas, ya que son públicas y generalizadas las consecuencias de que esta evaluación se realice de manera incorrecta. El hecho de que sean públicas no evita per se que puedan producirse fallos futuros pero, indudablemente, rompe el juego de incentivos perversos que actúa cuando esta evaluación se realiza entre agentes privados  a cambio de un pago.

 

Este razonamiento es extensivo a la operativa de ciertos organismos internacionales que, se supone, estaban a cargo de la vigilancia de las políticas económicas de los gobiernos; hablo, como no del FMI.

 

Aunque en este caso el incentivo de no morder la mano que alimenta no se cifra exactamente en términos monetarios, cierto es que para los países poderosos el rasero es mucho menos exigente que para los menos poderosos. Se ha exigido equilibrio presupuestario a países con serias carencias en infraestructuras y servicios públicos, mientras que todo eran parabienes cuando Estados Unidos se lanzaba a déficits crecientes, recortes de ingresos públicos y desregulaciones mal medidas. Por si fuera poco, cuando empezó a llover fuerte, dicha institución desapareció del mapa, para volver a aparecer una vez más, enmendando la plana a los de siempre como siempre. Que nadie se llame a engaño, el FMI sigue teniendo un papel que jugar, pero debe hacer una profunda autocrítica de cómo debe hacerlo, y sobre todo, si debe ser más plural, abierto y equilibrado a la hora de emitir sus diagnósticos y recomendaciones.

 

En una perspectiva puramente europea dos instituciones han quedado retratadas, si no tan cruelmente, al menos de forma poco afortunada. El BCE ha estado cerca de llevarnos a morir con las botas puestas agarrados a la cesta de la compra. Ignorando las señales de severo enfriamiento de la actividad económica, se aferraba a una cifra de inflación fundamentalmente propiciada por una espiral disparatada de precios del crudo, y actuó tarde y a remolque de los demás. Cierto es que en este caso puede hablarse más de un fallo de diagnóstico que de un fallo estructural, pero también es lícito pedir una dosis de autocrítica.

 

La otra institución europea de funcionamiento mejorable es la Unión. Por lo menos hubo un conato de actuación coordinada a la hora de actuar en el sistema financiero, cuando se instauraron unas horquillas de garantía de depósitos, pero seguimos siendo unos enanos en política económica. Sin presupuesto, sin voluntad y sin posibilidad de actuar de manera ejecutiva debido al disparatado sistema de toma de decisiones, rico en unanimidades y derechos de veto, Europa se auto impone el papel de gran madero a la deriva. Por si fuera poco, con la que está cayendo ahora encabeza la Unión un país euroescéptico. Las consecuencias ilógicas de la lógica de actuación humana a veces llevan a este tipo de paradojas, y resulta que en una hora de máximo compromiso dirige el barco un patrón que subió a regañadientes y que no tiene claro no ya la singladura, sino si deberíamos salir de puerto. Es clave saber quien quiere y quien no quiere formar parte del proyecto europeo, y es clave poder librarse de pesos muertos.

 

Por último, parece recomendable otro tipo de reforma, de ámbito muy micro, pero de resultados esperanzadores si pudiese llevarse a cabo. La del funcionamiento del mercado laboral y por extensión, la recuperación de la importancia de lo político en las relaciones económicas.

 

No se trata del despido libre, no se trata de nacionalizar los sistemas de producción. Se trata de un reparto más equitativo de las rentas del trabajo y del capital, se trata de poder influir, como sociedad, en a dónde queremos llegar y en cómo queremos organizarnos.

 

Hemos llegado a una madurez social en la que nadie considera sensatamente que la actividad empresarial sea ilícita moralmente o que no deba existir  beneficio, incluso cuantioso beneficio, para aquellos que lo hacen de manera sobresaliente. Ahora queda recuperar un poco la otra parte largo tiempo olvidada, y es que debe existir una proporción razonable entre los ingresos de las empresas, de los trabajadores y de sus directivos. También en cómo y dónde queremos estar y qué recursos comunes nos hacen falta.

 

Nos hemos rasgado las vestiduras ante la existencia de contratos blindados e indemnizaciones millonarias para aquellos que han llevado a la ruina a sus compañías y que han obligado a inversiones millonarias de recursos públicos. También deberíamos rasgárnoslas ante situaciones de discriminación, explotación y abuso sistemático, en nuestros países y en aquellos países donde no vivimos, pero cuyos recursos, naturales o humanos, necesitamos.

 

Sin criminalizar, sin ahogar, con sosiego y tacto, pero siendo conscientes de que este tipo de problemas existen y deben solucionarse. No es descabellado plantearse si el descreimiento y el cierto rechazo que despierta lo político en la actualidad tiene que ver con una falta de relación con la problemática actual de la gente y, en esa línea, por supuesto caben actuaciones. Desde la economía se lleva demasiado tiempo no lanzando otro mensaje sino el “jódase, porque no queda otra salida” y resulta que eso tampoco nos exime de crisis mundiales. Es tiempo de empezar a aportar soluciones más equitativas.

 

Si algo nos enseña la crisis es que, al final del día, las empresas, los gobiernos y las instituciones son lo que sus sociedades les permiten ser. Aprendamos la lección y que lo urgente, lo de hoy, no nos haga olvidar lo importante: cómo queremos que sea nuestro mañana.