Lo normal es querer ser español

José Rodríguez 

Si analizáramos el independentismo desde el pluralismo político, sería verlo como una  preferencia más en el eje de organización del Estado, la cual forma parte de un conjunto de preferencias políticas en ese eje. Si queremos saber las causas políticas del auge de esta preferencia, podemos hacer un trabajo de campo o analizar las encuestas y cruzar las preguntas para entender qué es lo que ha llevado a determinados ciudadanos a optar por el independentismo.

Podemos utilizar técnicas de sociología, politología o antropología para tener explicaciones más o menos científicas de las causas del auge de una determinada preferencia política. Podemos hacer encuestas, focus group, entrevistas en profundidad o historias de vida.

Por eso me causa cierta sorpresa cómo no pocos analistas de fuera de Catalunya afrontan las causas del auge del independentismo catalán. Estos analistas y articulistas no son pocos y escriben la mayoría de los editoriales y artículos de opinión de la prensa española. En lugar de utilizar las ciencias sociales, optan por construir un relato psicohistórico. Estos relatos intentan encajar los hechos sociales con los prejuicios de los autores consiguiendo una vía altamente creativa en la que pueden encajar las teorías más descabelladas.

De teorías del auge del independentismo tenemos para todos los gustos: que si TV3 manipula (cuando solo la ven un 13% de los ciudadanos de Catalunya), que si enseñar el catalán en la escuela te vuelve independentista,  que si a los catalanes nos han adoctrinado para odiar a España, que si nos creemos más guapos o que si somos la Lega Norte hispana y nuestro propósito es ser los más insolidarios del universo.

Nos han descrito como catetos y pueblerinos, anclados en el medievalismo. Nos han intentado incluir como parte de un conjunto de movimientos contestatarios antioccidentales y antidemocráticos. Nos han descrito como parte del mismo proceso histórico que lleva a los neonazis a ganar espacio en Europa o al ISIS a reclutar terroristas en Oriente Medio.

Lo último que se han planteado es preguntarnos, estudiarnos o aproximarse al proceso social de una forma mínimamente rigurosa. Es sorprendente, ya que su aproximación al “tema catalán” es muy Kipliniana. Podrían haber venido a las tierras nororientales del imperio vestidos con un salacot a consultar a los nativos. Se conforman en el mejor de los casos con dar voz a aquellos catalanes buenos, que no son ni independentistas  ni tan siquiera catalanistas, para describir a los que sí lo somos.

Para estos articulistas querer dejar de ser español para ser otra cosa es algo impensable, por eso necesitan teorías de lo más enrevesadas para explicarlo. Cuando creen que pueda haber motivos identarios, describen esa identidad como cateta, provinciana, retrógrada y medieval. Ser español es lo moderno, lo cosmopolita y el resto de identidades son arcaísmos que deberían estar en un museo de antropología.

Si creen que la persona independentista podría alegar motivos racionales, se tiende a la teoría de que ha sido manipulado, controlado por la burguesía catalana, por TV3, por ETA, por la masonería internacional o por el Club Bildelberg. Los que quieren dejar de ser españoles por motivos racionales no saben leer los hechos, no entienden el mundo y la sociedad moderna, se dejan llevar por populismos, solo compran los mensajes fáciles y no entienden que ser español es lo mejor que les puede pasar en la vida. Querer autogobernarse, cuando España es un paraíso donde se respetan las identidades, lenguas y culturas periféricas es de dementes. España tiene un sistema autonómico tan descentralizado y funcional que querer un estado propio solo puede pedirlo alguien que no tenga la cabeza en su sitio o sea un capricho. Es lo que nos terminan diciendo, antes incluso de plantearse que veamos la realidad de otra manera.

Querer continuar siendo español es lo normal. Lo otro es patológico. Es innecesario preguntar por qué cientos de miles de catalanes han dejado de creer en España. Si tenemos toda una plétora de magníficas teorías que patologizan a los independentistas y los asocian a cualquier eje del mal imaginario, podemos dormir tranquilos.