Libertad y gratuidad

Millán Gómez

La aprobación de una versión moderada de la polémica “Ley Sinde” ha provocado el anuncio de dimisión por parte del presidente de la Academia de Cine, Álex de la Iglesia. La intención del Gobierno en la persona de su ministra de Cultura de tomar medidas para evitar la gratuidad absoluta de la cultura se he encontrado con la reticencia fundamentalista de un sector importante de los internautas. Desde la llegada de Ángeles González-Sinde al Gobierno las críticas no han cesado y es complicado encontrar un nivel mayor de consenso (en este caso negativo) sobre un miembro del Ejecutivo. Además, su condición de directora de cine y guionista provoca aún mayor recelo pues se le considera poco menos que una traidora pues hasta su incorporación al gabinete Zapatero estaba claramente inmersa en el sector del séptimo arte.

La cultura tiene un precio. En el sempiterno debate sobre las descargas gratuitas a través de internet se mezclan dos cuestiones similares pero sustancialmente diferentes. Por un lado está la opinión de cada uno sobre si la cultura debe o no ser gratuita y, por otra parte, si son excesivos los precios de las películas, álbumes musicales, etcétera. Al no enfocar bien el debate se produce una mezcla peligrosa que no hace sino aletargar el conflicto y no enfocarlo correctamente. Algunos que dicen defender la libertad realmente tratan de imponer su deseo de que todo sea gratuito. Confunden conceptos como libertad y gratuidad como si se trataron de dos vocablos sinónimos.

Un disco, un libro o una película son caros o baratos dependiendo de la satisfacción y el placer que le produzca al comprador ese producto tras abonar una determinada cuantía económica. Para quien se declara un apasionado de la música, un álbum de Andrés Calamaro, Quique González o Bruce Springsteen difícilmente será considerado como caro. De hecho, lo considero como una de las mejores maneras de gastar mi dinero. Evidentemente, es mucho más fácil hacer un simple clic y descargar algo gratuita pero también ilegalmente sentado en un ordenador tomando un café. Por supuesto. El problema radica en quien no valora el esfuerzo y la labor creativa de ciudadanos cuyo trabajo es crear, hacer cosas nuevas. Ése es su trabajo, no su afición. Como me dijo Joaquín Sabina en una entrevista: “Yo me empecé a preocupar por las descargas musicales cuando empecé a ver qué gente de mi entorno se estaba quedando en el paro”.

¿Por qué la gente gasta cantidades ingentes de dinero en productos no de primera necesidad y, en cambio, consideran que es poco menos que una humillación gastar sus euros para poder escuchar un disco cuando les venga en gana? Pues básicamente porque hay un evidente problema de educación donde no se valora a aquellos que se dedican a crear cosas nuevas. Es un problema de falta de respeto a unos trabajadores que han decidido ganarse la vida no como profesores ni electricistas ni fontaneros ni periodistas sino como artistas, un modo tan digno como cualquier otro y que hay que valorar en su justa medida.

Aquellos que se apuntan a la teoría de “todo gratis” y utilizan el concepto “libertad” con una irresponsabilidad que produce vergüenza ajena deberían ponerse en la piel del otro, actividad que en este país se hace más bien poco. La libertad es una palabra que últimamente se ha manoseado y utilizado de las formas más burdas posibles. Hay gente que se gana la vida creando mientras hay otros que se consideran poco menos que Dios delante de la pantalla de un ordenador. Es un problema de la cultura pero, por encima de todo, es un problema educativo en este país en el que vivimos. Aunque claro, cuando uno se deprime y se enfada (ya no sé en qué orden) siempre está bien como receta mirar hacia Italia y contemplar su situación política y entonces te dices a ti mismo “¡joder, qué bien va España!”.