Lentxu Rubial: In Memoriam

Guridi

El sábado nos despertamos con la triste noticia de la muerte de Lentxu Rubial, hija del que fuera durante muchos años presidente del PSOE: Ramón Rubial.

Lentxu nunca ocultó su condición de “hija de”, sino que la convirtió en toda una responsabilidad. Habiendo crecido con un padre encarcelado y ausente, con sus casa convertida en refugio y lugar de paso para militantes del PSOE y de la UGT clandestinos, nunca dejó de lado el recuerdo del modo de vida de la militancia de entonces, ni los valores que la sustentaban.

Aún en plena democracia, Lentxu no tenía problemas en ofrecer su casa a militantes de paso por Bilbao, porque eso era lo que se hacía antes y, para ella, era cumplir una obligación más. Siempre, a lo largo de su vida, hizo realidad ese término tan abusado del “socialismo afectivo”, considerar a los compañeros de militancia como parte de la familia, independientemente del escalafón, antigüedad o recomendaciones.

Socarrona, humilde y sencilla, estaba igualmente dispuesta a repartir pasquines y rosas por la calle, como a subir a la tribuna del Senado a defender una proposición de ley. En el Senado, siempre se paraba a acariciar la cara del busto de su padre, en uno de los pasillos. Y nunca le faltó emoción al hacerlo, nunca se convirtió en un gesto rutinario.

Lentxu era un recordatorio permanente de un PSOE que ha ido cayendo en el olvido. Un PSOE que sobrevivía a duras penas durante la dictadura, donde tener el carnet ya valía para jugarte tortura y cárcel. Un PSOE donde convivían tipos brillantes en todo lo que hacían, como Luis Martín Santos, con aventureros sin miedo a nada como Antonio Amat, a quien he querido homenajear adoptando su seudónimo. Un PSOE donde nadie se creía más que nadie, hasta que el aluvión de oportunistas llegados al calor de la mayoría absoluta, hizo exclamar a Ramón Rubial: “Se ve que este partido no cree en las clases, pero sí en las categorías”.

Un PSOE pequeño, sin tantos fondos o apoyos externos como el PCE, acosado por la policía y enfrentado con los ancianitos de Touluse, que seguían pensando en una España a la que el franquismo hacía tiempo que había exterminado y que ya no iba a volver.

Un PSOE donde lo importante era traer la democracia de nuevo al país y no el sitio que ocupabas en un mitin. Donde dejabas tu casa a los compañeros de viaje, para que el hotel no informase a la policía. Donde te reunías en bares, fingiendo encuentros casuales de amigos, o en locales, diciendo ser un coro que ensayaba. Donde lo importante era hacer fluir la información, ponerse en contacto unos con otros, crear una red donde encontrar refugio, debate, solidaridad y proyectos para hacer una España mejor; más luminosa y menos estrecha.

Lentxu nunca pidió un sitio especial en ninguna parte. Desempeñó todos los cargos a los que la propusieron con un enorme sentido de la responsabilidad hacia los demás. Nunca filtró una llamada, ni negó un saludo a nadie. Mantuvo la cabeza alta durante la dictadura y ante las amenazas y asesinatos de ETA. Supo quién era, de dónde venía y ayudó a saberlo a los demás. Jamás le volvieron loca las moquetas, ni se perdió en intrigas de mantel de hilo, cuchillo y tres tenedores. Fue digna y orgullosa defensora de le herencia de su padre, heredera de su ironía, su calma y su paciencia. 

Agur, Lentxu. Los que te hemos conocido trataremos de ser dignos de la memoria que nos has transmitido y no te olvidaremos nunca.

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