Leña a la mona

NEAP

¡Qué follón! Fukushima sigue emitiendo radiaciones –ahora de origen ignoto- pese a que la situación parecía estar ya controlada; Socrates dimite en Portugal por el rechazo a su plan de austeridad; el euro vuelve a desplomarse por la inminencia de un nuevo rescate; Sortu ilegalizada con 3 votos particulares en el Supremo y con el agravante de que seguramente no haya tiempo para confirmación Constitucional antes de las elecciones; por si acaso, Batasuna ya tiene listo el plan B para ir en las listas de EA; Elizabeth Taylor finalmente ha hecho buena su necrológica del NYT de 2005 (su autor seguro no imaginó que él fallecería antes, qué ironía); y pende la irrepetible posibilidad de 4 clásicos Barça-Madrid en abril (¿se imaginan el juego que darían 4 derrotas de Mou a manos del insoportablemente perfecto Pep?)… ¿No decían que la peor pesadilla del escritor era enfrentarse a la página en blanco sin saber de qué escribir? ¡En mi caso (será que soy más bien gacetillero amateur) el problema es el contrario! Y eso que no estoy al tanto de la última de Belén Esteban con Andreita.

Zapatero a tus zapatos. Zapatero yo, me refiero, no a ZP. ZP que se ocupe de lo suyo, que es lo nuestro, que bastante es, incluido el engorro de la “sucesión-me presento de nuevo-debate sobre la sucesión” y hacer frente a los “especul(merc)adores” cuya presión contra “la peseta” ya arrecia de nuevo por el retraso (ayer mismito) del mecanismo de rescate europeo hasta junio. Y cómo no, también de nuestra contribución al derrocamiento de Gadafi. Porque de eso se trata y no de una nueva cruzada neoco(n)lonialista al estilo Bush de inspiración petrolífera como demasiada gente se empecina en percibir pese a la elocuencia de los hechos.

Por ejemplo, un ejemplo, que diría Belén. El 55% “vota” en contra de la participación española en el País digital. Imagino que sería un porcentaje parecido si se preguntara sobre la intervención misma. Y sin embargo, los hechos cantan.

Pasen y vean. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, legislador e intérprete último de la legalidad internacional (nos guste o no) adoptó la resolución 1973 autorizando la acción por cualquier medio necesario (1, 2, 3, responda otra vez, por ejemplo, fuerza militar) de cualquier país para dos objetivos: defender a la población civil libia del régimen político que debería representarla y garantizar su seguridad en vez de bombardearla (párrafo 4), e imponer una zona de exclusión aérea en Libia que impida que dicho régimen bombardee desde el aire a esa misma población. Por tanto, los ataques a las fuerzas de Gadafi son legales.

Nótese la diferencia (¿abismal?) con la invasión de Irak supuestamente legal sobre la base indirecta de la resolución que autorizaba el uso de la fuerza para defender a Irak y una resolución posterior para gestionar la ocupación, a falta de la asidera más explícita que sin éxito intentó conseguir el bueno de Colin Powell en aquel papelón que hubo de desempeñar (¿engañado?) a propósito de la compra de tubos de aluminio en Niger, prueba irrefutable de la existencia de armas de destrucción masiva, que sin embargo no existían.

No era legal, y además se basaba en premisas falsas, mientras que la represión de Gadafi contra su población no admite duda.

Hay muchas más diferencias. En el Congreso fueron 164 diputados los que se opusieron a la participación española en la intervención contra Irak frente a los 3 del caso de Libia. En la calle, fueron cientos de miles los que salieron a manifestarse en contra frente a los (¿centenares?) que saldrán este fin de semana convocados por IU y afines.

Pero es que, de vuelta al ámbito jurídico, hay otra diferencia sustancial. La invasión de Irak era todo menos progreso, mientras que la intervención contra Gadafi supone un paso de gigante, un cruce del Rubicón, en cuanto al desarrollo de la innovadora y progresista – sí, PROGRESISTA- obligación de proteger. Acuñado en la Cumbre de la ONU de 2005, este concepto se ha ido desarrollando en varias resoluciones generales del Consejo de Seguridad, y una específica sobre Darfour (1706), siempre con el apoyo de España y el resto de la UE. La autorización para intervenir es la única respuesta lógica de la Comunidad Internacional ante los desmanes de Gadafi, so pena de que sus disquisiciones más progresistas se queden en papel mojado.

No se vayan amigos, aún hay más (¿recuerdan a Porky´s?). Escribía Javier Valenzuela el otro día en El País que el paralelismo cabía no tanto con Irak 2003 como con España 1936, paradigma de lo que habría resultado una intervención de las democracias europeas no sólo justa sino eficaz para evitar la debacle europea subsiguiente. La guerra justa implica causa justa, ius ad bellum, y ésta sin duda la tiene. Y también una ejecución justa, ius in bellum. Ahí, es impepinable admitirlo, estamos a expensas de los desvíos de los Tomahawk y el buen criterio de los comandantes sobre el terreno, que no siempre está a la altura de nuestros más altos valores morales. Pero claro, justa o no, la guerra siempre es sucia, cruenta y dolorosa, aún más cuando mueren civiles. Esta no puede ser una excepción.

Ahora bien, ¿qué era mejor, tirar dos bombas atómicas en Japón y poner fin a la guerra a cambio de matar a decenas de miles de civiles japoneses, o prolongar el sufrimiento mundial quién sabe por cuánto tiempo? Comparado con semejante cálculo, no tengo duda de que hemos –sí, la Comunidad Internacional en su conjunto- hecho lo correcto al decidir no consentir el exterminio de la rebelión cívica contra Gadafi.

Ahora Putin habla de cruzada medieval, el Secretario General de la Liga Árabe lamenta la virulencia de la intervención, Turquía se opone a un acuerdo que permita que la OTAN asuma el mando de la operación y China lamenta la injerencia externa. Pero a diferencia de Cuba y Venezuela, ínclitos defensores de la no injerencia pase lo que pase (por la cuenta que les trae), todos los anteriores han consentido la intervención. Rusia y China se abstuvieron en vez de vetar y la Liga Árabe fue la que primero pidió una zona de exclusión aérea, pese a las reticencias de Siria y algún otro país que intuía que iba a tener que poner sus barbas a remojar.

La familia real de Bahrain seguro que tomó cuidadosa nota de la resolución 1973, como la saudí que envió varios centenares de militares a proteger a sus vecinos. Una cosa es defender el orden con un poquito de represión y otra bien distinta bombardear a los que protestan desde aviones militares. Ahí tenemos al Presidente de Yemen haciendo concesiones ridículas al peor estilo Mubarak sobre su compromiso de no ser re-electo mientras sus generales desertan, o a la familia Al-Assad haciendo equilibrios para seguir controlando el chiringuito matando lo menos posible (en 1982 el tío del actual Presidente comandó el asesinato de varias decenas de miles en la ciudad de Hama).

Qué quieren que les diga, los argumentos son múltiples, anclados en diferentes ámbitos y todos coincidentes. Guerra legal, guerra moral y lo que pide el cuerpo a cualquier defensor de los Derechos Humanos y la Democracia, también para los árabes que son “personas humanas”, que diría la ínclita Belén.

Ya sé, de intervenir habría sido mejor hacerlo antes de que los rebeldes estuvieran al borde del aplastamiento. Si, sería mucho más lógico que los que coinciden en la necesidad de intervenir fueran capaces de consensuar una operación ordenada y coherente. Y sí, todos estaríamos más tranquilos si contáramos con garantías de que los rebeldes son algo más que una inquietante masa heterogénea de líderes tribales e islamistas radicales. Pero en este caso, más vale malo por conocer que malo conocido. Así que leña a la mona –Gadafi- que es de goma, por horrible que sea la guerra e incierto que sea el futuro resultante, porque el presente era completamente inaceptable y la no intervención habría supuesto un fracaso colectivo infinitamente peor.