Lecciones escocesas (I)

Barañain

Ahora que se nota el alivio casi generalizado tras el resultado del referéndum escocés, sería un momento adecuado para extraer algunas lecciones de lo sucedido  pensando en nuestra propia crisis soberanista.  Por estos lares, llevamos desperdiciados muchos meses en una absurda guerra de trincheras y un resultado diferente en Escocia a estas alturas seguramente  sólo habría agudizado la fractura, estimulando el ardor guerrero. Ahora, unos y otros podrían intentar sacar consecuencias positivas de la experiencia del vecino. Digo extraer consecuencias válidas, que  es algo más que intentar arrimar el ascua  a la sardina propia de cada cual; pero mucho me temo que eso es lo que prevalecerá aquí.

La primera conclusión, la más obvia, es que la altura de una democracia, su solvencia,  se evidencia por esa manera, tan british, en que se ha gestionado la crisis. Una democracia sólida es capaz de afrontar un desafío semejante –nada menos que la ruptura de su unidad como país, tras cientos de años de convivencia en común-,  con un debate civilizado –y no por ello exento de pasión-,  sin aspavientos innecesarios, sin amenazas  apocalípticas –advertencias sobre las consecuencias de cada decisión, las justas-, en definitiva, con cintura política. Sensu contrario, la torpe gestión de la crisis catalano/española, por todas las partes implicadas, muestra la falta de calidad de la democracia española (y catalana), con esa permanente exhibición de desprecio por el punto de vista de los otros, siempre oscilando entre el histrionismo y un tancredismo desesperante.

Pero ni siquiera se es capaz de reconocer esa evidencia. Desde algunos sectores soberanistas –no sólo catalanes-, se ha sobreactuado estos últimos días, para exhibir su satisfacción por el hecho mismo de que el referéndum escocés llegara a producirse sin mayores traumas. El pueblo escocés puede votar y esa es ya nuestra victoria, han venido  a decir. Es como si oliéndose el resultado adverso se hubieran contentado ya  con el premio de consolación. Cuánto nos alegramos. En este país, es sabido que tras cada cita electoral casi nunca hay perdedores; todos encuentran algún motivo para mostrarse satisfechos con sus resultados.

En parte, se entiende que cuando aquí la batalla se plantea en torno a la posibilidad misma de la decisión por parte de la comunidad díscola, se celebre que en otras latitudes no se haga de eso un casus belli. Pero sería de agradecer –aunque solo fuera por pedagogía política, si es que eso importara a nuestros profesionales  de la cosa-,  que se reconociera que son  circunstancias  históricas muy diferentes las que explican que la “devolución” de poderes a Escocia –que por algo se denomina así ese proceso allí -,  no tenga las connotaciones de fractura nacional que se advierten en nuestro caso. Pero, sobre todo, sería bueno que nuestros hooligans advirtieran que en el inicio del proceso escocés  hubo un pacto explícito entre las partes sobre la gestión política del asunto (y formalizado  además, de manera admirable, en apenas un folio); ese pacto que aquí, unos y otros, han evitado.

Durante la campaña del referéndum escocés propiamente dicha, desde esta barrera se han manejado   los tópicos habituales, atribuyendo determinados rasgos (nivel cultural, juventud, “dinamismo”, “progresismo”, etc.) al sector rupturista al que se le suponía una fuerza arrolladora frente al más “conservador” unionismo. Caracterización que se compadece poco con la rotundidad del resultado (al menos respecto a las previsiones más consistentes).  Se ha especulado con que no era la identidad nacional  lo que estaba en juego,  sino que eran  factores sociales, agudizados por la crisis, los que explicaban el auge independentista en una comunidad poco proclive a la política de ajustes sociales. Pero, a la hora de verdad, debe haber sido el sentido de pertenencia a una colectividad el que ha primado a la hora de depositar la papeleta.

Como Cameron no quiso admitir la opción  intermedia de una mayor autonomía frente a la disyuntiva entre seguir igual o independizarse y esa opción, sin embargo,  se ha abierto paso a última hora, algunos (o muchos) han llegado a la conclusión  de que esa es la clave para evitar el desastre. Cameron, nos dicen, se habría equivocado al no aceptar de entrada lo que a la postre ha sido su salvación. Es posible que sea así pero ignoro como  pueden llegar a tal conclusión y tan rápidamente.

Parece aventurado asegurar que el compromiso de ofertar más competencias a Escocia por parte de conservadores, liberales y laboristas ha sido la clave del resultado. Es decir, suponer que sin tal oferta el resultado hubiera sido otro es mucho suponer. Sobre todo  porque las encuestas ya auguraban la victoria del “no” antes de que los unionistas se sacaran ese as de la manga, aunque con una diferencia mucho menor. Los once puntos de ventaja del resultado final pueden muy bien deberse a la masiva participación que el vértigo de la ruptura ha impulsado. Y ante esa masividad aquellos rasgos que caracterizaban a los sectores más politizados (los que se reflejaban en los reportajes de prensa), y hacían presagiar algo más ajustado,  se han difuminado. No era tan fiero el león como se pintaba.

Por otra parte, la claridad de las opciones de voto (¿seguís unidos o queréis ser independientes?)  frente a la ambigüedad del voto a la carta ha sido, creo yo,  una de las virtudes de ese referéndum. En  su contra habría que apuntar el hecho de que , en aquel pacto político inicial entre Cameron y Salmond, no se admitiera fijar una determinada mayoría –como la que se exige en los parlamentos para algunas leyes trascendentales-, para validar un posible resultado separatista, siguiendo la estela de las recomendaciones de la Ley de Claridad canadiense.

Si ante cualquier demanda separatista  por el mero hecho de plantearse se garantiza a sus impulsores una mayor cuota de poder político (gestionar más competencias estatales), se estará incentivando esa demanda que, en cualquier caso, siempre será ganadora. Aquí no puede haber una regla fija, dependerá del grado de consenso que en la colectividad mayor exista sobre esa distribución de competencias. El proceso de “devolución” de poderes fue iniciado ya por Tony Blair, años atrás, y no parece ser motivo de discordia entre las fuerzas políticas parlamentarias mayoritarias. En nuestro país, la rotunda negativa del PP a abrir el debate de la reforma constitucional y la hostilidad a cualquier cambio sustancial en la financiación autonómica –por parte de otras comunidades-, demuestran que el ambiente es muy diferente.

Así que me parece bien que se les colocara a los votantes escoceses en la tesitura de, ya que tanto insistían, tener que tomar una decisión irreversible, sin medias tintas.  Y me parece igualmente acertado que, si el asunto no era controvertido en la política británica, se haya mostrado cintura para añadir un goloso  caramelo a última hora. Cada uno juega, legítimamente, sus propias bazas. Así, los electores han votado con mayor conocimiento de todas las implicaciones de su decisión, pero –no nos engañemos-,  lo que tenían que decir es si querían seguir en el Reino Unido o ir en solitario. No se trata, como alguien ha insinuado ya, de que de haberse aclarado antes lo del posible aumento competencial se hubieran evitado la crisis del referéndum. No, asomarse al precipicio, afrontar el vértigo, era necesario y, seguramente,  inevitable.

Otra cosa es que no convenga repetir esas emociones fuertes. Es muy de agradecer que a diferencia del líder independentista de Quebec  -con sus fanfarronadas previas al rúltimo referéndum celebrado en aquel país-, el escocés Salmond haya advertido  con antelación de que si era derrotado no volvería a intentarlo, descartando volver una y otra vez a la carga con el referéndum hasta que, venciendo la obstinación unionista de la mayoría de sus conciudadanos, se obtuviera el resultado ansiado. Seguramente, la amplitud de esta derrota le ratificará en esa sabia decisión.