“Last man in tower” de Aravind Adiga

Frans van den Broek 

Por alguna razón que desconozco, pero que tal vez sea tan simple como la codicia, el mundo de la construcción está lleno de mafiosos y criminales. No me refiero al albañil o al peón de obra, que muy a menudo trabaja a destajo y mal pagado, sino a todos los demás, desde las mafias pseudo-sindicales que exigen pagos extra y el contrato de sus asociados, so pena de represalias que no escatiman violencia o amenazas, hasta los empresarios y funcionarios encargados de la adjudicación de obras, sin olvidar a los políticos que trafican influencias o se dejan sobornar sin remilgos. Si la historia de la civilización está plagada de barbarie, la de casi cada edificación que habitamos está llena de abuso o fraude, cuando no de sangre. 

Es en este mundo que se adentra la nueva novela del escritor indio Aravind Adiga, ganador del prestigioso Booker prize con su novela “The white tiger”, que comentáramos en este mismo lugar hace un tiempo. “Last man in tower” cuenta la historia de la Vishram Co-operative Housing Society, un par de edificios ya algo venidos a menos, torres A y B, situados en una parte de la ciudad hasta entonces más bien llena de barriadas, allende las zonas afluentes de Mumbai. La Vishram Society, sin embargo, está habitada por gente decente, de clase media o media baja, pequeños empresarios, corredores de propiedad, profesores, originalmente creada para albergar personas de religión católica, pero en el momento que describe la novela un reflejo de la naturaleza multicultural de la ciudad y de India. La anécdota principal es simple: un empresario de la construcción, Dharmen Shah, quiere expandir sus actividades en dicha zona, pues la competencia amenaza su posición en el mercado –su principal rival ha osado construir un edificio justo enfrente del suyo-, y para ello necesita comprar las torres y construir un nuevo complejo de apartamentos de lujo, el Shanghai Centre, provisto de las últimas innovaciones y, como es común en estos casos, algo hortera, al gusto de los nuevos ricos de la bullente economía india. A este efecto les hace una oferta a los habitantes de las torres que es difícil rehusar: más dinero del que jamás han ganado o habrían podido ganar con sus profesiones, por encima de los precios del mercado y más que suficiente como para comprarse otro apartamento en una zona mejor y quedarse aún con una cantidad que los ampare por un buen tiempo. Además, ofrece seis semanas de alquiler de un lugar mientras encuentran una casa adecuada a sus necesidades.

Lo que motiva al empresario no es la generosidad, no obstante, sino la premura y el hartazgo. Quiere construir su complejo lo más rápido posible y está harto de problemas con inquilinos y autoridades a los que debe convencer o intimidar –o eliminar, si es necesario-. En el transcurso de una carrera que él mismo clama le llevó desde una miseria sin zapatos o techo a hacerse uno de los constructores más ricos e inescrupulosos, han rodado muchas cabezas, pero ahora le agobian el cansancio y la enfermedad, además de un hijo consentido y peligroso, a quien debe rescatar varias veces de la comisaría por hacer el idiota con una banda de otros hijos de nuevos ricos. El empresario Shah quiere ver el Shanghai Centre cuanto antes y no quiere complicaciones, de donde su generosa oferta. Para que el trato se lleve a cabo deben estar de acuerdo todos los inquilinos, y sin dudarlo los inquilinos de la torre B aceptan el dinero y se aprestan a marcharse.

Pero algunos inquilinos de la torre A se niegan en primera instancia, por razones vitales o sentimentales: los señores Pinto, por ejemplo, son muy mayores y sus hijos viven en el extranjero. La señora es casi ciega y está acostumbrada al edificio. Un nuevo edificio a esa edad es antes un castigo que una bendición. A otros les mueven razones de principio, como a la señora Rego, madre soltera y trabajadora social de inclinaciones políticas socialistas, para quien todos los constructores son unos mafiosos poco dignos de fiar que jamás pagan lo que prometen. Y está el protagonista de la novela, Yogesh A. Murthy, conocido de todos como Masterji, profesor de escuela retirado, cuya esposa ha muerto hace no mucho tiempo y quien perdiera una hija a los diecinueve años en un trágico accidente en el tren: el compartimento en el que viajaba estaba tan abarrotado que alguien la empujó y cayó a los rieles. A nadie se le ocurrió dar la alarma, detener el tren o aceptar responsabilidad alguna, pues eso hubiera significado llegar tarde al trabajo o tener que vérselas con una policía incompetente y corrupta. A Masterji le tortura la imagen de su hija desangrándose al lado de los rieles, tal vez aun salvable de no haber sido por los habitantes de una Bombay convertida en una Mumbai sin conciencia y materialista. Masterji no quiere dejar el edificio donde su hija jugaba y corría, donde aun le persiguen los ecos de su mujer, donde hizo su vida y donde piensa morir. Por lo que se niega a firmar el acuerdo.

Aravind Adiga hace uso de una estrategia conocida en la novelística contemporánea, la de reflejar el universo social y humano de una ciudad y un país a través del destino de los habitantes de un edificio. Últimamente fue la exitosa fórmula de El Edificio Yacoubiano, del egipcio Al Aswamy, por ejemplo, y Adiga lo hace con eficiencia estructural y estilo seguro, donde se mezclan la objetividad inmisericorde del sociólogo y la compasión religiosa del Baghavad Gita (varias veces citado, a través de distintos personajes). La escena le sirve para plantear el que de seguro es uno de los pocos argumentos universales: las mutaciones o la firmeza de la conciencia frente a la tentación. Los habitantes de la torre A buscan la manera de convencer a los recalcitrantes de firmar el acuerdo, dadas las ventajas que el trato les ofrece, y cada quien es movido por sus propios ángeles o demonios. Adiga coincidiría con Schopenhauer –y buena parte de la psicología contemporánea- en que la voluntad es madre de la representación y no al revés, pues poco a poco los habitantes terminan convenciéndose de sus decisiones y de sus actos impelidos por la necesidad de firmar el trato antes de la fecha de vencimiento de la oferta. El tiempo actual de la novela transcurre entre la proposición de compra y unos meses después de dicho vencimiento, cuando los dados ya están echados. Al poco tiempo de hecha la oferta, solo queda un inquilino que se niega a firmar, Masterji, y nada, ni las amenazas del constructor, le harán cambiar de idea. Antes bien al contrario, mientras más se empeñan los vecinos en convencerle o el segundón del constructor en incitarlo a la firma, más se enroca en su negativa. Masterji, un personaje hermosamente construido por Adiga, es un hombre de principios, y termina enajenado, literalmente. Los vecinos optan por no hablarle más, pues con su negativa se le van sus sueños, y lo aíslan. Le acusan de enajenación mental también, de testarudez, de estupidez. Mientras se acerca el vencimiento, las acusaciones se convierten en acción y las conciencias se trastocan. La señora Puri, por ejemplo, una de las más aguerridas entusiastas de la aceptación, embadurna la puerta de Masterji con los excrementos de su hijo, quien padece el síndrome de Down. Con este gesto quiere decirle al maestro intransigente que su testarudez significa que ella tendrá que seguir limpiándole el trasero a su hijo incapacitado si persiste en su negativa, pero su gesto es inútil, pues Masterji es impermeable a todo. Hasta dónde llegarán los vecinos es asunto que dejo al lector.

Adiga ha concebido una novela equilibrada y de tono clásico, por su contenido ético y político, donde además se reflejan los sonidos y colores de una ciudad que representa como ninguna la India actual, Mumbai, a la que da vida como quien concibe demiúrgicamente un ser orgánico y salvaje, de naturaleza impredecible, que subordina toda prioridad a la necesidad de persistir y expandirse. Como Arjuna, quien en medio de la batalla central del Baghavad Gita duda en pelear pues en el otro bando se encuentran parientes suyos y es convencido por Krishna de que debe hacerlo, pues es parte de su destino, y todo es ilusión y samsara a fin de cuentas, y las almas recibirán su justa recompensa, Mumbai avanza a pesar de las conciencias de sus habitantes, encarnándose en ellas, siguiendo un designio ineludible. Si algo hace esta verdad palpable, contando además una historia de tono moderno y universal, es esta novela de Adiga, cuya lectura recomiendo sin ambages.