Las Venas abiertas de Latinoamérica

Melinda 

Era el verano de 1976. Mochila a la espalda, recorría con mi novio parte de las Américas: de Nueva York a Denver, Arizona, luego San Francisco; de allí a San Diego y, por fin, nos adentrábamos en la península de Baja California por la siniestra Tijuana. El autobús se detuvo en Loreto a las 2 de la madrugada y de repente nos invadió un calor húmedo tremendo que casi te impedía respirar. Descansamos unos días y continuamos, vía La Paz, hasta llegar al bellísimo Cabo San Lucas, en la costa del Pacífico, desde donde, después, atravesamos en un ferry hasta Puerto Vallarta, y, así, entramos de nuevo en el continente por el oeste de México. 

 

Aquel viaje duró dos meses y medio y, desde San Francisco, siempre transcurrió en transporte público: primero, los Greyhound y después los autobuses mexicanos, que eran claramente de dos tipos: los que recorrían largas distancias, bastante buenos y eficientes, por cierto, y los que se dedicaban al transporte local de los indígenas, a los que ni siquiera se podía llamar autobuses: los llevaban desde los pueblos o ciudades hasta sus habitáculos, dispersos por el monte. De allí bajaban, supongo, para vender los artículos que ellos mismos producían o para comprar los que necesitaran para su subsistencia. Nos subimos a estas pequeñas camionetas, absolutamente destartaladas y con grandes agujeros en el suelo, que puede que tardaran una hora en recorrer una distancia en cuesta arriba de 15 ó 20 kilómetros. El vehículo se detenía cada poco y los iba soltando como con cuentagotas; ellos desaparecían en silencio por aquellos vericuetos, dirigiéndose con certeza a sus hogares, invisibles para nosotros, a través del monte. En estas pequeñas camionetas el silencio reinante era absoluto y no creo que se debiera a nuestra presencia. Una vez, en San Cristóbal Las Casas, vimos un pequeño camión con la caja abierta y llena de indígenas dentro, engalanados con sus preciosos y coloridos trajes de bajar a la ciudad, de pie, apretados y quietos, como si de ganado se tratara, absolutamente silenciosos, esperando bajo la lluvia a que el conductor apareciera y decidiera emprender el regreso de vuelta a casa. Fue una escena  impresionante y que tuve presente, cómo no, cuando muchos años después, estalló la rebelión indígena en Chiapas.

 

Nos encontramos, por lo demás, con un país extremadamente complejo, en plena campaña electoral de Luís Portillo –pocos años después de la matanza de Tlatelolco-, que combinaba perfectamente aquel ostracismo real de la población indígena con un DF mareante por los extremados contrastes de enormes barrios de millonarios en los que, entre otras cosas, los baños lucían, al parecer, griferías de oro, con otros igualmente extensos, o quizás más, de población paupérrima, las tristemente famosas “ciudades perdidas”, en las que no osaba entrar ni la policía. Con todo, y aquí estaba la complejidad para nosotros, en la capital existía un clima político muy abierto y de un alto nivel cultural crítico, en el que la izquierda gozaba de auténtica libertad de expresión y la utilizaba, entre otras cosas, para editar algún periódico excelente –creo recordar que era El Excelsior-  así como  interesantes revistas de sociología política que leíamos admirados  sin poder comprender cómo era posible gozar de aquella maravillosa libertad, a la que no nos tenía acostumbrados España, desde luego, y asistir al mismo tiempo a un despliegue inaudito de ostentosa injusticia social.

 

Para hacer aquel viaje, mi pareja y yo decidimos imbuirnos de cultura latinoamericana. Yo recuerdo estar devorando Rayuela con verdadero placer una mañana soleada, mientras esperaba sentada a que mi ropa estuviese lista en una lavandería del luminoso San Francisco. El otro libro de la época, cuya lectura nos absorbió absolutamente en nuestro tránsito por tierras mexicanas, fue el del uruguayo Eduardo Galeano sobre la historia de América Latina: Las venas abiertas de Latinoamérica. Hoy, curiosamente, no recuerdo nada sobre Rayuela, pero sí tengo una idea muy clara de la tesis defendida por Galeano y de su ritmo trepidante; los vertiginosos ascensos y descensos que describe, en diversas zonas y capitales del continente latinoamericano: del desarrollo más rampante y exquisito -propiciado por la explotación imperial de minas u otro monocultivo- a la decadencia más absoluta que solía seguir después de que al imperio ya no le interesara el negocio o se hubiesen agotado los recursos. Visitamos Guanajuato, que se nos representó, entonces, como un posible caso práctico de lo que contaba Galeano de la decadencia subsiguiente al agotamiento estéril de los recursos ya exhaustos. Otro San Luís de Potosí, éste sí analizado por Galeano.

 

En aquel análisis, bien es verdad, y aunque yo entonces no reparé en ello, desde luego, no había espacio para la esfera de la política, que no existía como tal sino como un efecto colateral o burda expresión directa de los intereses económicos, que además eran exclusivamente imperiales. Esta ausencia estaba, sin duda, más justificada en 1971, cuando se publicó el libro; pero no deja de ser una carencia teórica importante, ya que la política es una importante mediación, cuando menos, en la expresión de otro tipo de intereses. Es cierto que, entre los análisis marxistas, en aquella época abundaba mucho este tipo de reduccionismo; reduccionismo que posteriormente fue muy criticado y subsanado por otros teóricos de corte neoweberiano y neomarxista, situando la esfera de la política en el lugar que se merece, que es muy alto.     

 

En la última y V Cumbre de las Américas, el presidente Hugo Chavez le regaló a Obama el citado libro de Galeano. Como siempre, el venezolano, que ya sabemos que no puede callarse cuando debería, ni perder una sola oportunidad de mostrar al mundo su demagogia populista y su mal gusto –qué poco se parece en eso a los verdaderos indígenas- parece que entendió que él podía dar lecciones al presidente estadounidense, haciéndole entrega en  público de aquel regalo.

 

A propósito de ese regalo, Antonio Caño, mi articulista favorito de El País, publicaba el pasado domingo, 19 de abril, un artículo titulado El fin de la coartada del antiamericanismo. Qué buen título por cierto, para señalar con él a algunos políticos de la “periferia”, empeñados en eludir su propia responsabilidad, mientras se refugian en ese antiamericanismo tan cómodo para ellos. Está claro que Hugo Chavez (además) no se entera: regala este libro, publicado en 1971, y lo hace en 2009, precisamente al único Presidente estadounidense al que realmente no creo que le haga falta leerlo. Es el propio Hugo Chavez, en cambio, al mando de la política en su país, y con una enorme responsabilidad por ello, el que tendría mucho que aprender de Obama –o de su vecino Lula Da Silva, si tanto le repugna el país norteño. Pero, por desgracia,  la democracia no parece estar, ni se la espera, en la agenda del Presidente de Venezuela.