Las tres patas del bienestar

 

Ricardo Parellada 

A finales del siglo XVIII, el marqués de Condorcet, el último ilustrado, culminó su presentación histórica de los progresos del espíritu humano con una reflexión sobre sus progresos futuros. Condorcet cifraba estos progresos futuros en la lucha contra diversas formas de desigualdad: la desigualdad entre las naciones, las desigualdades económicas en el seno de una sociedad, las desigualdades en el acceso al crédito y la desigualdad de instrucción.

 

Respecto de las desigualdades entre las naciones, este pensador ofrecía ideas críticas y anticolonialistas, como se puede apreciar en el siguiente pasaje, aunque acompañadas por un sentimiento ignominioso de superioridad hacia los pueblos colonizados:

 

“Recorred la historia de nuestras empresas, de nuestros establecimientos en África o en Asia. Veréis nuestros monopolios comerciales, nuestras tradiciones, nuestro desprecio sanguinario por los hombres de otro color o de otra creencia, la insolencia de nuestras usurpaciones, el extravagante proselitismo o las intrigas de nuestros sacerdotes destruyendo ese sentimiento de respeto y de bienquerencia que la superioridad de nuestras luces y las ventajas de nuestro comercio se habían granjeado inicialmente.”  

 

En segundo lugar, aborda las desigualdades económicas en el seno de una sociedad, como desigualdades en la protección social, anticipando de manera fascinante instituciones clave del Estado de bienestar, como las cotizaciones del trabajo para sufragar pensiones de jubilación. Y, finalmente, ataca las desigualdades en el acceso al crédito y defiende con ardor la igualdad de instrucción, que le parece el mejor medio para que disminuya también la desigualdad de la riqueza. Valga como ejemplo su defensa de las cotizaciones para sufragar las pensiones.

 

“Mostraremos que es posible destruirla [un tipo de desigualdad] en gran parte oponiendo el azar al propio azar; asegurando al que alcanza la vejez una pensión producida por sus ahorros, pero aumentada con las de los individuos que, tras hacer el mismo sacrificio, mueren antes del momento de tener necesidad de recoger sus frutos; procurando, mediante una compensación similar, a las mujeres y a los niños, para el momento en que pierden a sus maridos o a sus padres, un recurso igual y adquirido al mismo precio, ya sea para las familias a las que aflige una muerte prematura, ya sea para las que conservan a su jefe durante más largo tiempo; en fin, preparando para los hijos que alcanzan la edad de trabajar para sí mismos y de fundar una nueva familia la ventaja de un capital necesario para el desarrollo de su industria, y aumentándolo a expensas de aquellos a quienes una muerte demasiado temprana impide llegar a ese término. Es a la aplicación del cálculo a las probabilidades de la vida y a las colocaciones del dinero a lo que se debe la idea de estos medios, ya empleados con éxito, pero nunca con esa extensión, con esa variedad de formas que los haría verdaderamente útiles, no solamente a algunos individuos, sino a toda la masa de la sociedad, a la que librarían de esa ruina periódica de un gran número de familias, fuente siempre renaciente de corrupción y de miseria.”

 

Ciertamente, desde los tiempos de Condorcet, la desigualdad entre las naciones se ha llevado la peor parte, y probablemente este noble ilustrado contemplaría con horror los focos de hambre y miseria endémicas de nuestro tiempo. En cambio, resulta imponente su clarividencia y su visión sobre la utilización del azar contra el azar en la lucha contra las desigualdades y en la protección social. ¿Quién en su sano juicio podía soñar a finales del siglo XVIII con semejante sistema de cotizaciones para sufragar pensiones de jubilación, viudedad y orfandad?

 

Sin olvidar la ignominia de las desigualdades planetarias, ya denunciada por el marqués de Condorcet, mi propuesta es contemplar la pata coja del Estado del bienestar moderno con su estilo futurista.

 

Los pilares del bienestar en los países afortunados son dos: la sanidad y la educación gratuitas universales. Las alternativas privadas en ambos terrenos enriquecen el sistema, como casi siempre que se articulan adecuadamente la lógica pública y la iniciativa privada. Pero el fondo sobre el que se despliegan las distintas opciones en los países más afortunados es el sistema público generalizado.

 

Pues bien, al Estado contemporáneo social y democrático de derecho y del bienestar le falta, a mi juicio, una pata: un sistema público gratuito y universal de alimentación comparable a los sistemas de sanidad y educación. A la tupida red de hospitales y escuelas públicas debería acompañarle una red semejante de comedores públicos que proporcionaran la comida diaria y los nutrientes necesarios a todo el que quisiera utilizarlos. Lamentablemente, hoy en día la restauración es un negocio en manos exclusivamente privadas.

 

La situación de los parados y los excluidos sociales en los países afortunados es con frecuencia dramática. Pero tienen médico y colegios para sus hijos. ¿Por qué hay medicina y educación, pero no comida accesible para todos? Hoy sólo es accesible para todos la comida de la caridad, como en la Edad Media sólo eran para todos los hospitales de la caridad.

 

Creo que la analogía con la sanidad y la educación podría ser muy exacta. Atención sanitaria, educación y nutrientes básicos para todos. Y, naturalmente, amplio margen para la iniciativa privada sanitaria, educativa y alimentaria. Seguiríamos probando las comidas del mundo en restaurantes estupendos y el que quiera que siga comiendo humo en los locales de Ferrán Adrià.

 

No puede ser más difícil ni costoso alimentar que curar y desasnar a todo el mundo.  ¿Qué diría un visionario ilustrado como Condorcet? Que a la sanidad y la educación se sume la alimentación básica.

 

Y no me digan que un Estado capaz de organizar la red sanitaria, la red educativa y la red ferroviaria de alta velocidad para conectar todas las ciudades y todas las aldeas no tiene recursos o material humano para organizar con los impuestos de todos una red alimentaria. Sobran medios, lo que falta es imaginación. Y con las necesidades sanitarias, educativas y nutricionales cubiertas sí podríamos hablar de igualdad y de vida digna y de un amplio campo para el ejercicio de la libertad.