Las lecciones no aprendidas

Guridi

Si uno se pone a examinar todos los pequeños hitos que han llevado al PSOE a su situación actual, se ve tal rastro de “miguitas” de pan que es muy fácil escoger el conjunto que más encaje con nuestra colección de filias y fobias.

El PSOE está como está por vicios adquiridos desde que comenzó a funcionar en la democracia, por los mecanismos informales que se hacen ley por la fuerza de la costumbre. Y por el amontonamiento de pequeños gestos mezquinos que se terminan convirtiendo en una inamovible montaña de problemas.

El errático PSOE de estos últimos días es tan consecuencia de la herencia recibida, como de las fuerzas que actúan sobre una Gestora que ha de hacer frente a un panorama muy difícil.

Poca gente duda de que al PSOE le haga falta un rearme ideológico y un plan detallado acerca de cómo enfrentarse a los actuales problemas de España: la desigualdad, la precariedad, el mantenimiento de la red de seguridad que suponen los servicios públicos y el choque de trenes a cámara lenta del separatismo catalán y el ceñudo uso de la “Brigada Aranzadi” por parte de un gobierno central igual de nacionalista y de reaccionario que el que ocupa la Generalitat.

Nada de esto puede ponerse en marcha con un PSOE obsesionado por los problemas internos, la cuota de pantalla de sus miembros y temeroso de Podemos, a quien permite fijar las normas del juego, cuando está más que demostrado que sólo quieren salir corriendo con el balón.

La crónica falta de explicaciones a la militancia -también herencia de años anteriores- hace que proliferen las teorías de la conspiración y las falsas atribuciones de intenciones. Un problema que se agrava porque miembros de la Ejecutiva saliente alientan a propósito los bulos para deslegitimar a la Gestora.

Las “correcciones” de la democracia que se han llevado a cabo en ámbitos provinciales y autonómicos lastrarán el futuro proceso de primarias a la secretaría general. Mucha gente ha tenido ya amargas experiencias con avales que aparecen de la nada y urnas ya llenas antes de empezar la votación.

Hay quien cree que este caos se puede solucionar a través de figuras con autoridad, que apelen más a la disciplina que a la persuasión. A estas alturas hay quien no ha aprendido que el carisma no va aparejado al cargo.

Tampoco funciona -al menos en el PSOE- el imponer unanimidades, porque siempre habrá algún voto secreto que te dé alguna desagradable sorpresa. Y eso lleva a algo peor: a considerar un estorbo que la gente vote.

A estas alturas ya deberíamos de haber aprendido que los militantes son voluntarios y no empleados. Que los votos se ganan convenciendo y no amenazando. La experiencia nos ha enseñado que cambiar paz por ineficacia crea hipotecas que al final no se pueden pagar. Los años deberían de habernos enseñado que es mejor que la gente opine libremente y que, la mayor parte de las veces, escuchar y hacer acuse de recibo soluciona más problemas de los que crea.

Muchos de los desafíos a los que ahora se enfrenta el PSOE dependen para solucionarse de que esas lecciones se hayan aprendido. Y de que ese aprendizaje sea sincero. Vemos a perdonas personalistas quejarse de los personalismos, veo a tiranos orgánicos quejarse de la tiranía que ellos mismos ejercieron. Veo que importa más cortar cabezas que reunir algunas de ellas de calidad.

Para sobrevivir a esta época va a hacer falta más inteligencia que astucia, más súplicas que órdenes, más diálogo que discusiones, más generosidad que severidad.

Para sobrevivir habrá que abandonar las lamentaciones y mostrar que se han aprendido las lecciones. Y demostrar que se puede hacer una de las cosas que hemos defendido siempre: que los diferentes pueden convivir y que es mejor cooperar que competir.  

Veremos.