Las infecciones hospitalarias, una asignatura pendiente

Pobrecita habladora

Y no precisamente para los hospitales y los profesionales que trabajan en ellos. Bastante se hace con los medios que existen en la lucha contra esos ‘microbichos’ que, aparte de no verse, están, literalmente, en todos sitios. En las cocinas, en los teclados del ordenador, el móvil que nos acercamos a la cara y la arena de los parques en los que juegan los niños.

Millones de bacterias conviven con nosotros sin causar demasiados desajustes. Algunas tienen predilección por los organismos débiles y vulnerables. Hecho que, si sorprende a alguien, será a aquel que no recuerde nada de las ciencias naturales de la enseñanza básica. A veces, bacterias u hongos que pertenecen a nuestra flora natural se vuelven patógenos a causa de un desequilibrio en esa población bacteriana (por el uso de antibióticos, por ejemplo) o de una bajada de defensas (como las que cursan con muchas enfermedades). Candidatos para este último supuesto los hay por decenas en los hospitales, lugares a los que acude la gente cuando está, por definición, enferma.

A ninguno nos sorprende que un anciano de 94 años muera a causa de una neumonía, a pesar de que es una enfermedad curable en la mayor parte de los casos. Por tanto tampoco deberíamos llevarnos las manos a la cabeza si un paciente ingresado en la UVI, cuyo estado de salud se presume muy delicado, muere por las complicaciones provocadas por una infección nosocomial (las propias del ambiente hospitalario).

Sin embargo, esta premisa no es óbice para que las autoridades sanitarias garanticen un ambiente lo más limpio y aséptico posible. Me aventuro a pensar que los 20 meses que tardo el Hospital 12 de Octubre en hacer reformas en la UCI, que no en tomar medidas como han expresado muchos medios, se debieron a la esperanza de encontrar otra solución al problema o al deseo de evitar a toda costa las dificultades que el cierre de esta unidad sin duda entrañaría (no sólo para el centro sino para los ciudadanos) o tal vez todo junto. Pero la bacteria, ‘Acinetobacter baumanii’, es, por desgracia, muy resistente a los fármacos y su erradicación se complicó.

La medicina y la ciencia avanzan cada vez más rápido. En el siglo XXI tenemos remedios para enfermedades de las que morían fulminantemente nuestros abuelos hace no tanto. Pero los médicos no son dioses –pecado del que tantas veces se les ha acusado, quien sabe si será un delirio de grandeza adquirido por repetición- ni se les puede exigir que lo sean. Tenemos la penicilina contra las infecciones, la quimioterapia contra el cáncer, existen las vacunas, los trasplantes, el PET y la neurocirugía. Incluso hemos aprendido a analizar el ADN y a interpretar parte de la información que porta en menos de 60 años desde su descubrimiento. Lo que nadie ha sabido hacer es evitar la muerte. Cuando el cuerpo deja de funcionar adecuadamente se vuelve vulnerable. Como un estado cuyo ejército se debilita y al que un pequeño grupo de milicianos, inferiores en número y armamento, puede debilitar hasta la extenuación. Y eso no siempre es culpa ni responsabilidad de alguien.

La sociedad precisa más educación y menos demagogia. No es justo que se le transmita a la población una falsa sensación de inseguridad que, a la postre, no hará sino aumentar las demandas por la mala praxis y, como reacción, la medicina defensiva, que tanto gasto innecesario carga a un sistema ya de por sí saturado.