Las dos derechas

Lobisón 

A diferencia de bastantes países europeos, en España el PP ha conseguido hasta ahora aglutinar a los votantes conservadores desde el centro hasta la derecha más populista, xenófoba o extrema. Tras la manifestación de las asociaciones de víctimas contra la sentencia de Estrasburgo que ha echado abajo la doctrina Parot, surge la pregunta de si las dos derechas van a seguir votando al PP, o si el disgusto por la tibieza de Rajoy ante la sentencia europea va a ser el comienzo de un divorcio.

Es una buena pregunta, pero difícil de responder, por lo menos hasta que se vislumbre un posible liderazgo para esa derecha populista y antieuropea. Ni Aznar ni Aguirre podrían pensar en romper al PP y en enfrentarse a la UE. En cambio es indudable que han sido muy capaces de crear, entre 2000 y 2011, una dinámica de polarización social que es la causa última de que ahora, desde el gobierno de la nación, el PP tenga serios problemas para seguir conciliando sus dos almas.

La derecha más centrista criticaba durante el gobierno de Zapatero que, tras el pacto del Tinell, se hubiera dejado al PP fuera del proceso de reforma del Estatuto. Tenían razón en que para tratar de encontrar un modelo mejor de encaje de Cataluña en España era preciso el consenso de los dos grandes partidos nacionales, pero a la vez olvidaban que durante su mayoría absoluta el hosco presidente Aznar había tenido un papel determinante en hacer posible un pacto tan políticamente irracional como el del Tinell.

Y, sobre todo, parecían aceptar que eso daba al PP toda la legitimidad para boicotear la reforma del Estatuto y crear así un grave agujero en la credibilidad del PSOE y del PSC. Ahora es fácil ver el precio de las campañas contra los productos catalanes, las recogidas de firmas y los recursos ante el tribunal constitucional: Artur Mas puede ser un insensato, pero el clima social en Cataluña que ha hecho posible el crecimiento de la dinámica soberanista ha sido el éxito de la estrategia del PP de hundir al PSOE como posible interlocutor del catalanismo y, a la vez, presentar al PP como una fuerza decididamente hostil a Cataluña.

Igual sucedió con la movilización de las asociaciones de víctimas contra el gobierno socialista, y las descabelladas acusaciones de complicidad entre Zapatero, Rubalcaba y ETA. No lograron probablemente atraer votos de centro, pero el PP tensionó al máximo a su propia derecha. Ahora Rajoy no puede más que entrevistarse con la presidenta de la AVT y tratar de bajar el tono antigubernamental de las protestas, pero no puede evitar que los sectores más radicales le metan en el mismo paquete de traidores y cómplices al que antes él había relegado a los socialistas, sin recordar sus propios muertos a manos de la banda.

Y luego está la banda, pero eso ahora ya no parece importarle a nadie. Aparentemente ganada la guerra contra el terror sólo cuenta denunciar a los responsables de que una legislación retroactiva haya sido echada abajo por el Tribunal de Estrasburgo.