Las decisiones y los sustos

Guridi

Cuando Zapatero decidió ser culpado de todos los males universales y cargar él solo con las consecuencias de una crisis económica global, el PSOE pensaba que sus malas perspectivas electorales se debían únicamente a las consecuencias de esa crisis. No fue así. El 15M demandaba partidos más abiertos, más transparentes y que, por lo menos, tuvieran mecanismos democráticos con los que se pudieran identificar. Ya no digo participar, porque al final la gente siente pereza de hacerlo, sino procesos que vistos por un espectador externo fueran percibidos como realmente democráticos y limpios.

Eso no ocurrió. Poco después de una reforma constitucional express que fue percibida por los electores como un cambio de las normas hecho a sus espaldas, el PSOE fulminaba a una aspirante a la Secretaría General para hacer primarias de un solo candidato: Alfredo Pérez Rubalcaba.

 Ninguno de esos pasos se dio forzando las normas, nada de lo que se hizo fue ilegal y se respetaron las reglas del juego al hacerlos, pero ambos gestos fueron percibidos como argucias leguleyas en las que la democracia había salido por la puerta de atrás.

Rubalcaba empeoró las perspectivas electorales del PSOE, sometido al desapego de un electorado que demandaba democracia pero al que se le ofrecía el libro de instrucciones. Y Rubalcaba se vio obligado a dimitir.

Cuando Rubalcaba salió, de nuevo se formularon promesas de democracia y de mecanismos por los cuales la gente se sentiría partícipe de las grandes decisiones del PSOE. Y, gracias a la insistencia de Eduardo Madina, se celebraron primarias en las que cada militante podía votar.

Pero las normas hicieron que la democracia volviera a salir por la puerta de atrás. En unas maniobras que se creían sutiles, pero que eran evidentes a ojos de toda la ciudadanía, el PSOE puso en práctica sus peores tretas internas de los años 80 para bloquear a Madina, ejercer presiones en la recogida de avales y, en algunos casos, llenar urnas a favor de Pedro Sánchez antes de que se abrieran las votaciones. Un proceso tan importante supervisado por personas como Óscar López no llegó a ser imparcial, justo, ni transparente. Eso sí, una vez más se nos relataron las fórmulas reglamentarias correspondientes, como si eso pudiera tener el poder mágico de hacernos ver que nada había pasado y que la democracia no se había “coregido”.

Así pues, salió elegido Pedro Sánchez, un secretario general que era percibido a ojos de todos como un figurón sin fondo político, puesto ahí por las presiones de los barones del partido, temerosos de que Madina pudiera consolidarse o ser de alguna manera revolucionario.

Pedro Sánchez ha resultado ser el peor secretario general de la historia del PSOE y sus acciones y las de sus partidarios aún siguen dañando gravemente al proyecto colectivo al que se supone que deberían de servir.

Sánchez fue desalojado de acuerdo a las normas. Legal y reglamentariamente. Pero como quienes le desalojaron no consideraron conveniente explicar nada, el electorado ha percibido de nuevo cómo la democracia volvía a salir por la puerta de atrás.

Si el PSOE no afronta decididamente y con valor las demandas ciudadanas de mayor transparencia y democracia interna, no va a conseguir sacudirse de encima el descontento y el rechazo que viene provocando desde 2011. El PSOE, en estos momentos, es como un ordenador que llevara demasiado tiempo encendido. Va lento, no responde al usuario y provoca fallos absurdos que le impiden ser útil. Lo ideal no es cambiar de nombre al ordenador, ni poner otro fondo de pantalla, ni siquiera comprarse otro ordenador. Lo que hay que hacer es reiniciar la máquina, para que sus mecanismos y programas vuelvan a funcionar de la manera en la que se supone que tienen que hacerlo.

Es verdad que todo se hace de acuerdo a las normas, pero la gente percibe desde hace demasiado tiempo que las normas no dejan de retorcerse por temor a lo imprevisible. Y que ese retorcimiento hace que todo pierda su razón de ser.

Los avales, creados para que las candidaturas tengan un mínimo de respaldo por parte de la militancia, se han convertido en votos no secretos, recopilados entre presiones de secretarios de organización nada escrupulosos. Las primarias, creadas para que se elijan liderazgos democráticamente, pierden su sentido cuando se pretende que sean con un solo candidato.  

La gente desconfía del PSOE porque el PSOE ha estado escondiéndose detrás de sus estatutos y de las leyes demasiado tiempo, en lugar de usarlos para crear una sociedad mejor. Si en el próximo congreso y en la renovación del liderazgo del partido se percibe que hemos vuelto a usar las normas para corregir la democracia, iremos a peor. Y sólo terminarán quedando en el partido las personas susceptibles a presiones que ayudan a recoger avales militarmente o que votan lo que se les dice y no lo que quieren. Y no son precisamente los mejores talentos para la situación actual.  

No engañamos a nadie retorciendo las normas. Salvo a nosotros mismos. Y quien crea que esto se irá arreglando solo sin abrir puertas y ventanas, se engaña y pretende engañar a los demás.