Las cuentas de Solbes y los cuentos de Rajoy

Jelloun

Vista la oposición que ha ido desarrollando el Partido Popular a lo largo de la legislatura no debe extrañar que no haya encontrado mejor munición contra el proyecto de Presupuestos Generales del Estado (PGE)  para 2008 que la del agravio comparativo entre Comunidades. Eso, después de ensayar críticas, más bien vacilantes y poco creíbles, contra las partidas de gasto social que han acaparado titulares de prensa en las últimas semanas. 

El caso es que tras la estéril acusación de electoralismo por esas iniciativas sociales, Rajoy  se había atrevido a cuestionar la gestión económica y presupuestaria del Gobierno. Tal vez creyendo que el alarmismo interesado creado en torno a la nueva “incertidumbre económica” internacional  era caldo de cultivo suficiente, la oposición  intentó explotar la supuesta contradicción entre el rigor económico que se le reconoce al ministro Solbes y las presiones para  derrochar el dinero público en proyectos sociales, que sus compañeros de gabinete, espoleados por ZP, estarían intentando imponerle por mero interés electoralista. Lo que, además, sería peligrosísimo para nuestro bienestar futuro.  Zapatero estaría, según el PP, dilapidando los recursos –“comiéndose la despensa”, dijo Rajoy-, que la buena gestión de los gobiernos de Aznar y la coyuntura económica favorable habría puesto en sus manos.

Saliendo al paso de esa estrategia, el contraataque del Ministro de Economía ha sido apabullante. Al presentar públicamente los Presupuestos, con el respaldo de una gestión que deja poco margen para la crítica, un locuaz y relajado Solbes no sólo defendía con contundencia el rigor de las  cifras y su coherencia política, sino que  contraponía sus resultados y las expectativas inmediatas de la economía española con el panorama que se encontró al llegar al gobierno. Devolviendo a Rajoy su ocurrencia,  aseguraba,  en referencia al último presupuesto del PP, el del año 2004, que “la despensa no sólo estaba vacía, sino que además no se había pagado la última compra”. Y, rechazando el supuesto carácter derrochador del proyecto presupuestario, retaba a que se identificara en las cuentas presentadas ese “despilfarro terrible” augurado por la oposición,  “ese tremendo gasto social que va a llevar a la catástrofe”. Ni rastro de tales cosas. Porque esa partida sigue siendo, como el año pasado, el 50,5% del presupuesto consignado.

Algunas de las novedades más significativas de los PGE se hallan en el capítulo de ingresos, que crecerán menos que otros años, ya que en 2008 las familias españoles volverán a beneficiarse de una significativa  rebaja de impuestos  de casi 2.300 millones de euros, gracias a la nueva deducción por nacimiento o adopción de hijo, a la también nueva por alquiler de vivienda, a la tarifa del  IRPF y a la elevación, por primera vez, tanto de los mínimos personales y familiares como de la deducción por rendimientos del trabajo. En palabras de Solbes: “Es una opción política que pretende favorecer a los sectores que más lo necesitan”. Porque de eso se trata,  de una opción política que se traduce en incremento del gasto productivo y del gasto social y en  rebaja de impuestos, medidas  compatibles con el mantenimiento de unas cuentas públicas saneadas. Por  cuarto año consecutivo, el Estado tendrá superávit. Porque, en contra de lo que ha sostenido Rajoy, en 2004 hubo déficit, no superávit. Que para algo existirá la contabilidad nacional, digo yo”. 

No anda fino Rajoy, no. Ante la ofensiva del Gobierno al publicitar su agenda social, quiso mostrar su cercanía con cierto estado de opinión que suponía crítico con Zapatero por ese despliegue, declarando que al gobierno sólo le faltaba regalar chalets a la gente o algo así. ¡Que manera tan tonta de exhibir su desconcierto!  Y eso, mientras pretendía, a la vez,  vender la imagen de un Solbes, gestor riguroso que, por ello mismo, se opone a los desvaríos electoralistas de sus colegas de gabinete. Cuando el ministro en persona le pincha ese globo -¡y de qué forma!-, pretende sustituir la imagen anterior y falsamente acuñada  por la de un Solbes que “al final se ha puesto a sus órdenes (a las de ZP) y a las del resto de Ministros y no ha logrado imponer sus criterio”. O sea, que su imputación era válida tanto si se verificaba como si no. ¡Que chollo de profeta!

Pero no ha quedado ahí la cosa. Para pasmo de sus oyentes, Rajoy ha añadido algo verdaderamente antológico: “Lo importante es que Solbes no ha hecho nada a lo largo de esta legislatura y ahora ha presentado unos presupuestos que, para resolver los verdaderos problemas de los españoles, no sirven”. Vamos a ver, con una gestión económica como la que puede exhibir este Gobierno y su Ministro de Economía, ¿alguien –por muy hostil que sea a ZP-,   va a tomarse mínimamente en serio la acusación de que Solbes “no ha hecho nada a lo largo de esta legislatura”? Y eso, dicho por quien, como líder de la oposición, ni se ha estrenado siquiera en el control al gobierno en materia económica a lo largo de estos años. Por otra parte, si hasta hace unos días Solbes era bueno, confiable y riguroso  para contraponerlo a sus despilfarradores compañeros de gobierno, ¿cómo es posible que ahora nos cuenten que, en realidad, se trata de un tipo que no dado ni golpe en lo que lleva de legislatura? En fin, no seré yo quien aconseje a Rajoy, pero mucho me temo que no es insultando la inteligencia de sus conciudadanos con semejantes cuentos como se va a ganar su confianza. 

Así que el PP no ve otra forma de atacar los PGE, en este período preelectoral,  que “atizando los resquemores y  los agravios entre unas y otras comunidades”, a propósito del volumen de las inversiones públicas en cada una. 

Cierto es que los PGE  recogerán una inversión del 17,8% para Andalucía, acorde con su peso demográfico en España, un principio recogido en el nuevo Estatuto autonómico, y que ello contrasta con el muy escaso 13,7%, de la última legislatura de Aznar. Y que, en base  a la misma necesidad de cumplimiento de su Estatuto, casi un 15% corresponderá a Cataluña. Si se tiene en cuenta que ese volumen de inversión está condicionado básicamente por el gasto en infraestructuras de transporte, es tan razonable el crecimiento de la inversión en Cataluña (máxime tras el déficit acumulado cuyas consecuencias se han hecho dramáticamente evidentes este verano) como el mantenimiento de la de Madrid (salvo que se pretendiera construir ya otra terminal de aeropuerto, por ejemplo). Pero es que el mismo criterio es el que explica que el máximo incremento de las inversiones estatales se vaya a producir en la Comunidad Valenciana (con un 25 % respecto al ejercicio anterior) y que sea elevado, asimismo, en Castilla y León o en Canarias, con crecimientos muy por encima de la media, lo que debiera bastar para ahuyentar sospechas de partidismo en la distribución del gasto. No bastará, me temo. El victimismo y la exhibición de supuestos agravios territoriales no son, según se ve, patrimonio exclusivo de nacionalistas.