Las cosas suelen ser como parecen

Barañain

Desde el primer momento tras el accidente ferroviario de Santiago se empezó a extender por nuestro país  el temor a que tras la rápida sospecha sobre la actuación del maquinista -precozmente confirmada por el conocimiento de sus conversaciones telefónicas tras el descarrilamiento-, se pretendiera, en realidad,  esconder las “verdaderas” causas de lo ocurrido y salvar a los “auténticos” responsables del desastre. Debe ser  algo consustancial a nuestra forma de ser. Por un lado, nos encanta ese dicho tan popular de que las apariencias engañan, lo que, en realidad, sólo ocurre pocas veces; si no pudiéramos fiarnos de lo aparente, de lo que registran nuestros sentidos, la vida sería imposible.

Somos desconfiados, y tratándose de lo público asumimos con comodidad la premisa de que desde el poder se intenta siempre engañarnos. Por eso nos encanta especular sobre problemas estructurales de fondo o decisiones políticas que, desvirtuando las responsabilidades personales, puedan explicar los accidentes. Aunque tengamos acumulada una enorme experiencia para saber que es el factor humano el que explica los accidentes en la inmensa mayoría de los casos, que en la carretera nos mata el exceso de velocidad y en el trabajo la imprudencia o el abuso de sustancias tóxicas, preferimos suponer que el sujeto particular involucrado en tales sucesos es casi siempre inocente o al menos que su conducta está siempre condicionada por  elementos ajenos a su propia responsabilidad.

Así que si un incendio voraz atrapa a unos bomberos, nos olvidaremos enseguida del excursionista gilipollas que dejó un fuego sin apagar en un paraje de alto riesgo, para pedir la cabeza de los políticos de turno de quienes dependían los servicios de extinción. Y si una enfermera confunde unos envases de medicamentos y provoca la muerte de un bebé soslayaremos su barbaridad y no se divulgará su causa (aunque sea de sobra conocida por sus superiores) dejando que circulen teorías absurdas, pretendidamente exculpatorias, sobre la falta de medios o la presión asistencial. Son sólo un par de casos muy conocidos del pasado reciente.

Si enseguida se hace evidente (y ese estremecedor vídeo con el convoy-bala saliéndose de la vía era bastante ilustrativo) que esa curva en Angrois, que obviamente no acababa de ser puesta allí por Renfe o Adif, debía ser acometida a no más de80 Km. por hora y que el problema consistió en que el conductor iba a190 Km. /hora, parece que nos inquieta que algo tan simple pueda ser la causa de los ochenta cadáveres. No puede ser, tanta muerte exige algo más elaborado. No somos amigos de respuestas simples. Los grandes dramas exigen que sus causas sean “complejas”.

 

Hace ya un par de días que los medios han avanzado lo “compleja” que será la investigación técnica y judicial. Me echo a temblar imaginando una nueva instrucción larguísima, voluminosa y lenta, de esas que cuando concluyen cuesta recordar cómo se iniciaron. También estamos acostumbrados a eso. Por nada del mundo querría un juez de instrucción pecar de ligereza, de rapidez y sencillez en su actuación, de eludir uno sólo de todos los posibles factores hipotéticamente involucrados aunque eso implique eternizar el procedimiento.  Se eternizará.

 

Pero antes de que el juez de instrucción inicie su tarea, ya hemos asistido a esa otra genuina demostración de la sabiduría popular española, que acompaña siempre a estos sucesos: una multitud de expertos espontáneos nos ha instruido sobre el frenado de los trenes, los sistemas automatizados de seguridad, la diferencia entre el ASFA y el ERTMS, los trazados de vías, las balizas, los “puntos ciegos”, etc…  Se trataba de sembrar la idea de que algo pudo fallar en el procedimiento de frenado, que quizá no fue el maquinista el que falló, o no sólo él. Como era de prever – el corporativismo es otra de nuestras señas colectivas de identidad -, los del sindicato de maquinistas de Renfe (SEMAF) fueron de los primeros en asegurar que el accidente no se habría producido de haber contado con otro sistema de frenado de seguridad. La cosa era diluir la responsabilidad del maquinista, aunque sea precisamente esa especial responsabilidad inherente al puesto lo que invocan esos sindicalistas cuando defienden un trato laboral distintivo hacia ellos.

 

Todo un presidente del Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, el señor J. A. Santamera, también apuntó enseguida al sistema de seguridad como posible causa de la tragedia y, con una argumentación más bien peregrina declaró, ni corto ni perezoso, que “casi” descartaba el fallo humano como culpable. Así, sin moverse de su despacho en Madrid. Y, claro está, si gente con ese pedigrí se aventura a disparatar, no ha de extrañar que otros menos ilustrados se adentren por la brecha abierta. Un sindicato radical gallego (del que ya no había oído hablar con anterioridad, pero debía ser el único disponible para los periodistas ese día) mostraba su indignación porque ese tren se movía sobre  “trazados de vías construidas en la época franquista”. En la versión on line de un periódico uno de los primeros comentarios de sus lectores a la crónica del suceso criticaba la  “sospechosa rapidez” con la que se había conocido la velocidad real a la iba el tren siniestrado. Y es que ese dato podía alejar a las buenas gentes de buscar causa más profundas, ambiciosas y políticamente más relevantes. Concluía su alegato maldiciendo a Rajoy.  Oscuros expertos peroraban sobre las posibilidades de descarrilamiento en convoyes tomando curvas pronunciadas a190 Km./hora, como si acumularan suficiente evidencia empírica  para establecer un patrón de comportamiento de un tren en esas circunstancias (lo que, dado lo excepcional de este accidente, parece poco probable).

 

No habían transcurrido aún 72 horas del accidente y una editorial de El País ya sermoneaba con que “el Ejecutivo no calibra la urgencia de responder sobre el grado de certeza que puede esperarse de la seguridad en los ferrocarriles, que depende de entidades públicas bajo su responsabilidad, Renfe y Adif, un tema de suficiente complejidad como para tratarlo seriamente.” No es necesario ser un fan del gobierno de Rajoy para que a uno le repatee este intento tan grosero de politizar la tragedia. Y porque efectivamente es un tema muy serio, me sorprende que el primer periódico del país haya optado por jugar con  tanto descaro la baza del sensacionalismo y de alimentar la paranoia nacional. Aunque lo intente vestir de seriedad con su habitual retorcimiento del lenguaje (“…no calibra la urgencia de responder sobre el grado de certeza,…”).

 

Pero lo peor de ese lamentable editorial estaba unos párrafos más abajo cuando, tras insistir en la supuesta “confusión sobre lo que está instalado y lo que se encuentra operativo” en materia de seguridad ferroviaria, concluía con una majadería antológica: “El maquinista había pasado 60 veces por el punto donde se produjo el accidente sin incidencias previas, luego algo inesperado ocurrió el 24 de julio.” Con el coche, por ejemplo, normalmente uno se pega el castañazo en un lugar por donde ha pasado a menudo con anterioridad, sin incidencias hasta ese fatídico momento. El exceso de confianza suele jugarnos malas pasadas. Y lo que suele ocurrir con los accidentes es, precisamente, que son inesperados.

 

Pero para El País parece que lo importante era el retraso con el que el gobierno daba respuestas y concluía con que  “necesitamos que comparezcan los responsables y ofrezcan explicaciones”. Y eso pese a reconocer que pocas explicaciones técnicas podrían darse, más allá de lo que ya sabemos todos, si el juez no ha permitido aún la apertura de la “caja negra” y pese a que, ese mismo día, en la portada del periódico, aparecían a toda plana las declaraciones del presidente de Renfe y de Adif responsabilizando al maquinista de lo ocurrido.

 

El presidente de Adif estuvo especialmente sensato y pedagógico al asegurar que “respetando la velocidad no existe ningún trazado que sea peligroso”, y que el maquinista simplemente no frenó cuando debía (cuatro Km. antes de la curva) y es que “esa es la función del maquinista dentro del tren, porque si no, sería un pasajero”. Me temo que pretender que las cosas son, sencillamente, lo que parecen, está mal visto en nuestro país; esas declaraciones parecen poco complejas.