Las bondades de la izquierda fragmentada

Aitor Riveiro

En España tenemos unos cuantos temas recurrentes en los debates políticos. ETA, el papel de la Iglesia en el Estado, la (mitificada) sobrerrepresentación de los nacionalismos en las Cortes Generales, si Raúl debe ir o no convocado con la Selección… y la fragmentación de la izquierda. Siempre que se acerca una convocatoria electoral, sea de la índole que sea, son legión las voces, muchas de ellas respetables, que piden la refundación (y refundición) de la izquierda española bajo unas únicas siglas.

La idea es buena: hay que evitar que la dispersión de votos y un sistema electoral no especialmente bueno reste representación a la izquierda en parlamentos y consistorios. El punto de partida del análisis también: es cierto que España es mayoritariamente de izquierdas y que Izquierda Unida, por ejemplo, resta votos fundamentales al PSOE en lugares donde, por mor de la proporcionalidad, la formación de Llamazares no consigue concejales o diputados. El último ejemplo lo vivimos en Extremadura, donde un inconcebible 5% dejó a 40.000 ciudadanos sin representación en Mérida.

Por suerte (o por desgracia) la política es de todo menos una ciencia. Unas premisas correctas no siempre derivan en un resultado lógico y muchas veces el efecto conseguido es el contrario. Ese efecto sería la desmovilización de la izquierda más radical y la tendencia al centro del partido resultante, por lo que se perderían decenas de miles de votos y las políticas que pudiera llevar a cabo un supuesto gobierno respaldado por esa gran formación progresista serían de todo menos eso, progresistas.

Así, siempre me he postulado en contra de la fusión entre PSOE, IU y algún otro partido menor, salvando las coaliciones puntuales y programáticas que concurren a las elecciones en determinados lugares: IU-ICV, Entesa, el PSOE andaluz con grupos ecologistas, etc.

Y hemos tenido que esperar al final de la legislatura para comprobar cuán acertada es la polarización de la izquierda. El presidente del Gobiernos anunció durante el Debate sobre el Estado de la Nación una ayuda de 2.500 euros para las mujeres que tuvieran hijos a partir del 1 de julio de 2007. Las críticas llegaron pronto y desde distintos lugares, pero siempre dirigidas contra la forma, no contra el fondo. Se tildó al presidente de electoralista, ventajista, de copiar al PP, de querer desviar la atención, de vaciar las arcas del estado y/o (a gusto del tertuliano) de antiliberal.

Pocos fueron, sin embargo, los que destacaron que el gran error de la medida no estaba tanto en la forma (discutible, pero legítima) sino en el fondo. El cheque bebé va a suponer un gasto de 1.200 millones de euros al año (y si consigue su objetivo de aumentar la natalidad, más). Un dineral cuyo beneficio real para las receptoras no parece muy claro. Tampoco parece muy lógico que se otorgue a todo el mundo, ganen lo que ganen. El debate sobre la medida quedó enmudecido por el verano, la ausencia de banderas españolas en los mástiles de algunos ayuntamientos y la sempiterna quiebra de España. Temas apasionantes, sin duda.

Y de repente, la negociación de los Presupuestos para 2008 reflotó una cuestión ya olvidada. Dos partidos de izquierdas con poca representación en el Congreso pero cuyo voto es imprescindible para aprobar las cuentas del Estado (IU y ERC) han conseguido que el cheque bebé pase de ser una ayuda directa con poca sustancia a una apuesta decidida por elevar la natalidad en España y colaborar en la (aún inconclusa) emancipación de la mujer.

Las claves están publicadas. Por un lado, los republicanos han pactado que la ayuda sea mayor en determinados casos; por otro, el grupo liderado por Llamazares y Herrera ha logrado crear un fondo de 100 millones de euros para la creación de 50.000 plazas de guardería para niños de hasta 3 años.

El cheque bebé sigue presentando errores (ignora a los padres, desprecia las adopciones y a las madres extranjeras, entre otros) y espero que en la próxima legislatura sea remozado. Si el Gobierno hubiera llevado este programa a una comisión del Congreso que hubiera estudiado las necesidades reales del país estoy convencido de que hubiera salido mucho mejor (los expertos creen necesarias 300.000 plazas de guardería para cubrir la demanda… ¡¡Y con 100 millones se van a construir 50.000!! El editorial de ayer de El País lo explica muy bien). Pero ese ‘reino de taifas’ que es la izquierda española ha servido esta vez para arreglar, un poco, el error de Zapatero.

En estos meses que nos faltan para las elecciones volverán a arreciar las peticiones para conformar un gran partido nacional que ‘arrejunte’ a todos los que nos consideramos de izquierdas en un único grupo, bajo un único ideario y con un único líder. Ya tenemos un nuevo elemento de la lista para poner en los ‘contra’.