La violencia en Estados Unidos

Millán Gómez 

El brutal asesinato de 32 personas en la Universidad de Virginia Tech por parte de un estudiante surcoreano ha convulsionado a la sociedad estadounidense y a la sociedad internacional. Esta tragedia de límites insospechados vuelve a colocar a Estados Unidos ante la realidad de que 200 millones de armas, que se dice pronto, no garantizan ni de lejos la seguridad de un país. Estados Unidos continúa siendo un país peligroso e inseguro. Los argumentos de la Sociedad Nacional del Rifle carecen de validez y eficacia un día sí y otro día también.

 La enorme cantidad de armas que puede poseer cualquier ciudadano norteamericano mayor de edad hace que la seguridad estadounidense se tambalee y esté sujeta a la arbitrariedad de delincuentes y violentos que tienen en Estados Unidos su paraíso particular donde explotar y dar rienda suelta a su afán violento y destructor. Como siempre, vuelven a pagar justos por pecadores.

Los detalles del asesinato aún están siendo investigados por las autoridades competentes. De todos modos, a estas alturas de partido queda meridianamente claro que el enésimo asesinato masivo en un centro educativo estadounidense es directamente proporcional a la insólita facilidad con la que todo ciudadano tiene derecho a acceder a un arma basándose en el derecho a la defensa propia.

No podemos esperar que esta matanza haga reflexionar a los Estados Unidos sobre sus principios constitucionales de finales del siglo XVIII. La tradición y los derechos históricos no son justificación de que Estados Unidos se haya transformado, con el paso de los años, en un extenso país formado por familias armadas. Los fundadores de la nación estadounidense encontraron en la milicia popular el perfecto sustituto de un ejército central. Los máximos beneficiados de todo este embrollo son, sin ningún género de dudas, los fabricantes de armas que no están dispuestos a renunciar a aumentar hasta límites incalculables su negocio, aún a sabiendas de que al vender armas las posibilidades de que se cometan actos violentos aumentan gradualmente. Podemos decir que las discusiones que en otros países pueden acabar a gritos o a puñetazos, en Estados Unidos es más fácil que acaben a tiros.

Tampoco creo que la solución sea “rezar�, tal y como defendió el presidente de Estados Unidos, George Bush. Una vez más queda claro que Bush no tiene la más mínima capacidad de reacción ante las tragedias. Pasó el triste 11 de septiembre de 2001 y volvió a ocurrir con el tiroteo de la Universidad Virginia Tech. Claro que no se pueden pedir peras al olmo. Qué inocentes somos.

Con esta nueva muestra de violencia en las aulas estadounidenses comenzaba a suscitarse una ya antigua tesis de debate: la del control de armas. Tiroteos en zonas públicas son tristemente frecuentes en la vida cotidiana de los Estados Unidos. De hecho, las noticias del primer tiroteo de Virginia Tech, el de las 7.15 horas, pasaron casi desapercibidas, ya que, por ejemplo, la semana pasado hubo tres incidentes de este tipo. Los hechos noticiosos son actualidad cuando se salen de lo habitual y, desgraciadamente, hechos como éste forman parte del paisaje diario estadounidense.