La victoria que trajo la derrota

José S. Martínez

La victoria de 1982 puso a un partido “nuevo” y sin armar al frente del Gobierno, pues su presencia en la España franquista era casi testimonial. Para afrontar su bisoñez, el PSOE fichó a funcionarios que renegaban del franquismo, profesionales liberales y militantes de movimientos sociales, como sindicatos o asociaciones de vecinos. En general, fue gente joven, con un fuerte compromiso con la izquierda, cuando esta palabra era sinónimo de oposición a la Dictadura. Esta gente joven, entre los 30 y 40 años en aquella época, por motivo de sus nuevas responsabilidades, desconectó de su pasado profesional y de activista, y todavía siguen desempeñando puestos relevantes en el partido, a sus 60-70 años. La siguiente generación de militantes ya veía al PSOE como un partido de gobierno, y en buena medida, estas generaciones sucesivas pasaron a realizar su vida profesional dentro del partido y de su entorno, ya fuese en actividades de gobierno, oposición o instituciones controladas por la administración o por el partido. Es decir, la propia dinámica histórica de la Transición, llevó a un PSOE muy abierto a la sociedad en los 80, a desarrollarse luego cada vez más de espaldas a la sociedad.

Esta profesionalización de la vida de partido (los aparatchik) y este cierre social, ¿son específicos del PSOE? Parece que no. Por un lado, nos podemos remitir a Michels (2008), que hace ya un siglo estudió al Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) y detectó la “ley de hierro de las oligarquías”, es decir, el partido es controlado por una minoría debido a las necesidades de gestión y de coordinación para hacer una política eficaz. Aunque parte de la vida interna del PSOE todavía se pueda explicar por lo estudiado por Michels, hay un rasgo nuevo fundamental que no conoció dicho autor: el PSOE ya no es un partido de masas, sino un partido de cargos públicos. La prueba de ello es que tiene unos 220.000 militantes, pero una estimación gruesa lleva a calcular en al menos 30.000 las personas con cargos o puestos de trabajo asociados a cargos públicos en estos momentos de hundimiento (a los 22.000 concejales tras las elecciones de 2011, hay que sumar puestos autonómicos y nacionales, de asesoramiento, empresas públicas, fundaciones, el propio partido, etc.).

Una profesionalización tan intensa lleva a un nuevo modelo de partido. Tras el partido de masas que analizó Michels, se pasó en los 60 al partido catch all, que ya no contaba con una base electoral en un grupo social de claro perfil, como la clase obrera, y debía pelear por el “votante mediano”. Pero hay quienes consideran que esta considerable profesionalización de la política, ligada a la capacidad de los partidos de generar un “ecosistema” de puestos de trabajo y subvenciones ha generado un nuevo tipo de partidos: los partidos cartel (Katz y Mair 2004), es decir, un sistema en el que los diferentes partidos llegan a acuerdos para limitar la competencia electoral y minimizar los daños de la derrota. Con esto se hace referencia a los intereses compartidos entre los profesionales de la política de los distintos partidos, que diseñan un entramado institucional que les permite vivir de la política aunque estén en la oposición. La percepción pública de esta colusión de intereses entre partidos ha derivado en el malestar que se expresa en las encuestas, que señalan a los políticos como el tercer problema de España, y en los lemas del 15M “no nos representan” y “PPSOE”.

El PSOE, convertido en partido cartel, ha generado unos aparatchik cuyo objetivo es mantener sus puestos, no ganar elecciones. Para estos aparatchik es más importante estar en una lista electoral perdedora pero en un puesto “de salida”, que no estar en una lista ganadora. Como señalan Katz y Mair “la estabilidad se convierte en algo más importante que el triunfo” (Ib.: p. 36). Esto ha llevado a una dinámica interna ruinosa para las aspiraciones de gobierno en algunos lugares, pues los partidos cada vez se enrocan más en disputas internas, que normalmente tienen que ver con quien controla el poder de promocionar a las personas a los pocos puestos que ofrece la vida política en la oposición. Además, como cada vez queda menos que repartir, la lucha se hace más encarnizada, lo que conduce a un mayor aislamiento social. El peligro del PSOE en estos momentos es que la escasez actual de puestos a repartir, no vista nunca antes, le lleve a entrar en un declive histórico a nivel nacional como el que ha conocido en comunidades autónomas como la Valenciana, Murcia o Castilla y León. Hacia esta deriva se va si se cree que la crisis que sacó a los socialistas del gobierno los volverá a aupar.

Cualquier solución que se aborde sin atajar estos problemas de fondo, estará actuando sobre los síntomas del problema (la “fiebre”) pero no sobre la causa (la “infección”). Las propuestas para cambiar la vida orgánica del PSOE mediante más participación interna estará bien si logra que los intereses de los elegidos sean ganar elecciones, y no colocar a quienes les apoyaron en su campaña, y defenestrar a los opositores. Es decir, cualquier cambio de reglamentos que no rompa esta lógica social podrá ser fagocitado por ella. Sin cambiarla, no hay alternativas, solo nuevas manifestaciones del problema de fondo.

Ese es el problema, pero no tengo solución. Además, el hecho de que el “partido cartel” esté tan generalizado en Europa hace pensar que la solución no es fácil, y que tiene mucho que ver con las reglas del juego de lo político en las sociedades contemporáneas y de su relación con el resto de la sociedad. Por ello, sí me queda claro que no vale la pena buscar la solución en propuestas voluntaristas (“moralizar la vida del partido”, “abrirse a la sociedad”) ni reglamentistas, y que es más necesario indagar en las causas de fondo que han llevado a que este modelo de partido cartel se haya extendido tanto. Otra posibilidad es que las propias limitaciones del sistema de partidos cartel lleven a su evolución, canalizándose el descontento social mediante nuevas formas de acción política.

A las dificultades derivadas de la “cartelización“ del PSOE hay que añadir la cultura interna originada por el gran éxito de los 80, cuando era suficiente con recordar el pasado franquista de la derecha para mantenerla en la oposición. Eso hizo que las personas al frente del PSOE no necesitasen contar con profesionales en el diseño de sus estrategias políticas, y confiasen en su intuición y saber hacer pues, aun cuando cometiesen fallos, siempre se podría gritar “que viene la derecha”. Pero esto ya no funciona. La forma más gráfica de expresar el daño que esta cultura está haciendo al PSOE lo encontramos en la declaración desafortunada del exalcalde de Getafe, Pedro Castro, cuando dijo “no entiendo por qué hay tanto tonto de los cojones que vota a la derecha”. Para alguien que se formó políticamente en los 80, votar a la derecha es votar por Franco. Pero eso ya no es así para muchos españoles, y parece que al PSOE le cuesta asumirlo.

Katz y Mair. 2004. “El partido cartel”, Zona Abierta 108-109 (http://es.scribd.com/doc/7219087/Katz-y-MairEl-Partido-Cartel)