La vía posibilista

Jon Salaberría

Acabamos de cumplir, día 25 de marzo, el primer aniversario de las Elecciones Autonómicas de 2012 enla Comunidad Autónomade Andalucía. Cita política histórica en la que, por primera vez, el Partido Popular, en la enésima ocasión en que el prócer de Olvera, Javier Arenas Bocanegra (Sevilla, 1957), encabezaba la oferta popular, vencía al PSOE de Andalucía en su feudo del sur. Llevado de la inercia de la incontestable victoria de Mariano Rajoy en noviembre de 2011, y a caballo de unas prospecciones demoscópicas que auguraban una mayoría absoluta sin lenitivo alguno, Arenas desarrolló una campaña electoral que se pareció, por momentos, a una gira de celebración. Los grandes actos electorales de los populares, trufados de triunfalismo sin complejos, fueron la pasarela por la que empezaron a dejarse ver los propios para el reparto de la pieza ya cazada, donde se comenzaban a rellenar quinielas de inmediatos futuribles, y por las que empezaban también a dejarse ver, también sin complejos y con menos vergüenza, los advenedizos ajenos y los cortesanos de ocasión, a ver qué podía caer.

Dar la pieza por cobrada. Soberbia y altanería. Negativa a entrar en debates electorales (el eterno error popular, que a la larga siempre trae consecuencias negativas)… y las primeras decisiones del Gobierno Rajoy, especialmente en materia laboral. Errores de estrategia unos y de fondo político otros que llevaron a que la victoria popular en la noche del 25 fuese la más amarga en la carrera política de su líder regional. Más, incluso, que derrotas dulces como la de 1994 (que inició la famosa “legislatura de la pinza”) o que otras, incontestables y asumidas, ante el imbatible Manuel Chaves. Nunca estuvo tan cerca, con un pronóstico de 55 escaños de media en las encuestas, de desbancar al socialismo. Y nunca tan lejos, desde esa noche, el Partido Popular de Andalucía (con nuevo liderazgo), de volver a tenerlo tan a la vista.

El resultado andaluz se tornó punto de inflexión político. Obviamente, porque supuso un frenazo en la carrera popular de conquista de todo el poder institucional posible, tras cuatro sonadas victorias en Europeas, Municipales, Autonómicas y Generales. Frenazo suavizado con la posterior victoria en Galicia y el suave crecimiento en Catalunya, pero confirmado en Euskadi y Asturias, y reflejado en el hundimiento en las encuestas, incluyendo las oficiales del CIS. Pero también, porque dio oxígeno al Partido Socialista en su terreno y le indicó, claramente, un camino posibilista para el mantenimiento de ciertos niveles de presencia en la gestión política de las Administraciones y el sostenimiento, como apuesta de futuro, de un modelo de construcción desde la izquierda que tiene como premisas fundamentales el pacto y la pluralidad, frente al más tradicional, de hegemonía socialista en el centro-izquierda, dejando un papel gregario o complementario a las fuerzas minoritarias. Es la vía del acuerdo desde la izquierda entre fuerzas autónomas, basado en el respeto a la individual personalidad política de cada una de ellas. El punto de encuentro deseable desde hace años, concretado (eso sí) cuando las circunstancias han obligado.

Mientras la pancarta del ganador, “Gracias, Andalucía”, quedada enrollada y discretamente escondida tras el balcón de la sede electoral popular, y mientras en la misma sede el periodista conservador Ignacio Camacho comentaba los primeros reproches a internos a Rajoy (¿A quién se le ocurre aprobar la reforma laboral antes de las elecciones andaluzas en una tierra como ésta?), dos vencedores políticos reales celebraban el resultado: José Antonio Griñán Martínez (1946), Presidente, y el onubense Diego Valderas Sosa (1953), números uno y dos de un inmediato Ejecutivo que ha afrontado un año durísimo en el que todas sus acciones se han mirado con lupa política de muchos aumentos. Es lógico: la cohabitación política en el mismo gobierno de dos fuerzas políticas cuyas relaciones no han sido un camino de rosas desde la fundación de Convocatoria por Andalucía (y ya antes con el PCA) era y es una experiencia nueva, de imprevisible resultado práctico y de la que ya puede realizarse un primer balance. Lógico, igualmente, ese interés porque el triunfo personal y político de los líderes de ambas formaciones de la izquierda andaluza ha tenido consecuencias en el nivel de poder fáctico de ambos dentro de sus respectivas organizaciones: Griñán, como auténtico poder moderador con “voto de calidad” dentro de las tempestuosas aguas del PSOE nacional, reforzado y ubicado en la “pomada”, cuando en el inicio de la campaña de 2012 era ya un cadáver político o, todo lo más, una pieza decorativa u honorífica; Valderas, porque ha conseguido que su propia sucesión en la coordinación regional de su formación lo sea controlada, manteniendo a raya al sector crítico de la coalición, opuesto desde el minuto uno al acuerdo.

El Acuerdo por Andalucía (suscrito el 18 de abril de 2012) es, sin duda, la clave de arco de la estabilidad del Gobierno andaluz durante este año. Fede Durán, para el Grupo Joly, opina que este acuerdo, “una biblia de 75 páginas”, es el “corazón” que mueve a este Gobierno, y que tiene, como coadyuvantes, el papel en la oposición de un PP perdido e intrascendente, machacado por los sondeos, la frustración y el difícil encaje entre la política de enfrentamiento y hostilidad institucional lanzada desde Madrid, por un lado, y una imagen constructiva de defensa de los intereses colectivos dela Comunidad, por otra. Desde mayo de 2012 han sido muchos los episodios en los que Juan Ignacio Zoido Álvarez (Sevilla, 157), nuevo líder de los populares andaluces, ha sido desautorizado y dejado en evidencia por las decisiones que desde el Gobierno central o la dirección nacional del Partido se han adoptado respecto de los temas relativos ala Comunidad. Posturaque denota la existencia de un liderato interno y fáctico de un aparentemente desubicado Javier Arenas, y que pone en peligro la materialización de uno de los grandes proyectos institucionales del ejecutivo de Griñán, el “Pacto por Andalucía” (nada que ver con el “Acuerdo”), en la voluntad de aunar energías de todas las fuerzas políticas y agentes sociales sin excepción en el combate contra la lacra del desempleo y en pro de una activación de las energías productivas dela Comunidaden el horizonte del necesario crecimiento, única manera de salir de la crisis.

Los otros motores de la estabilidad de este acuerdo de coalición lo son la lealtad entre partes y un reparto de roles, dentro de la nueva Administración, equilibrado y complementario. Basta con echar la mirada atrás y comprobar la diferencia para con las otras dos ocasiones en que, dentro de la larga trayectoria del PSOE de Andalucía desde los albores del proceso autonómico, tuvo que recurrirse a un acuerdo de coalición para la gobernación dela Junta: los acuerdos de 1996 y de 2000 con el Partido Andalucista (entonces liderado por Antonio Ortega y con la omnipresente figura del Presidente de la formación, el histórico Alejandro Rojas-Marcos, como “padrino”), reducidos a un reparto de cuotas que convirtieron las Consejerías a cargo de los nacionalistas en un virreinato ajeno a cualquier tipo de dirección política común, si bien el poco peso específico de las mismas y la colocación de los “cargos medios” a la medida de sus necesidades impidieron conflicto alguno. La coalición de abril de 2012, PSOE-IU, sí obedece a un programa político conjunto, ya citado; las relaciones entre ambos miembros están perfectamente engrasadas por mecanismos de arbitraje y enlace muy activos; y, obviamente, el peso específico de las áreas gestionadas por IU (fundamentalmente Fomento) dista mucho del que tenían áreas las pactadas con el andalucismo.

El balance está ligado a la cortedad de los medios. No podía ser de otra manera. Presupuesto, un 4,1% inferior al del ejercicio anterior y que está casi al mismo nivel de 2007, al inicio de la crisis. Sin duda: la hégira de los recortes ha alcanzado a Andalucía, aunque el esfuerzo de sostenimiento ha hecho resistir servicios públicos básicos como la sanidad y la educación en niveles que no han aguantado en otras Comunidades. Este ha sido, según “El País”, un gobierno “de poca gestión y de nulo ruido”. Un gobierno que tendría ante así el reto de avanzar a un ritmo más exigente, que puede marcar IU, y con la “espada de Damocles” encima de la cabeza de Griñán que significa el “Caso ERES”, respecto del que IU, que dio su asentimiento a las conclusiones de la comisión de investigación, ya ha advertido que funcionará como interruptor de la coalición si las imputaciones judiciales llegan más allá de las depuradas en la citada comisión.

Mientras, la referencia es una realidad que se mira con interés en Comunidades como la vecina Extremadura o en Asturias, en la que los socialistas aguantan en minoría un difícil papel de gestión. Para Manuel Pastrana (UGT Andalucía), “la Juntaha estado dedicada fundamentalmente a intentar que el balón que le ha ido lanzando en materia económica a base de distintas imposiciones al Gobierno central no le dé de lleno en la cara a los andaluces, de forma que las políticas desarrolladas porla Juntahan sido más políticas de resistencia que una acción política que permitiera incidir directamente y poner en marcha medidas para salir de la crisis de una manera solidaria y salvando los derechos de la mayoría y el modelo social apuntado enla UE”.

En tiempos de tribulación, esta es la vía del posibilismo y del acuerdo. Con mucho por explorar e innegable incertidumbre.