La verdad menguante

Arthur Mulligan

Es una paradoja que contradice las leyes de la física, pero el mayor número de intercambios que procura la globalización aumenta la fricción, el miedo al contacto, las reservas hacia el otro ( nosotros también somos otro para alguien ) y el impulso para levantar muros, produce la desagradable percepción de encoger el espacio. Una sensación de asfixia que compromete el optimismo del desarrollo que en nada serena la retransmisión en directo – como si estuvieran en el portal de nuestra casa- de un sinnúmero de catástrofes. Mengua el espacio y mengua la verdad.Aparece la anarquía de internet -con sus fake news -, la aristocracia de la web y la intimidad familiar y tribal de aplicaciones selectivas.

Cuando en una conferencia de prensa en la Casa Blanca una periodista negó por su evidente falsedad una comparación favorable a Trump respecto al número de asistentes en su toma de posesión frente a la de Obama, una consejera le respondió que el Presidente no había afirmado una falsedad sino un hecho alternativo.

Algo que hasta fechas recientes se había considerado propio de regímenes dictatoriales invadía una concepción de la democracia basada en el libre intercambio de opiniones sobre hechos aceptados y desconectaba el debate de la realidad observable, un fenómeno cada vez más frecuente sobre todo en economía y que deja a los ciudadanos al arbitrio de sus pasiones, es decir, sin referentes posibles de validación o censura.

Estos tiempos de la posverdad no deben confundirse en ningún caso con la mentira en política pues ésta siempre ha existido, al punto que incluso podríamos afirmar que describe una parte de su naturaleza maquiavélica; no hablamos tampoco del negacionismo, tal y como se ha presentado después de la Segunda Guerra Mundial, sobre todo en lo referente a la existencia de los campos de exterminio o a otro tipo de matanzas como las de Katyn o Nankin, acreditadas por documentación abundante y en donde verdad y mentira mantienen su estatus independiente a pesar de los innobles intentos de manipulación que se refugian en la distancia temporal o reprimiendo su publicidad.

Ahora se trata de algo distinto. Como decían algunos de l los defensores del Brexit con gran desparpajo: «facts don´t work », solo existe la verdad relativa y la frontera que separa verdad y mentira ya no es considerada como un blindaje moral de prestigio . La verdad es irrelevante. (Recordemos aquí, en casa, a una Irene Montero -pero no solo ni principalmente a ella – su célebre “ yo no he dicho eso “ durante una conferencia de prensa).

Parece que en estos tiempos hay valores que son superiores a la verdad, como el bien absoluto – sea esto lo que fuere – y por eso se defiende a quien lo representa, como es el caso de las diferentes tribus emboscadas en la América profunda con Trump.

Hannah Arendt ya asignaba una superioridad lógica a la mentira como construcción de sentido al disponer de una coherencia interna frente a la verdad de los hechos, casi siempre contingentes y brutales en su espontaneidad.

Contrariamente a países como la URSS, creadores de un sistema orwelliano de la mentira organizada, el Cuarto Poder en occidente se difumina en la creciente debilidad de su compleja transformación y permite el relativismo de los hechos alternativos, siendo cada vez más aquellos que lo teorizan incluso como un derecho democrático de los ciudadanos que necesitan reforzar sus convicciones previas.

En la medida en que se deteriora la robustez de su prevalencia a la hora de informar en competencia con otros medios a ingentes masas de consumidores, los filtros clásicos que permitían contener extramuros del sistema las ideologías tóxicas han dejado de funcionar.

« Verdad o mentira, lo que dice Trump, May, Casado o Sánchez, nos hace sentirnos bien», parecen decir sus seguidores, y hay quien observa, en la crudeza de esta impostura, una reacción a la corrección política -hasta ahora percibida como dominante- y a sus secuelas irritantes, máxime cuando se trata de disfrazar políticas agresivas o directamente estériles. Tal vez mientan, pero la incomodidad que acompaña a sus mentiras abre las puertas y ventanas que logran ventilar un exceso de resentimiento acumulado.

Durante la reciente jornada del 8 de marzo, un amigo publicó el siguiente texto de Sabino Arana en el que inventor del PNV, del término Euskadi y de la Ikurriña, explica así su opinión sobre las mujeres:

“ La mujer es vana, superficial, egoísta, tiene todas las debilidades propias de la naturaleza humana. (…)¿ Qué sería de la mujer si el hombre no la amara ? Bestia de carga, e instrumento de su bestial pasión : nada más » .

Pues bien, esto mismo lo podría haber dicho el Honorable Torra y a pesar de la delirante y cazurra afirmación sus seguidores le hubieran arropado sin mayor coste, tal y como hacen los nacionalistas vascos ocultando estas opiniones en la penumbra de una historia lejana o significando las adherencias a una manera común de opinar de la época.

La democracia, en principio, nada tiene que ver con las creencias y tampoco ofrece paraísos; no tiene problemas con la verdad de los hechos porque su valor es puramente funcional e instrumental : organizar la siempre difícil convivencia en la paz que procura el derecho y la razón, sin dejar de atender los datos empíricos consustanciales a la naturaleza humana y su acomodo a los cambios de los procesos históricos, por así decir. Esta estructura formal obedece a una ingeniería de extraordinaria complejidad que en su refinamiento, como si se tratara de una ley de hierro, ha perseguido una cierta manera de conocimiento en formación, una tabla de marear que oriente y reprima su frecuente intento de usurpación por la lógica de ideas particulares, siempre en tensión problemática y con un indudable propósito de dominación sobre las demás.

Esta época de territorios menguantes y fricciones crecientes exhala en el universo político el vapor más venenoso, un agente que paraliza la eficacia de la comunicación en las sociedades liberales , mediante el recurso a la excepcional urgencia en la toma de decisiones. No hay componendas posibles : “ este es el texto y esta otra, la consigna ”- se insinúa -, » si tiene tiempo busque el sentido y, si no lo tiene – el tiempo o el sentido – que más da, no se preocupe y sobre todo, no se detenga, porque hay más textos y consignas que días para deliberar ”.

Los discursos de anteayer que fueron célebres por su coherencia interna y porque aún siendo hostiles entre sí, todavía se reconocían como hijos de una idea   en el progreso radiante y sin fin para la humanidad, han dado paso a una anarquía de posiciones controvertidas que reclaman a través de las nuevas tecnologías y encuestas instantáneas su validez universal.

La teoría de la conspiración, antaño tan despreciada por una clase política responsable que la consideraba un recurso de demagogos, es indudable que ha propiciado el triunfo del Brexit, por el impacto del colosal tamaño de sus embustes en una población desguarnecida, equivalentes en su escala al atorrante » España nos roba » .

En la anárquica red se revuelven los enemigos del parlamentarismo y sus debates ordenados ; proliferan los amantes del hierro caliente de los referéndums, de las primarias, de la participación política hasta lograr su mayor esperanza : un desierto de ideas y el abandono paulatino de grandes masas de su fe en las instituciones para que, aburridos y en fechas convenidas, dar saltos todos unidos detrás de la pancarta que sujeta un gobierno invencible porque ocupa todo el espacio.

La Sexta, en nuestro país, avanza la expresión de un estado de cosas que no cesa de degradarse; hablan todos de todo, gritando de preferencia para reclamar la atención . ¿ Para qué ? Para ofrecer de todo a todos y, si surgen las inevitables contradicciones o complejidades morales, técnicas o financieras, se pide opinión a la “ gente ”, como dice Podemos o la izquierda catalana cuando señala con cierto orgullo que “ en sus propuestas caben todos, independentistas, nacionalistas, confederalistas y federalistas ”. Falta poco para que también quepa Vox.

Pero afortunadamente, en medio del griterío avanza la pausada y majestuosa espada del Tribunal Supremo ; un escenario algo barroco, transparente, stendhaliano en sus colores rojo y negro. Hay también justicia y por lo tanto esperanza.

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