La Unión Europea por dentro (EU for dummies)

LBNL

Empiezo a pensar que realmente me estoy convirtiendo en un experto sobre la Unión Europea porque estoy llegando al estadio socrático en el que cada vez me asombra más lo que todavía me queda por conocer. No es falsa modestia, es literal: la Unión Europea, sus diversas instituciones, los complejos procedimientos con los que funciona y sus extensísimas competencias, son un campo de conocimiento infinito absolutamente inabarcable para un simple mortal. En otras palabras: no conozco y no crea que exista o pueda llegar a existir, el “Fraga” europeo al que le quepa toda la Unión en la cabeza.

Los que han tenido algún contacto profesional con la UE tienden a quejarse de lo difícil que es para un ajeno a la misma – un outsider – acceder a la información sobre lo que está pasando, lo que la Unión está haciendo y cómo participar en ello. Lo que no saben es que los que trabajan dentro tienen dificultades parecidas. Es decir, el que lleva años trabajando en el mercado común de la patata, no tiene ni idea de lo que la Unión hace en política exterior, lo que puede o no puede hacer o sobre cómo lo hace, y viceversa. El experto en negociaciones comerciales con China o el encargado de negociar los fondos de cohesión entre proyectos transnacionales, que al ajeno le resultan apabullantes en sus conocimientos y frecuentemente arrogantes en el trato a los que no están en la onda, tampoco tienen idea de qué, cómo y por qué otros igualmente expertos negocian un tratado de liberalización de visados con Marruecos o se ocupan de fomentar el empleo juvenil en los Estados Miembros con una tasa más elevada. Bastante tienen con dominar su parcela.

Lo que digo no es tan sorprendente. Algo parecido ocurre dentro de cualquier institución pública española, tanto de la administración central como de las autonómicas o locales. O dentro de una empresa. Lo que ocurre es que la Unión Europea nos concierne a todos porque se estima que un 75% de la legislación que se aplica en España emana de las instituciones europeas (Comisión, Consejo y Parlamento al alimón) ni siendo desdeñable tampoco la cantidad de recursos (subvenciones, préstamos, ayudas varias) de los que uno puede beneficiarse en prácticamente cualquier sector profesional. Son muchos los que se acercan a explorar y la mayoría salen escaldados. En el mejor de los casos, con ayuda de una asesoría especializada, de una cámara de comercio u oficina de representación autonómica, consiguen precisamente lo que buscaban y salen despavoridos, asustados por un ente gigante cuyas tripas sólo alcanzan a vislumbrar a duras penas.

Lo que digo es extensible también a secretarios de estado, ministros de exteriores e incluso a jefes de gobierno. Los secretarios de estado para la Unión Europea suelen saber de las cuestiones que preocupan a sus respectivos Estados Miembros (por ejemplo agricultura en nuestro caso), los ministros de exteriores se aprenden los procelosos procedimientos para la formación de la política exterior y de seguridad común y los jefes de gobierno, a lo más que llegan, es a establecer una relación personal con algunos colegas que les sirve para ser escuchados con mayor comprensión cuando les toca defender un asunto cuando y de la forma en la que le han aconsejado sus asesores.

Los asesores nacionales, supuestos expertos en las diferentes materias que les toca cubrir, muchas veces se equivocan sobre lo que es factible o no así como sobre el momento de realizar una demanda concreta. Tienen colegas destinados en Bruselas que conocen bastante mejor de qué va la cosa pero en no pocas ocasiones, entre lo que aconseja el experto en Bruselas y el criterio de su jefe en la capital correspondiente, prima este último, con resultados estrepitosos. Para complicar más la cosa, los que están destinados en Bruselas sólo empiezan a enterarse un poco mejor de cómo funciona la Unión cuando llevan un par de años en el ajo, y ya sólo les queda otro par más para poner sus conocimientos en práctica.

Por no hablar de los que han pasado un tiempo trabajando dentro de alguna institución europea. Caso señalado son los eurodiputados, por ejemplo, o sus asistentes dentro de los diferentes grupos parlamentarios. Los que mejor conozco, se pasean por España exhibiendo sus pocos meses – pocos años en el mejor de los casos – en Bruselas dedicados a un asunto específico como credencial para opinar con supuesto conocimiento de causa sobre cómo funciona “Bruselas” y qué es lo que habría que cambiar. Ahora bien, si les preguntas por algo ajeno al área en la que estuvieron trabajando, tienen tan poca idea que a veces no son siquiera capaces de entender la pregunta.

Normal, como decía antes, ni siquiera los verdaderos expertos que llevan años, incluso décadas, sumergidos en la Unión, llegan a conocer en profundidad que está pasando en temas ajenos a lo específicamente suyo.

De ahí que los analistas y politólogos tiendan en general a denunciar la endogamia de Bruselas y su “déficit democrático”, entendiendo por tal la ausencia de control popular de los tejemanejes de los mandarines de la burocracia europea.

Soy juez y parte, dicho lo cual, estoy harto de escuchar esa cantinela. Para empezar, los eurofuncionarios suelen ser bastante europeístas y por tanto figuran entre quienes desearían que los Estados Miembros cedieran más poderes al Parlamento Europeo, que podría pasar a ejercer un verdadero control democrático sobre la Comisión Europea, el brazo ejecutivo de la Unión. Pero no, los Estados Miembros no quieren perder poder, es decir, los gobiernos nacionales elegidos democráticamente, se niegan a ceder sus poderes al Parlamento y prefieren mantenerlos en el seno del Consejo donde pueden limitar la acción de la Comisión aliándose con otros Estados o incluso ejerciendo su derecho de veto en algunas áreas, como la política exterior. Así que desde luego no es “Bruselas” la responsable del déficit democrático sino los representantes democráticos de la ciudadanía que se resisten a extenderla a la Unión.

La otra crítica frecuente es que el control democrático es imposible dada la complejidad de los procedimientos y el reparto de competencias entre los diferentes actores comunitarios: para controlar hay que poder conocer. Pero resulta que dicha complejidad no es tampoco algo que “Bruselas” haya decidido adoptar libremente sino el resultado de delicadísimos equilibrios de poder que pretenden asegurar que nadie sea demasiado poderoso. Sobre cada tema, sobre cada área, se ha desarrollado un procedimiento específico en el que las diferentes instituciones tienen cuotas variables de poder. Así, la Comisión es todopoderosa cuando se trata de comercio, competencia o agricultura, pero una mera cola de león en materia de política exterior. Cola pero al mando del ingente presupuesto comunitario para ayuda al desarrollo, sin el cual la política exterior de la Unión está coja. De nuevo un equilibrio, complejo, sofisticado y hasta intrincado, pero equilibrio de poder que evita que la Comisión, que no responde a una opinión pública concreta, tome decisiones de política exterior que no tengan el respaldo de los gobiernos europeos, pero que también evita que los gobiernos europeos dediquen la ayuda al desarrollo comunitaria a lo que a ellos les plazca según la urgencia política del momento.

No se me entienda mal. Soy el primero en denunciar la disfuncionalidad del sistema. La inevitabilidad de alcanzar consensos entre sensibilidades políticas, culturales y económicas muy diferentes, provoca frecuentemente que decisiones que se podrían tomar en poco tiempo se retrasen durante meses, o incluso años. Peor, en ocasiones la decisión finalmente tomada, dejó de ser la apropiada para la cuestión que se pretendía resolver tras el segundo o tercer paso por el comité de turno, y le quedan varios más… En el mejor de los casos, hay que invertir horas y horas de discusiones a múltiples bandas, con alianzas variables y envíos de notas, non papers y demás instrumentos burocráticos, para llegar a una solución sensata, aceptable para todos y –esto es lo peor- que ya era predecible, pero no resulta posible acortar el proceso.

En esos casos conviene alejar el foco y centrarse en lo esencial. Roma, Carlomagno, Napoleón, Hitler y alguno más que me dejo por el camino, intentaron unificar Europa, por las armas, haciendo correr la sangre y sin éxito. La Unión Europea lleva seis décadas progresando hacia la consolidación definitiva de la paz en Europa, de forma pacífica, diplomáticamente, y desde una base democrática que es condición indispensable para ser admitido en el club. De hecho, sin la Unión Europea todos los países del Este de Europa seguirían a años luz de donde están ahora en términos de calidad democrática o eficiencia económica. Tendríamos que enseñar el pasaporte en la frontera y abrir la maleta ante el aduanero de turno, Cristiano Ronaldo ocuparía plaza de extranjero en el Madrid y sería imposible homologar el título académico nacional en un país vecino, o establecer un negocio.

Son miles de horas de negociaciones lentas y frecuentemente tediosas, batallando por cada coma, avanzando dos pasos para retroceder uno al poco tiempo a resultas de la evolución política en este o aquel Estado Miembro. A la malograda Constitución Europea me remito, que embarrancó en los referendos holandés y francés, pero que luego, con la perceptiva rebaja, entró en vigor bajo el nombre de Tratado de Lisboa.

Veníamos de suicidarnos a escala continental en dos grandes guerras, habiendo arruinado una Europa que no era capaz de ser auto suficiente en producción de alimentos y que pronto iba a perder el dominio colonial de cuyas ventajas venía disfrutando. Además, sentíamos el aliento de los soviets en el cogote. Hoy, en cambio, nos deprimimos cuando pensamos que o avanzamos más rápido o dejaremos de ser la segunda potencia económica mundial tras EEUU. Los que trabajan dentro se irritan con la lentitud de los progresos y los que están fuera con la dificultad para entender qué se está cocinando dentro. Pero definitivamente, si la Unión Europea no existiera, habría que inventarla, también para que todos aquellos que despotrican contra ella pidiendo el abandono del euro sin darse cuenta de que nuestra deuda exterior se duplicaría o triplicaría de golpe y olvidando que la Unión es el mejor seguro ante una no descartable involución democrática, puedan seguir haciéndolo en paz, prosperidad y seguridad. De garantizarlas va precisamente el cotarro, ininteligible, ciertamente, pero no por ello menos benefactor.