La última promesa de Zapatero

Guridi

Estos días seguimos con la resaca de la presentación de “El Dilema”, el libro en el que Zapatero recuerda cómo Van Rompuy, Merkel y Trichet aprovecharon la crisis para medrar, mientras se dedicaban a propinar una serie de desdeñosos golpes a los países del sur de Europa.  Como bien sabemos, aparte de los seniles rencores de Solbes, más gente ha aprovechado para recordar todo lo que Zapatero pudo hacer y no hizo. Así, mientras los líderes de opinión se encogen de hombros ante la corrupción estructural de Rajoy y su notoria incompetencia disfrazada de inteligente silencio, no perdonan que Zapatero no fuese perfecto.

Sin embargo, hay una promesa, una última promesa que reiteradamente hizo Zapatero y que no pudo cumplir: que la candidatura del PSOE a la Presidencia del Gobierno se sometería a elecciones primarias.

En apenas una semana, esa promesa se convirtió en un proceso en el que Rubalcaba apareció como candidato único, Carme Chacón renunciaba a presentarse de manera incomprensible y algunos voluntariosos militantes se presentaban fútilmente, ya fuera con ánimo de denunciar el incumplimiento de esta promesa, ya fuera con ganas de obtener fama y un puestecito en listas o en alguna tertulia.

¿Qué es lo que paso? De aquellos días sólo se obtiene silencio por parte de los y las protagonistas. Por un lado, el inhumano sentido de la responsabilidad de Zapatero y por otro, las órdenes de callar la boca de la actual dirección socialista, que no consiente esa clase de preguntas insolentes. ¿Qué es lo que hay que callar?

Lo que uno podía oír en los pasillos de Moncloa y del Congreso en aquellos momentos es tan desconcertante que no puede, no debe ser real. Se decía que el Consejo de Ministros se había partido en dos. En un bando, un grupo de ministros “orgánicos” que pensaban que el “experimento Zapatero” se tenía que acabar y que era hora de volver al PSOE de los 90. Por otro, Zapatero y un grupo de ministros algo alicaído. Por tener que luchar contra lo más duro de la presión de la crisis, aún noqueados por la manera en la que había salido María Teresa Fernández de la Vega, unos desconectados de un PSOE al que no pertenecían, otros algo abrumados al ver cómo Elena Valenciano empezaba a purgar Ferraz y las listas, sólo frenada por un Marcelino Iglesias que se hubiera hecho experto en hacerse el sordo, ante tanta petición de cabezas.

Se rumoreaba que este bando “orgánico” del Consejo de Ministros amenazaba día sí, día también con hacer dimisiones en masa en medio de la peor crisis que atravesaba nuestro país, a menos que Zapatero accediera a todas sus demandas, ya fueran con respecto a políticas del Gobierno, ya fueran con respecto al control del PSOE.

Si bien eso pudiera explicar muchas cosas con respecto a decisiones inexplicables de aquellos días, no dejan de ser rumores. Y las teorías de la conspiración también explican también gran cantidad de cosas; a base de narrar hechos disparatados que no se pueden comprobar. O que son directamente imposibles.

El caso es que ante todo lo que estaba cayendo, ante la inexplicada -que no inexplicable- reforma constitucional, ante el fatídico conjunto de recortes iniciados en mayo de 2011, la militancia del PSOE y parte de sus votantes se aferraban a las primarias como respuesta democrática al “no nos representan” que sonaba en las plazas de toda España aquellos días. Como el último suspiro de aire fresco que Zapatero era capaz de traer, una vez cerradas puertas y ventanas por la crisis. Ese aire fresco no llegó y el PSOE se ahogó en las municipales, se ahogó en las generales y aún continúa boqueando como un pez fuera del agua.

Las primarias no se demandan como una manera fácil de sacudir la silla a nadie, sino como una respuesta necesaria a una sociedad que nos pregunta dónde está esa democracia que tanto decimos defender y a la que pretendemos representar.

Las primarias no son un concurso de popularidad, de la misma manera que tampoco lo son las elecciones a cargos públicos, sino que se ven también como una manera de romper el techo de cristal que atrapa a gran parte de la sociedad española. Mujeres, jóvenes, personas en paro, gente formada, gente humilde que en su vida diaria se ven sometidos a los designios de personas que llegaron a sus puestos de trabajo y a sus cargos a principios de los 80, y no han dejado sitio a nadie más desde entonces. Tan sólo las sobras; sobras que se han llevado la crisis.

En las empresas, en las instituciones, en los sindicatos y en los partidos mandan personas que hace tiempo que ya superaron los 40 años y cuyo mayor mérito es estar donde están desde que tenían los 20. Y estas personas, al más puro estilo de María Antonieta, no consideran que los problemas de los demás sean tan importantes, dado que ellos tienen los suyos resueltos desde hace tiempo. En su oasis de estabilidad sólo admiten a más gente como ellos o a sus hijos y parientes, mientras que los demás malviven o tienen que buscarse la vida más allá de nuestras fronteras. Hace tiempo que Zapatero pronunció la frase de que el PSOE es el partido que más se parece a España. Los socialistas deberíamos preguntarnos si también es aplicable a esta situación. Y si eso es algo que nuestras ideas y principios nos dejan pasar por alto.

La sociedad española demanda más democracia. Lo hace con diferentes voces, cantando diferentes canciones. Una es la de “no nos representan”, otra es la de “todos son iguales”, pues los partidos parecen actuar y gobernarse de espaldas a sus votantes, otra más pudiera ser la del “derecho a decidir”, dado que ahora parece que no podamos decidir acerca de nada. Pues bien, ya que el actual presidente del Gobierno es un simplón, que se precia de no tomar decisiones acerca de nada; tal vez los y las socialistas debamos tomar la iniciativa y sacrificar nuestro aprecio por la estabilidad por nuestra voluntad de servir a las personas.

Quizá la gente nos pida ahora muchas cosas que no podemos hacer, atenazados por la mayoría absoluta del PP, pero sí que podemos poner en marcha un verdadero proceso de primarias abiertas, que muestre a la gente que estamos de acuerdo en cuestionar que los todos los líderes de los partidos con representación parlamentaria sean un grupo de veteranos políticos cincuentones y sesentones que dicen saber qué es lo mejor para nosotros. 

Cuesta ser los primeros en algo. Con Zapatero lo fuimos en muchas cosas y nunca nos fue mejor, a la sociedad y al partido. ¿Por qué no nos animamos a cumplir su última promesa?