La tragedia siria

LBNL

No somos conscientes de la magnitud de la catástrofe Siria. Según las últimas estimaciones de Naciones Unidas los muertos ascienden a más de 80.000, casi 7 millones de sirios (un tercio de la población) precisan de ayuda humanitaria para sobrevivir (más de 3 millones son niños), más de 4 millones de sirios son desplazados internos (han tenido que abandonar su localidad de residencia) y  casi un millón y medio ha tenido que refugiarse en los países vecinos, especialmente en Jordania, Líbano (casi medio millón en cada uno de los dos) y Turquía (más de 300.000). Para que se hagan una idea, los refugiados sirios en Líbano suponen ya casi un 20% de la población local; el equivalente serían unos 10 millones de franceses refugiados en España. Lo peor es la tendencia. Hace menos de un año sólo eran un millón los que necesitaban asistencia humanitaria y el 60% de los refugiados ha abandonado el país en lo que va de 2013.

No es de extrañar porque la guerra se ha enquistado y no presenta perspectivas de mejora a corto plazo. Las desorganizadas milicias rebeldes carecen de medios para doblegar al ejército leal al dictador. Por su parte, Assad es incapaz de recobrar el control del país pero parece ser capaz de mantener las zonas que todavía controla. Nadie da un duro por su permanencia en el poder a largo plazo pero tampoco nadie se atreve a predecir cuánto tiempo será capaz de resistir. A largo plazo el panorama es también sombrío: el periodo post Asad será extremadamente complejo y convulso.

Siria ha vivido bajo una férrea dictadura desde que Assad padre tomó el poder por la fuerza a finales de los años sesenta. Inspirado en el nacionalismo pan árabe del partido Baaz, hermano pero rival encarnizado del que tiranizaba Iraq, el régimen evolucionó en tiempos más recientes hacia una república dinástica con la sucesión de su hijo menor, Bashar. No cambió apenas nada, tampoco lo bueno, que algo había. Por ejemplo, las mujeres en Siria, como también en Iraq o Túnez, disfrutaban de un grado de libertad personal bastante aceptable, especialmente en las zonas urbanas donde andaban por la calle en vaqueros y sin velos. Bajo el dominio de la minoría alawita (una vertiente minoritaria del a su vez minoritario chiísmo musulmán), la coexistencia étnica y confesional era la norma, con sunitas, drusos, cristianos y hasta kurdos. Si no te metías en política podías progresar razonablemente, eso sí, en un país bastante sub desarrollado y sometido a una economía estatizada y planificada que no permitía grandes posibilidades de mejora. Meterse en política era algo más arriesgado. Que se lo digan a los cerca de 20.000 seguidores de los Hermanos Musulmanes que fueron masacrados a sangre y fuego en la ciudad de Homs en 1982 por las tropas comandadas por el hermano del dictador, Rifat, que posteriormente tuvo que exiliarse y campó durante años por sus respetos en Marbella, entre otros sitios, pero esa es otra historia.

No sólo los islamistas sufrieron la represión, también cualquier conato de disidencia laica, tanto con el padre como con el hijo del que, muy al principio, se esperaba mayor apertura, principalmente por su educación universitaria en Gran Bretaña. Las detenciones intempestivas, los encarcelamientos sin juicio, las torturas y las desapariciones eran moneda común para cualquiera que pudiera amenazar al régimen. Ningún país árabe se distingue, hasta la fecha, por su apego al Estado de Derecho, pero la represión en Siria era bastante más dura que en Egipto o Marruecos, por ejemplo. Como también lo era la ocupación siria del Líbano.

Me voy a permitir una anécdota personal para ilustrar la comparativa. A finales de los años noventa me tocó encargarme de seleccionar proyectos en varios países árabes encaminados a promover la sociedad civil y los Derechos Humanos. En Egipto era complicado porque las ONGs no recibían permiso para registrarse legalmente y ello obligaba a firmar contratos con entidades formalmente inexistentes, pero cuyo funcionamiento era tolerado en la práctica. En Jordania la libertad era bastante amplia siempre y cuando las ONGs no criticaran a la monarquía. En Líbano la sociedad civil era muy activa y plural, excluyendo por supuesto a los refugiados palestinos, verdaderos parias repudiados por todas las facciones locales. En cambio, en Siria sólo conseguimos firmar un acuerdo con una agencia de la ONU y un párroco que promovía seminarios de coexistencia religiosa. En parte fue mi culpa. Cuando me recibió el Ministro de Justicia de Asad padre no me atreví a pronunciar las palabras Derechos Humanos. Se trataba de conseguir su aquiescencia a nuestras actividades, no de leerle la cartilla. Además, los 3 ó 4 retratos de Asad que colgaban de las paredes de su despacho me hicieron sentirme tan vigilado como debía sentirse el propio Ministro, pese a que, o quizás por ello, se le consideraba el número 3 del régimen en aquel momento. Así pues, opté por hablarle de nuestro interés en apoyar a la sociedad civil siria, como hacíamos en todos los países vecinos, en interés mutuo, por supuesto, dado que Siria había decidido suscribir la Declaración de Barcelona. La conversación fue muy corta porque aquel señor aprovechó la intimidad del encuentro para sincerarse y pedirme que le explicara que qué era eso de la sociedad civil. Normal. Simplemente no había. El régimen lo dominaba todo.

Lo único positivo de tal dominación era la estabilidad. Salvando las distancias, era algo así como la dictadura franquista, sobre todo durante sus primeras dos décadas. Ahora bien, en España sólo había dos bandos. En Siria, especialmente ahora que el régimen ha conseguido instaurar la noción de que la rebelión es de la mayoría sunita contra los alawitas y demás minorías, será infinitamente más difícil y llevará mucho más tiempo recomponer la paz social cuando el dictador muera o se exilie.

En parte por ello, la comunidad internacional sigue apostando por una solución política, por un pacto entre el régimen y la oposición. En gran medida por la experiencia iraquí, se entiende que la transición será menos cruenta si gran parte del aparato del régimen se mantiene y comparte el poder con la oposición. También porque ello daría garantías a las minorías, en particular a la alawita dominante, de que no serán sometidos a sangre y fuego por su colaboración o los privilegios disfrutados durante la dictadura. Así, estos días el Secretario de Estado John Kerry y el Ministro ruso de Exteriores Lavrov, han coincidido en tratar de reimpulsar la declaración de Ginebra acordada a finales de enero.

Hay muchos obstáculos para que esta solución pueda salir adelante. El principal, sin duda, es conseguir que Asad acepte dejar el poder o, en su defecto, que sus afines consigan ponerse de acuerdo para acabar con él o echarle. Ocurrirá pero, salvo sorpresas, más tarde que temprano. Otro obstáculo fundamental es el ansia de revancha después de tantos muertos y tanto sufrimiento. La oposición, agrupada de forma desordenada alrededor del comité conocido internacionalmente como SOC, es más que reticente. Estos días celebrarán una asamblea general para elegir un nuevo líder, que reemplace a Al Khatib, que dimitió hace un par de semanas en protesta tanto por la negativa internacional a proporcionarle armas a la oposición como, sobre todo, por la renuencia de la facción opositora de los Hermanos Musulmanes, a seguirle en su apuesta por entablar negociaciones con el régimen, incluso sobre la condición previa de la partida de Asad.

Por si lo anterior no fuera suficiente, los intereses encontrados de los vecinos y las grandes potencias tampoco ayudan. Para muchos de los vecinos árabes – leáse Qatar o Arabia Saudí – Asad y sus alawitas son por afinidad religiosa y sobre todo por convicción, el último aliado de su archi enemigo, que no es otro que Irán. Principalmente por rivalidad con Sadam Husein, Asad padre ya apoyó a Irán en su defensa contra el ataque iraquí de los años ochenta. Desde entonces, ha venido recibiendo apoyo iraní en una alianza que ha servido a ambos regímenes, ambos escasos de amigos en la escena internacional e interesados en dominar Líbano: Siria porque aún siente que es una parte de su territorio, colonialmente amputado por Francia, Irán para defender los intereses de sus “primos” chiítas libaneses, y ambos para servirse de Hizbalá para hostigar a Israel cuando les interesaba. Si cae Siria, Irán ya no tendrá ningún aliado en la región y dejará de poder suministrar armas a Hizbalá, con lo que los sunitas libaneses estarán en mejor disposición para volver a controlar el país. En cambio, Iraq, hoy dominado por los chiítas aupados al poder por la invasión americana, es cada vez más tolerante con las ayudas que recibe el régimen de Asad desde su territorio.

La falta de entendimiento entre EE.UU. y Rusia es la madre del cordero. Si estuvieran mínimamente de acuerdo, hace tiempo que el Consejo de Seguridad habría tomado cartas en el asunto y mandado “a parar”. Pero no ha podido ser y no hay esperanzas de que el bloqueo en el Consejo vaya a cambiar en el futuro previsible. En parte porque Rusia se siente timada – con cierta razón – por Occidente cuando consintió que el Consejo de Seguridad decretara una zona de exclusión aérea sobre Libia que acabó en una operación agresiva de la OTAN que no cesó hasta que cayó Gadafi, rebasando con creces el mandato legal original. El argumento le viene que ni pintado porque la continuidad del régimen le sirve a Rusia tanto para conservar la única base naval que aún mantiene en el Mediterráneo como para seguir vendiendo armas a uno de sus mejores clientes desde hace décadas.

La Unión Europea se debate y debate sin cesar qué más hacer. Como en el resto del mundo, somos los reyes de la asistencia humanitaria: desde el principio de la guerra, la UE en su conjunto ha donado más de 550 millones de euros. Son muchas decenas de miles de vidas salvadas. Pero no es suficiente. Desde hace algunos meses, Reino Unido empuja para eximir del embargo de armas a la oposición y cada vez son más Estados los que apoyan la moción o al menos se resignan a aceptarla. No es una decisión sencilla. Por un lado, la UE se precia de haberse comprometido hace más de una década a no suministrar armas a un territorio en conflicto, a un actor no estatal y cuando exista incertidumbre sobre el destino final de las mismas. Pero siempre cabe jugar con la definición de qué constituye equipamiento letal. Nadie quiere suministrar misiles tierra-aire portátiles como los que se le dieron a los muyaidines que luchaban contra los rusos en Afganistán, porque pueden acabar siendo disparados contra aviones civiles en sitios remotos. Pero en vista de la tragedia sin fin, la resistencia empieza a ceder y se empiezan a contemplar opciones que ofrecen más garantías sobre su uso letal pero exclusivamente defensivo. En paralelo, se están redoblando los esfuerzos para proporcionar ayuda a las zonas “liberadas” más allá del ámbito exclusivamente humanitario (comida, mantas, etc), desde el sur de Turquía, para ayudar a reconstruir hospitales y escuelas, por ejemplo.

Las últimas noticias, contradictorias y no confirmadas, sobre la utilización de armas químicas (en particular gas sarín), han venido a espolear las reflexiones europeas, también en el seno de la OTAN, que tiene mucha más capacidad de actuar agresivamente, llegado el caso. En este contexto, no son pocos los que han empezado a pensar en una posible expansión de los bombardeos israelíes de los últimos días, en principio encaminados exclusivamente a destruir misiles de medio alcance que iban a acabar en manos de Hizbalá.

En fin, un lío tremendo en el que sólo hay un par de certezas: la catástrofe humanitaria siria es de una magnitud e intensidad sin apenas parangón, al menos en nuestro vecindario, y el régimen de Asad tiene que terminar. Más allá, sólo dudas y riesgos que no ayudan a encontrar la forma más eficaz de contribuir a poner fin a la tragedia siria.