La Tacher (sic)

LBNL

Viví su caída en desgracia in situ, mientras estudiaba un año en Inglaterra, y la viví con pasión, ansiando que fuera sacada del poder a palos, por los suyos, espoleados por Michael Heseltine, que en noviembre de 1990 le planteó un pulso interno que sabía suicida en cuanto a su carrera política pero intuía podía desalojarla del liderazgo del partido. Y así fue.

Un año antes, otro diputado Tory la había desafiado según las normas del grupo parlamentario, según las cuales, una vez al año, cualquier parlamentario puede desafiar al líder, que debe revalidar su autoridad por mayoría absoluta y diferencia de más de un 15% en un proceso de hasta tres votaciones. Thatcher ganó pero hasta 60 diputados votaron en contra, nulo o se abstuvieron.

El 1º de noviembre de 1990, Geoffrey Howe, un peso pesado dentro del Partido Conservador y Ministro desde 1983 (Thatcher ganó por primera vez en 1979), dimitió de su cargo de Vice Primer Ministro, principalmente a cuenta de la deriva anti europeísta de la Primera Ministra, que el fin de semana anterior, en la Cumbre Europea de Roma, había declarado que Reino Unido jamás entraría en la moneda común. A la vuelta, el 30 de octubre, pronunció el famoso discurso de los “tres noes” en la Cámara de los Comunes en respuesta a la supuesta intención del a la sazón Presidente de la Comisión Europea, Jacques Delors, de que Comisión se convirtiera en el ejecutivo de Europa, el Consejo de Ministros en el Senado y el Parlamento Europeo reemplazara a “los Commons”.

Howe llevaba tiempo reclamando una actitud menos intransigente del Gobierno, también respecto del empecinamiento de Thatcher con el poll tax (una tasa inmobiliaria que recaía también sobre los inquilinos) y un año antes Thatcher le había cesado como Ministro de Exteriores “ascendiéndole” a Vice Primer Ministro y jefe del grupo parlamentario. Presentó su dimisión al día siguiente del discurso de los “tres noes” aunque por haberse quedado literalmente sin voz, no pudo enunciar sus razones públicamente hasta el 13 de noviembre, ya desde los asientos traseros de la Cámara. La víspera, Thatcher, siempre impertérrita, despreció la disensión interna. En el curso de la semana siguiente, Heseltine, Ministro de Medio Ambiente y ex Ministro de Defensa, anunció su desafío parlamentario.

El día 20, Thatcher venció en la primera vuelta pero se quedó a 4 votos (204 frente a 152) de obtener la mayoría suficiente para abortar una segunda votación (mayoría absoluta y más de un 15% de diferencia). El escándalo fue mayúsculo en el partido porque en los días anteriores la inmensa mayoría profesaba lealtad a la dama de hierro que les había llevado y mantenido en el poder, contra viento y marea, durante más de una década. Thatcher se declaró dispuesta a seguir en la contienda pero aceptó consultar a sus ministros uno a uno. Hasta los más leales le aconsejaron retirarse para evitar una humillación aún mayor. La oposición no haría sino aumentar y en cambio, si daba paso a su protegido, John Major, podría conservar su legado.

Abandonó 10 Downing Street entre lágrimas y Major ganó en segunda ronda. Aunque no obtuvo la mayoría suficiente, Heseltine y Douglas Hurd, se retiraron antes de la tercera. El resto es conocido. Contra todo pronóstico, porque los laboristas venían aventajando sostenidamente a los conservadores por más de 20 puntos en las encuestas, con Chris Patten como jefe de campaña, Major consiguió ganarle las elecciones de 1992 a Tony Blair. Aunque Reino Unido entró en el Sistema Monetario Europeo contra los deseos de Thatcher, la traumática salida de la libra esterlina forzada por la especulación masiva de George Soros, permitió mantener a Gran Bretaña al margen de la Unión Monetaria Europea.

Pero ese no es sino un detalle en el inmenso legado de Margaret Thatcher. Tan inmenso como pérfido. Ella, una hija de la clase media-media, ajena a las élites ilustradas y acomodadas dominantes entre los Tories, fue su mejor ariete para empezar a desmontar las bases del Estado de Bienestar. A su lado, Angela Merkel es una social-demócrata incorregible, y David Cameron un imberbe mozalbete sin capacidad comparable de conseguir que el pueblo llano comulgue con las tesis neo-liberales que tanto convienen a los más pudientes.

Thatcher sí fue capaz. Un año después de llegar al Gobierno, tras derrocar a Edward Heath en un desafío similar al que acabó con su carrera política, Ronald Reagan alcanzó la Presidencia de EE.UU. Reagan provenía también de la clase media, un actor de medio pelo, también al servicio de los más poderosos y derrotó a un fracasado Jimmy  Carter, que había sido completamente incapaz de dejar entrever siquiera el crédito ético y político que, sin embargo, ha acumulado desde entonces. Thatcher había derrotado igualmente a Wilson a cuenta del descontrol económico en el que había sumido al país en parte por su sometimiento a los sindicatos. Thatcher les hizo frente y les doblegó, a sangre y fuego, tras una larga huelga minera, y después a los militares fascistoides argentinos, esta vez literalmente.

El peso de EE.UU. era obviamente mucho mayor que el de Reino Unido, pero Thatcher y Reagan formaron un binomio formidable. Protagonistas de la época me han contado algunas anécdotas muy jugosas al respecto. Ella jugó un papel casi tan importante como el de Reagan en la apertura y posterior implosión de la Unión Soviética. En gran parte fue por recomendación de Thatcher que Reagan aceptó dialogar con Gorbachov. Y al mismo tiempo, le ató en corto echándole broncas para que no cediera demasiado, mientras el jocoso texano sonreía al otro lado del teléfono admirativo de los huevos (“my God, this woman has balls!”) que tenía aquella mujer.

¿Se puede admirar a un adversario al tiempo que se lamenta profundamente su trágico impacto en el devenir de la historia occidental reciente? Admirar es quizás demasiado. Respeto a su integridad y a su ética democrática parece más apropiado. Sí, su dogmatismo la llevó a hacer migas hasta con Pinochet, y la guerra sucia contra el IRA, que estuvo a punto de matarla, rebasó los límites aceptables. Pero no se le conoce ningún episodio de enriquecimiento ilícito y siempre fue fiel a sus principios políticos, sin tratar de imponer su moral a sus conciudadanos.

En otras palabras, si se trata de dinamitar el Estado del Bienestar, prefiero que lo haga alguien que respeta plenamente el Estado de Derecho y va de frente, anunciando al electorado de antemano cuáles son sus convicciones y respetando la independencia judicial. ¿Me entienden?

Margaret Thatcher fue una mujer de Estado. Detesté su acción de Gobierno y lamento profundamente su legado pero lo cortés no quita lo valiente.