La supervivencia mariana

Jon Salaberría

Llegando ya como estamos a los momentos terminales del año 2014, los últimos fines de semana deberían ser los del balance y pronóstico, tareas a las que nos aprestamos cuando asoma el Sorteo Extraordinario de Navidad por la esquina. Este año, mire usté (que diría Don José María), estos últimos fines de semana serán especialmente demoscópicos. Las encuestas, a cada cual más distinta y más sorprendente, nos lanzan su mensaje desde los medios… y sus cocinas. Nos alertan, nos inquietan, nos ilusionan o nos motivan moderadamente, según el receptor, sobre la inminencia del cambio, sobre la llegada inevitable de los tiempos de la nueva política y la muerte de ese régimen del 1978.

 Lo cierto es que de estas encuestas, y muy en la línea de lo ocurrido en las pasadas Elecciones al Parlamento Europeo, sólo hay un dato que se puede dar por bien seguro: lo que se denominaba bipartidismo (imperfecto), con animosidad peyorativa, pone rumbo a un mayor y previsible fraccionamiento y diversificación del espectro político que ocupará ayuntamientos, corporaciones, asambleas autonómicas y Cortes Generales en 2015. Un fenómeno que no es nuevo en muchas de esas Comunidades Autónomas, ni tampoco a nivel nacional: recuérdese la composición de las Cortes constituyentes y el mayor peso específico de los grupos parlamentarios de aquel bienio que trajo la Constitución. Nada que ver con la alternancia entre grandes y las mayorías absolutas que hemos conocido desde 1982.

 No es un drama. O no debería serlo: la cultura del consenso es el nervio esencial de la radicalidad democrática. Y sin duda, en este escenario, el recurso inevitable para la gestión de ese escenario es el diálogo. Sentarse, hablar, extender cada quien sobre la mesa el esfuerzo previo de sus reflexiones para confrontar y completar con la del adversario. Como decía Don Nicolás Sánchez-Albornoz, poner uno la mano sobre la mano del otro… una sistemática de trabajo y una actitud que siempre ha rentado óptimos resultados.

 No vamos por ese camino. El enroque de los posicionamientos y el maximalismo de los mensajes no nos llevan precisamente a la antesala del diálogo. Algo realmente dramático: a un futuro político caracterizado por un multipartidismo alternativo le precede una legislatura que va a acabar como comenzó, con un ejercicio abusivo de la mayoría absoluta por parte del Partido Popular que dejará como herencia no sólo el desmontaje por etapas del Estado de Bienestar, sino un ataque frontal a la plenitud del ejercicio de los derechos fundamentales y de las libertades públicas que nos retrocede, casi, a 1976.

 El acortamiento o cierre de los espacios de diálogo se hace especialmente trágico en el ámbito de la izquierda política, que es por donde debe venir la alternativa a cuatro años de marianismo: recuperación de los espacios públicos hurtados por la crisis y sus responsables, fortalecimiento de los pilares resquebrajados del Estado de Bienestar, políticas de estímulo para la economía, políticas para un empleo de calidad, recuperación de derechos sociales e individuales. Las señales no son alentadoras. Y es inevitable hablar, una vez más, de Podemos. La plataforma (ya partido político por imperativo legal) de Pablo Manuel Iglesias Turrión, la principal beneficiaria de los sondeos demoscópicos, ha dejado esta semana claras sus pretensiones y posiciones ante lo halagüeño de los pronósticos. En primera instancia conocimos su actitud ante una eventual convergencia con Izquierda Unida, que en términos orgánicos está pagando (y lo que le queda) un altísimo precio por la irrupción del Clan de Somosaguas en la vida política española: Podemos no irá a una convergencia electoral con la coalición todavía al mando del veterano Cayo Lara, y su comportamiento se parece mucho a una OPA hostil, de esas a las que la ingeniería mercantil de la casta empresarial recurre cuando fallan las técnicas de negociación. Podemos no oculta la intención de quedarse con la casa y con los muebles después de haber atraído al personal (y a los votos). Ironías del destino, la organización naciente puede completar el abrazo del oso que jamás consiguió del todo el Partido Socialista y que éste siempre negó.

 En segunda instancia, el partido de Iglesias dejó clara cuál es su política de alianzas para el día después. Sergio Pascual, secretario de organización de la formación, determina que serán las bases del partido las que decidan sobre posteriores acuerdos que siempre tendrán la premisa fundamental de respetar al cien por cien el programa de Podemos. La experiencia previa determina que en la naciente formación la extrema horizontalidad es más una técnica de marketing que una realidad. Los de arriba (en neolengua de Podemos) imponen una severa verticalidad a las bases. Consta el desacuerdo de muchos círculos de la organización a lo no poder competir con sus propias siglas, que además cotizan al alza. La dirección de la formación determinará muchos de esos eventuales acuerdos. Por si había alguna duda, Pascual afirma que en ningún caso Podemos apoyará la formación de ejecutivos socialistas.

 ¿Posicionamiento puramente preelectoral? También Pedro Sánchez Pérez-Castejón estableció su intención de no pactar ni con el Partido Popular ni con el populismo. Pero lo cierto es que el líder socialista ha ido modulando sus declaraciones sobre este tema, mientras que en el partido de moda el tono es cada día más taxativo. El panorama es el que es: una izquierda / centro-izquierda fraccionado y con una propensión nula al diálogo.

 Unas coordenadas así tienen un beneficiario. Y mire usté por dónde (otra vez), puede ser quien aparece como víctima propiciatoria en los sondeos. Pero quien está acostumbrado a manejar los tiempos y a jugar con los silencios. Al que ha hecho del dontrancredismo un arte de la política. Sí: Mariano Rajoy Brey.

 En sólo un par de días he tenido ocasión de degustar por completo, en pequeñas y cómodas dosis, un inteligente y delicioso librito obra del periodista y profesor de ciencias políticas Antón Losada, “Código mariano” (Roca Editorial, 2014) que disecciona como nadie hubiese sido capaz no sólo la especial, peculiar y atípica personalidad del Presidente del Gobierno, sino la de un estilo propio de hacer política, el marianismo, que le ha permitido triunfar, convertirse en el presidente con mayor respaldo electoral y poder político en la historia de la democracia española… y que amenaza con prolongar su mandato haciendo lo mismo que ha hecho siempre mientras el resto de los mortales, simplemente, le subestimamos por su perfil plano. Por su imagen gris. Por su aparente carencia de reflejos. Pero la verdad es que en un escenario coral como el que les comento y que es el arrojado por la demoscopia, Mariano Rajoy, aparente pagano del desastre electoral del partido que obtuviese en 2011 una mayoría absoluta aplastante, puede ser de nuevo el triunfador. El que acabe sacando la cabeza del agua antes que todos los demás. Como afirma Losada, el tiempo es poder, y el poder, para Mariano Rajoy, es tiempo.

 Si la obra de Losada explica las claves de ese proceder personal sorprendente y desesperante, basado en una eterna espera adobada de cinismo que acaba dándole los resultados apetecidos mientras los demás acaban siendo los cadáveres que pasan ante su puerta, otra doctrina explica bien en términos electorales como una situación endiablada que hace aparecer al líder de los populares como un enfermo terminal puede al final deparar opíparos resultados para el mismo. La doctrina en cuestión está expresada por un no menos denostado personaje clave en la sala de máquinas del Partido Popular y que, sin embargo, sigue en su parapeto haciendo frente a los elementos. Es la Doctrina Arriola: a Mariano Rajoy, en este escenario, no le supone esfuerzo alguno hacer arte de la procastrinación política. Dejará hasta el último momento numerosas designaciones de candidatos. Asistirá impasible a la lucha cainita que se desarrolla en los campos de batalla internos de la izquierda. Contemplará como se deterioran las relaciones entre sujetos en esa área política. Como el liderato en construcción de Pedro Sánchez se ve amenazado por las quejas de barones y pretensiones de baronesa. Como el discurso de los pujantes se radicalizará en algunos momentos, los instantes justos para re-motivar con el miedo bolivariano al porcentaje justo de descontentos populares que necesita. Y en silencio, sin hacer mucho ruido, conseguirá que la labor de zapa en el poder judicial y en los organismos de control lleve a poner sordina al problema de la corrupción rampante que afecta al Partido Popular, o al menos podrá (en la línea de María Dolores de Cospedal) intentar socializarla.

 El resultado deseado sería revertir una situación en la que pasaría de un hundimiento histórico y sin precedentes a un porcentaje arroliano del 30% con visos de superarse. Un porcentaje que, en su traducción en escaños, permitiría un gobierno en minoría frente al sería imposible la conformación de alternativa alguna. La falta de acuerdo de las fuerzas de izquierda en los ayuntamientos en mayo permitirá detentar (en precario, eso sí) numerosas alcaldías. Un poder municipal debilitado pero nada desdeñable para afrontar a fines de año las generales desde una posición política más sólida. La situación no es nueva aunque haya quien pueda tildarla de insólita: en 1995, el desacuerdo de PSOE e IU en capitales de provincia y grandes municipios determinó gobiernos en minoría del PP que, a pesar de su precariedad, constituyeron una práctica plataforma electoral. Pedro Arriola ya estaba entonces en la sala de máquinas. El anguitismo, que hoy vuelve, también presidía el horizonte de la izquierda.

 En definitiva, la supervivencia del proyecto popular, en base a un estilo tan inteligente para sus fines como denostado por la opinión pública, está más cerca de consolidarse de lo que pensamos. Hoy mismo Antón Losada, desde su visión totalmente crítica (pero realista) del personaje, afirmaba al presentar en una entrevista su exégesis del marianismo que Rajoy, desde sus silencios, es el sorprendente favorito para 2015. La única forma de poner coto a esta posibilidad es la construcción de un proyecto político para la mayoría, capaz de llegar a amplias capas de la ciudadanía y que tenga como bandera la recuperación de derechos, individuales y colectivos, para dicha mayoría. Nada mejor en ese sentido que una oferta socialdemócrata sin complejos. En mi opinión, poco optimista, la fuerza política que por experiencia puede construirla y ponerla en marcha no atraviesa su mejor momento, ni interno ni de popularidad. La otra, simplemente, no tiene la socialdemocracia inscrita en su joven ADN, aunque el oportunismo les haga declarar otra cosa.

 Queda poco tiempo. Y como hemos comprobado, el marianismo lo gestiona mejor que nadie.

 Posdata 1: Frente a la ida y venida de afirmaciones y desmentidos, los hechos y la experiencia personal aplicada a su interpretación me dicen que sí, que al secretario general del Partido Socialista le amenazan los idus de marzo, que serán en mayo o junio. Ironías del destino, sólo sus antiguos adversarios en la contienda interna le podrían salvaguardar de los casios y brutos que le siguen los pasos. 

Posdata 2: Convocar una gran manifestación, una gran expresión de fuerza, una adhesión de masas con el propósito, poco disimulado, de presentar credenciales numéricas a favor de una fuerza política no me recuerda a las masivas concentraciones y manifestaciones de las mareas ciudadanas, que tenían objetivos bien definidos en la defensas de sanidad pública educación pública y servicios sociales amenazados. Me recuerda a la Marcha sobre Roma de 1922. Algunos/as deberían bajarse del burro de la prepotencia y cuidar muy mucho sus formas democráticas.