La suerte moral y el juicio histórico, o más sobre la guerra civil y la responsabilidad

 Alberto Penadés  

 

La moral es una cuestión difícil, bien lo saben los filósofos. Que me perdonen éstos si saco de la memoria de mis años de estudiante un problema que me interesa para complicar un poco la cuestión de los juicios históricos, morales y jurídicos.

 

Se trata de la fortuna o suerte moral. La manera en la que la suerte interviene en el juicio moral  puede pensarse de dos modos. De una parte, existen acontecimientos más o menos fortuitos o arbitrarios que pueden determinar el valor moral del carácter de una persona, u orientar sus decisiones de manera que nos haga juzgarlas de uno u otro modo. A veces pensamos cosas como “qué habría hecho yo en caso de haberme encontrado en cierta situación terrible que ahora juzgo moralmente, cuando mi ausencia puede que haya sido arbitraria”. A los filósofos les gusta figurarse ejemplos como el de un nazi destinado a hacer carrera pero que decide emigrar a Sudamérica por motivos personales en 1933 (el ejemplo, creo recordar, es de Thomas Nagel). De otra parte, en un sentido más profundo, los juicios morales sobre actos individuales parece que dependen un poco de juicios, como si dijésemos, morales, sobre la vida de un individuo, su integridad, su lugar en el mundo… Y la conexión entre unos y otros puede ser fortuita, al menos en el sentido de imprevisible. Me explicaré. Según recuerdo, Bernard Williams plantea  lo que podemos llamar el problema de Gauguin: éste abandona su casa, dejando mujer e hijos en la pobreza, y se embarca hacia Tahití; allí se convierte en un maestro de la pintura. ¿Y si hubiera fracasado? Nótese que aquí el problema no es que podría haberse roto un brazo o ahogado en el mar, sino que el proyecto de convertirse en un pintor, de hacer prevalecer el genio, triunfar sobre las limitaciones propias e impuestas, mantener la inspiración, darse a conocer y ser reconocido, es algo cuyo fin estaba indeterminado, sin que por ello deje de ser responsable el autor. Si hubiera fracasado sería un borracho que abandonó a sus hijos, al llegar a ser Gauguin entendemos que había un motivo para hacerlo; nunca habría sido Gauguin sin el viaje a Tahití.

 

Hace dos semanas sugerí una discusión, de la que luego tuve que ausentarme, sobre los distintos niveles de juicio que se suscitan en torno a los crímenes de la guerra civil y el franquismo: históricos, morales y jurídicos.

 

No creo que se trate de juicios totalmente separables, los tres son, de algún modo, morales, pero hay algo específico en el juicio penal y en el histórico. El juicio histórico se parece al juicio “moral” en el que cabe juzgar de forma distinta actos individuales de acuerdo con el proyecto en el que se inscriben.  Como juicio moral es algo muy especial, precisamente porque intenta ir más allá de la acción concreta y sus justificaciones inmediatas, poniéndola en relación con un “proyecto”. Como juicio penal creo que debe servir lo menos posible; en el caso del franquismo sería un prejuicio, puesto que el juicio histórico sobre el franquismo ya está institucionalizado (declaraciones parlamentarias, por ejemplo); pero, además, nos mete en un agujero moral, en el que por cierto siempre nos quieren meter los tiranos que esperan que les juzgue la historia. El juicio penal aspira a ser predecible y a imputar responsabilidades sobre individuos, y mala cosa es que no lo logre. Al hablar de los hechos de guerra en perspectiva histórica, incluso si pensamos en su moralidad, caben unos matices que no caben, o de otro modo, en el juicio penal. Matar a 3000 personas debe tener muy parecido castigo legal, no digo yo que el mismo,  pero parecido, aunque históricamente podamos ver una cosa como el último coletazo de un proceso (digamos, la fase más “revolucionaria” de la guerra civil) y la otra como el anuncio de un proceso que habría de ser largo (el franquismo). Tal vez no sean igualmente condenables en lo moral, depende del plano que se escoja, pues ¿se sabía entonces en qué acabarían?  

 

No quiero dármelas de jurista así que no sé si es posible establecer legalmente un crimen contra la humanidad en la guerra civil y posterior represión, sí creo que hubo crímenes contra la humanidad, sean o no merecedores de un tipo jurídico así, y no creo que los cometiera todos Franco; es mi opinión.

 

No se trata de que “en todas partes hubo buenos y malos” sino de saber a quién se quiere juzgar y por qué. Yo hasta ahora no lo he entendido. ¿Por qué se terminan los crímenes franquistas cuando, supuestamente, se liquida el maquis (en fecha equivocada por Garzón, según algunos)? ¿No sería más lógico haber llegado hasta la ley del “perdón” de 1967? ¿O es que eso nos acerca demasiado en el tiempo y a lo mejor quedaba alguno vivo? ¿Realmente se trataba de perseguir o solo de constatar que todos habían muerto?

 

Aplaudo la decisión de Garzón de impulsar la iniciativa ciudadana de recuperación de restos mal sepultados y de su memoria, y deploro que no se empuje desde el gobierno, pero no he entendido nada de lo que ha hecho o intentado hacer más allá de eso. Si se va en serio a perseguir crímenes contra la humanidad vayamos a ello, pero sin prejuicios. Porque si se trata de condenar a los que ya no están, podemos irnos a la guerra de Cuba.

 

Y si se quiere hacer pedagogía política y juicios históricos, espero que esto ayude a dejar atrás los sectarismos. Creo que a muchos les parece realmente excitante pensar hasta dónde podemos llegar hasta que el PP salte y se retrate. A mí eso me aburre. Me divierte más pensar en cuándo homenajearemos juntos a Batet y a Companys, ambos fusilados por Franco, siendo el primero un honesto militar que, en el nombre de la República  había reprimido, sin sangre, la revuelta del segundo.