La solución para los “sin techo”

Albert Sales

Hace unos cuantos años que investigo y escribo sobre la pobreza y la exclusión social en nuestras ciudades. No hablo demasiado de ello fuera del ámbito académico y profesional pero, en ocasiones, en conversaciones informales, alguien pregunta sobre mi trabajo. Cuando explico sin dar muchos detalles alguno de los proyectos que me han ocupado en los últimos años, nunca faltan las propuestas para “solucionar” el problema de los “sin techo”.

Una vez, una mujer de una entidad social, cuyo compromiso con las personas más empobrecidas de su ciudad es intachable, se enfadaba porque habiendo tantos locales vacíos encontraba indignante que la gente pasara la noche al raso … Proponía que el ayuntamiento alquilara los locales, pusiera colchones y dejara entrar a la gente a dormir dentro, “mejor en un colchón a cubierto que en la calle, ¿no?”. Muchas veces me han dicho que habiendo tantos pisos vacíos, sólo es cuestión de dar pisos a las 1000 personas que duermen en la calle y, ¡hala!, problema solucionado. No falta quien dice que la solución es poner a las personas sin techo a “trabajar” para la administración y darles alojamiento y comida a cambio.

Mega-albergues en las afueras de la ciudad, carpas autogestionadas con literas en el parque del Retiro de Madrid o en la Ciutadella de Barcelona, habilitar polideportivos como se hace en época de máxima afluencia a lo largo del Camino de Santiago…

El catálogo de “soluciones” al sinhogarismo que surgen en una conversación de bar es interminable. Y seguramente de todas las propuestas se pueden rescatar ideas interesantes. Pero los debates que provoca darse de bruces con la miseria al caminar por las calles de la ciudad se rigen por planteamientos propios de una cultura política de consumo. Como si estuviéramos en unos grandes almacenes, ante los problemas sociales que nos incomodan pedimos (o exigimos) un menú de explicaciones y de soluciones más o menos simples que no nos obliguen a cuestionarnos nuestra forma de entender el mundo.

Desde hace tres décadas, las grandes ciudades de todo el mundo han ampliado las camas en centros de acogida para personas sin techo y han ensayado modalidades de intervención social innovadoras. Pero los mercados de trabajo y de la vivienda excluyen de manera sistemática y permanente a una parte de la población de los grandes núcleos urbanos. La economía de las ciudades globales está sometida a los procesos de financiarización que superan la capacidad de actuación de municipios, entidades supramunicipales y estados. En el caso de Barcelona o de Madrid, estar entre las 100 ciudades del mundo más interesantes para los grandes inversores inmobiliarios no se traduce precisamente en buenos augurios por el derecho de la vivienda. La atracción de turistas y profesionales con altos ingresos tensa los precios del alquiler en alza. Mientras tanto, los salarios bajan, los empleos en la industria turística siguen su carrera hacia la precariedad absoluta, y el paro de larga duración no tiene solución.

Asimismo, la destrucción del hábitat de millones de personas en todo el mundo genera unos flujos de migratorios imparables hacia las ciudades globales. Con movimientos de personas que no entienden de fronteras, las políticas migratorias de los estados generan situaciones de exclusión administrativa que condenan a la pobreza a una parte cada vez más importante de las personas que habitan estas ciudades.

Las barreras en el acceso a la vivienda, el paro y las graves deficiencias del sistema de garantía de rentas, y la exclusión administrativa de las personas migrantes, comportan un goteo constante de personas en situaciones de sin hogar y de sin techo .

Contra el sinhogarismo, la pobreza y otras formas de miseria urbana, no existen soluciones, existen luchas. No hay innovación social posible que nos permita asegurar que seremos capaces de limpiar las calles de pobreza, porque lo que vemos en las calles no es el resultado de trayectorias vitales descarriadas que se pueden enderezar. Las personas que duermen en las calles son la parte más extrema y más visible de una marginalidad generada por dinámicas que sobrepasan la ciudad y el estado y que se agravan con la consolidación del proyecto político neoliberal.

Esto no significa que no exista un enorme margen de mejora en la forma en como las ciudades se enfrentan al sinhogarismo. Son muchas las personas comprometidas en la lucha contra sus causas estructurales, en la mejora de las políticas de prevención que tienen como objetivo evitar que la pobreza sobrevenida se convierta en exclusión social severa, y en la atención a quien lo ha perdido todo. Son muchas las personas profesionales y voluntarias, de entidades públicas y privadas, que exploran formas de enfrentarse al sinhogarismo más efectivas, más humanas y que respeten al máximo la autonomía de las personas golpeadas por la pobreza.

Y son muchas las actuaciones que se pueden impulsar para luchar contra el sinhogarismo desde la ciudad y para la ciudad: impulsar mecanismos que garanticen los derechos civiles y políticos de las personas que viven en la calle, garantizar el acceso al agua ya los servicios de higiene, transitar de un modelo de institucionalización en albergues la provisión de alojamientos y viviendas que permitan a las personas mantener la autonomía y la capacidad de decisión sobre su vida, mejorar la colaboración entre los servicios de atención a personas sin hogar y los servicios sociales básicos, articular mecanismos de realojamiento rápido para quien pierde la vivienda, evitar que las salidas de prisiones y hospitales se conviertan en una causa de sinhogarismo garantizando acompañamiento social en los procesos de desinstitucionalización, explicar a la ciudadanía que las personas sin hogar no tienen características propias que las hagan diferentes ni son individuos incapaces para gestionar su propia vida…

Pero esta lista de mejoras y muchas otras que aquí no se recogen deben enmarcarse en la lucha contra la financiarización de la vivienda y del espacio urbano, contra los procesos de gentrificación, contra la privatización de la vida y de las relaciones humanas … Luchas que, por definición, generan conflicto y ponen en cuestión el sometimiento de las ciudades a los intereses privados.

Ante los eslóganes de la política de twitts y titulares y frente a la retórica de la innovación social gestada en las escuelas de negocios, sigo reivindicando espacios para debatir a partir del reconocimiento de la complejidad y del conflicto.