La sobredosis fue nuestra

Aitor Riveiro

Exclusiva de ultimísima hora: todo aquel que conociera indirecta o directamente a Michael Jackson está ideando, cuando no directamente poniendo en marcha, un plan para, en el peor de los casos, pagarse la vacaciones de verano. Muchos lo conseguirá y los habrá que añadan varios ceros a su cuenta corriente gracia a la muerte de uno de los fenómenos musicales más importantes de finales del siglo XX.

La muerte del músico nacido en Indiana un verano de 1954 cogió por sorpresa a todos los medios de comunicación del mundo que, pocos minutos después de saltar la noticia, ya tenían preparados obituarios, crónicas, críticas y demás paja para rellenar minutos y minutos de radio y televisión,   hojas y hojas de periódicos o pixeles a gogó de pantallas de ordenadores. Es lo que tiene escribir con frases tópicas: es sencillo.

Vaya por delante que no me gustaba Michale Jackson. Su persona me resultaba bastante indiferente, como suele ocurrirme con el 99% de los famosos: de una persona me son indiferentes sus gustos sexuales y sus preferencia psicotrópicas siempre que no se vistan con el traje de la hipocresía y participen un conciertos o partidos contra las drogas. De la misma forma su música pasó por mi vida como la de otros cientos de artistas, sin ninguna pena ni gloria: quizá me pilló muy pequeño para engancharme al principio y muy mayor cuando ya sólo vivía de los recopilatorios, pero la verdad es que no conozco a ningún español de mi edad que tuviera entre sus preferencias ‘Thriller’.

Sin embargo, no soy un ‘obispo de doctrina irrefutable’ de esos que según parece pululan por DC, así que reconozco sin ambajes el valor de la música de Michael Jackson: fue, objetivamente, un punto de inflexión en el negocio discográfico, sea esto bueno o malo. No obstante, como suele ser costumbre (no sé si me estaré convirtiendo yo también en un cicutilla), todo lo que ha rodeado al fallecimiento de Jackson me parece que sólo se puede calificar de sobredosis.

El viernes a las 15.00, las mismas horas que habían pasado desde el luctuoso suceso, los dos medios digitales de referencia en España, El País y El Mundo, dedicaban el 100% del primer pantallazo de su portada a la noticia. Eso es mucho más, por ejemplo, de lo que se dedicó a la victoria de Obama en las últimas elecciones en EE UU.

En realidad, tiene su sentido el despliegue: el tío que más copias de un ‘single’ ha vendido en la historia sólo muere una vez y elecciones al imperio hay cada cuatro años sí o sí. Evidentemente influye que la edad media de las personas que trabajan en los medios tienen una edad para la que Jackson si pudo ser el primero de algo, para los que su muerte puede ser la primera de algo.

Por último, cualquier excusa es buena para evadirnos de la maldita crisis y los datos lo demuestran: el tráfico generado en las ‘web’ informativas el pasado viernes está situado, sin duda, en el ‘top five’.

Lo del fin de semana también puede ser comprensible: es difícil rellenar el espacio, ya sea físico, temporal o digital, que te han encomendado con la incomprensible ausencia de los políticos de turno, sin cuyas inteligentísimas declaraciones no podríamos hacer un informativo decente.

Pero lo que no tiene perdón es lo del pasado lunes, y siguientes. No voy a personalizar en ningún medio concreto porque ninguno se salva de la quema. Todos han dedicado espacio a rumores infundados, cotilleos varios, datos intrascendentes y declaraciones insípidas; un espacio que, en otros momentos, no se puede destinar a noticias tan poco importantes como que, desde que la OTAN no hace maniobras cerca de las Islas Canarias han dejado de morir decenas de cetáceos varados en la costa.

Sin embargo sí son asuntos de portada hechos como que la niñera de Jackson es la madre de sus hijos merced a una inseminación artificial de vaya usted a saber quién. Pos fale, pos mu bien, pos me alegro.

Siempre que ocurre un acontecimiento similar se produce un curioso fenómeno que se retroalimenta y provoca la orgía de desinformación en la que estamos inmersos. La noticia tiene un impacto brutal: se ha muerto un famoso… que además fue acusado de violar niños y que pagó auténticas millonadas por no ir a juicio… que protagonizó mil y una operaciones estéticas… que se casó con la hija de Elvis… que compró y malvendió los derechos de las canciones de los Beatles… etcétera.

El lector/oyente/espectador acude raudo a por una información que nadie puede darle ya que aún no existe, por lo que las redacciones optan por saturar al receptor de datos supérfluos y de sobra conocidos cuando no directamente falsos. Como la información es mala, caduca pronto y el  lector/oyente/espectador se aburre y la busca en otros sitios, lo que obliga a los medios a aportar nuevos datos supérfluos y de sobra conocidos cuando no directamente falsos. Esto hace crecer las audiencias, así que hay que mantener el ritmo para que la competencia no se lleve a los  lectores/oyentes/espectadores, tensando hasta límites insospechados los ya muy amarillos titulares gancho.

La rueda gira y gira y vuelve a girar sin saber muy bien cuál es el pecado original: ¿se ofrece sobredosis de información porque la gente lo demanda o la gente consume esa información por la saturación que percibe?

¿De quién es la culpa? Del profesional, evidentemente. De aquel cuyo trabajo consiste en diseccionar la realidad para ofrecer a su cliente una información importante, interesante y entretenida, por ese riguroso orden. El lector/oyente/espectador es libre de ver, oír y leer aquello que desee y no se le puede culpar por elegir, en un momento determinado, una opción que puede no gustarnos, pero el periodista no puede caer en la trampa de ofrecer basura sólo porque crea que es lo que la gente quiere.

De la misma forma que el alto consumo de telebasura no justifica que las televisiones se echen en brazos de esa misma basura para salvar sus audiencias ni que sus prácticas invadan programas pretendidamente serios que, al final, se convierten en el ‘salsa rosa’ de la información, el hecho de que, en un momento puntual, los lectores/oyentes/espectadores demanden información basura no sirve de pistoletazo de salida para el ‘todo vale’.

La responsabilidad está en el campo del informador, que debe hacer su trabajo y nada más que su trabajo. El eslabón débil es el cliente, que hace lo que le viene en gana.