La sobreactuación

Ignacio Sánchez-Cuenca 

Las posiciones en el bloque de los demócratas en torno a ETA se han polarizado completamente. Hay dos bandos enfrentados. Unos creen que ETA está al borde de la victoria, como consecuencia de la debilidad y el relativismo de la izquierda (Permafrost habló de esto el martes pasado). Otros, en cambio, piensan que sucede todo lo contrario, que ETA está en las últimas y que, por lo tanto, se dan las condiciones para iniciar un final pactado del terrorismo. Resulta extraño que esta polarización se haya producido justo cuando ETA se muestra más débil que nunca. ETA se plantea su final y por eso apenas si ha practicado el asesinato en estos últimos cuatro años. Estamos viviendo, con gran diferencia, la legislatura con menos muertos de la historia de la democracia. Además, Batasuna ha mostrado su disposición a integrarse en las instituciones y a abandonar su programa máximo. De ahí que resulte tan artificioso ese clima de alarmismo e histeria que no sólo crea el PP, sino también un nutrido grupo de intelectuales, escritores y analistas que insisten en que nos encontramos en una encrucijada dramática en la que se juega la supervivencia de España y su régimen democrático. Como si ahora, con una ETA que está en proceso de interiorización de su derrota, los terroristas fueran a conseguir sus fines.

Hay una sobreactuación desconcertante por parte de muchos que se ponen hoy en primera línea de combate, pero que estuvieron callados o escondidos cuando ETA asesinaba sin pausa. Se presentan como nobles cruzados que lo dan todo para acabar con el terrorismo y que denuncian con dureza a quienes no les siguen. Compiten entre ellos por ver quién llega más lejos en su indignación. Si alguno flaquea, o duda, o muestra alguna reserva, se le deja de inmediato en la estacada.

Los que tienen la desgracia de vivir en Madrid pueden ver cómo todos los martes, en la televisión autonómica, un personaje que no se sabe si destaca más por su sectarismo o por su falta de inteligencia, Ernesto Saénz de Buruaga, dirige un programa de tema único: el terrorismo y las víctimas. Allí va a pavonearse y a vociferar lo peor de la derecha española y de los golfos que han medrado a costa del terrorismo. Si se busca un ejemplo paradigmático de la sobreactuación a la que me refiero, nada mejor que ese programa televisivo.

En el caso de las víctimas del terrorismo, se ha llegado a la histeria. Vemos gente que aparenta estar ahora destrozada por el asesinato de doce miembros de las fuerzas de seguridad en la plaza de la República Dominicana de Madrid… el 14 de julio de 1986. O por la desgraciada muerte de un ciudadano norteamericano en la plaza de la República Argentina de Madrid… el 9 de septiembre de 1985 cuando hizo explosión un coche bomba destinado a las fuerzas de seguridad (hace unos días unos ultras tiñeron  de rojo el agua de la fuente de esa plaza para recordar aquel atentado). Sorprende que esas muestras de rechazo e indignación hayan tardado más de veinte años en llegar. Francamente, suena todo demasiado falso. Y si no, que se lo expliquen a José María Calleja, el primero que se puso de parte de las víctimas, que estuvo con ellas en los momentos de verdadera dureza, y al que hoy estos nuevos cruzados tratan con el mayor desprecio.

Hay gente que en este tema ha perdido definitivamente el rumbo. Son los que cuanto más débil está ETA, más endurecen el discurso sobre el terrorismo. Rosa Díez ha pasado de ser consejera de un gobierno de coalición entre nacionalistas y socialistas que se querellaba contra quien cuestionaba el discurso de una Euskadi idílica en medio de asesinatos de ETA, a ser la más radical en la denuncia de imaginarias connivencias con el terrorismo. Frente a la inmoralidad y el pragmatismo de sus compañeros de partido, ella defiende la pureza de los valores morales de la lucha contra ETA. O Fernando Savater, que tras el atentado de la T4 reclamó medidas políticas de emergencia como la suspensión de la autonomía vasca, y que recientemente ha insinuado la necesidad de medidas todavía más expeditivas si el Gobierno permitiera que Batasuna se presentase a las elecciones municipales de mayo.

Hay un discurso recalentado entre muchos intelectuales y periodistas que justifica el insulto al discrepante y la división del mundo en dos grupos, el de la gente decente, con principios, con convicciones rocosas, y el de los traidores, débiles mentales, pragmáticos, progres, criptocomunistas, que no entienden lo más básico de la lucha contra el terrorismo.

La sintonía del discurso de toda esa gente con el Partido Popular es evidente. Lo gracioso es que a muchos de ellos les escuece esa coincidencia, quizá porque quieran mantener ciertos espejismos sobre su trayectoria vital. Se defienden airados aduciendo su derecho a pensar lo que les dé la real gana, al margen de posiciones tradicionales y trasnochadas de izquierda y derecha. Se quejan del simplismo maniqueo de sus antiguos compañeros de izquierda. Pero por mucho que agiten los brazos, el hecho es que coinciden con la derecha y que la derecha utiliza con profusión y alegría descarada sus argumentos. Casi todas las ocurrencias de Savater sobre terrorismo pasan rápidamente al discurso del PP y de la AVT: que si hablar de “proceso de paz� es una barbaridad, que si el problema no es la paz, sino la libertad, que si la paz es la constitución, que si la mesa de partidos es una traición a la democracia, etc., etc.

¿Por qué tanta sobreactuación? Por un lado, los crímenes de ETA han servido para que mucha gente haga la transición hacia posiciones conservadoras y reaccionarias sin mala conciencia, con el prestigio que otorga el plante airado y grandilocuente contra el terrorismo. Pero, además, el terrorismo ha servido también para que la derecha encuentre un terreno en el que defender sus posiciones sin complejos, sacando pecho. La derecha, en España o en Estados Unidos, se siente cómoda hablando de terrorismo. Y a cuenta del terrorismo, muchos intelectuales han descubierto que se sienten más cómodos en posiciones conservadoras.

A mí me parece estupendo que la gente evolucione ideológicamente, o que el PP supere sus traumas franquistas defendiendo a la democracia y al Estado de derecho frente a ETA. Pero toda la sobreactuación que hay detrás resulta más bien ridícula, sobre todo ahora que ETA ha entrado en su última hora.