La simplificación

 Jon Salaberría

El comienzo del curso político, en fechas septembrinas, debería venir cargado de novedades suculentas. Así suele ocurrir cada ejercicio, y más todavía en este sorprendente 2014 político. Justamente hoy Pedro Sánchez Pérez-Castejón tomaba la alternativa en el Congreso de los Diputados al frente del Grupo Parlamentario Socialista; un Grupo en el que Pérez-Rubalcaba y Eduardo Madina son ya historia, mientras el malagueño Miguel Ángel Heredia adopta el rol de sucesor del vasco como secretario general y consigue el rédito de su labor orgánica de años, en el sitio y momento justos. Es el punto y aparte del proceso político interno de los socialistas españoles, pendiente todavía de los procesos de elección de candidatos a través de primarias de cara al Grand Prix electoral de 2015 y de la reinvención del proyecto socialdemócrata dentro y fuera de nuestras fronteras.

El curso comienza también con la enésima crisis dentro de una de las hasta ahora formaciones políticas emergentes, la UPyD de la simpar Rosa Díez, motivada por las acusaciones que le persiguen desde su fundación: el autoritarismo y el funcionamiento implacable de los rígidos mecanismos del aparato, el personalismo de la lideresa y la posición refractaria de la dirección a acuerdo con formaciones afines (la renacida Ciudadanos, fundamentalmente). Como en el caso de Mikel Buesa, un peso pesado de la formación, Paco Sosa Wagner es el nuevo pagano de la falta de confianza de la Madre Fundadora.  

En el entorno popular, la pretendida reforma electoral a medida y sus justificaciones centra la atención de los esfuerzos políticos de la fuerza política que rige los destinos del país, y todo con una intención marcada por el descaro: la de evitar que la más que probable caída en intención de voto de la formación de Mariano Rajoy sea la antesala de una pérdida catastrófica de poder local gracias a pactos postelectorales. Estratagema poco inteligente que puede calentar la calle (o al menos debería) y que supondrá la enésima ruptura de consensos básicos heredados de los tiempos germinales de la desprestigiada Transición. Los nuevos esfuerzos pro austeridad que se nos han deslizado tras la visita jacobea de Angela Merkel centran también la atención política del inminente otoño y deben poner en guardia a formaciones políticas y a colectivos y agentes sociales frente a sacrificios adicionales difíciles de asumir por una población literalmente machacada a todos los niveles.

 Ni que decir tiene: el sempiterno problema catalán afronta la fase decisiva del proceso soberanista hacia la consulta del 9 de noviembre. Nuevas circunstancias han confluido en el endiablado debate durante este verano peculiar: el escándalo Pujol; las presuntas conversaciones al más alto nivel entre los Gobiernos de Catalunya y España, no desmentidas; los esfuerzos de las iniciativas de tercera vía (de corte federalista) y sus dificultades ante el proceso de disolución práctica del PSC, su principal impulsor; el maximalismo frentista impulsado desde posiciones españolistas, por un lado, y desde la principal beneficiaria del marasmo provocado por Artur Mas, ERC, capaz de llamar incluso a la desobediencia civil… Un panorama digno de concitar todas las atenciones y todas las preocupaciones.

 Y sin embargo, en un panorama mediático en el que los grandes grupos de comunicación con presencia televisiva, Atresmedia y Mediaset España, marcan el paso de la atención pública, todo sigue nucleado, políticamente, en torno a la aparición de un nuevo sujeto político que rompió expectativas en las pasadas Elecciones al Parlamento Europeo de mayo, Podemos, cuya presencia mediática se ha multiplicado mediáticamente desde la cita con las urnas y que supera, en proporción, a la que cualquier fuerza política con presencia parlamentaria similar. En 1987, el Centro Democrático y Social encabezado por Eduard Punset  obtenía 7 eurodiputados, y nadie recuerda una multiplicación de la presencia mediática de los dirigentes centristas a la medida de los dirigentes de la formación de nuevo cuño encabezada por Pablo Iglesias Turrión. Tampoco, evidentemente, las circunstancias del panorama de los media es la misma, ni el partido del malogrado Presidente Adolfo Suárez multiplicó sus expectativas de convertirse en formación de gobierno tras aquel momentáneo éxito. Hoy, la omnipresencia del líder de la formación y de algunos de sus lugartenientes, especialmente el polémico Juan Carlos Monedero, en los programas de tertulia de nuevo y polémico formato, acompañada de las opíparas previsiones demoscópicas, ponen a la atípica formación en el centro de todas las miradas. Cadena Ser para Andalucía colocaba a los podemitas en el tercer lugar de las preferencias electorales en el feudo de la virreina y referente socialista Susana Díaz. Sigma Dos para El Mundo les coloca a escasa distancia de socialistas y coaligados de IU.

 Pero si en algo han triunfado los seguidores del peculiar profesor y showman por encima de la presencia mediática y de las posibilidades electorales, en tiempo récord y en pleno periodo de conformación de lo que quieren realmente ser (a nivel orgánico y a nivel programático), ha sido en el establecimiento, dentro del lenguaje y del debate político, de un paradigma dominante: no es otro que el de la simplificación.   

 A partir del fenómeno social peculiar que supuso, en las vísperas electorales de 2011 (autonómicas y locales), la aparición del denominado espíritu de los indignados, el célebre 15-M, la crítica hacia aquellos gravitaba en torno a la falta de articulación política de las reivindicaciones y de los diagnósticos de aquellos heterogéneos y casi anárquicos grupos de protesta. Formaciones pretendidamente regeneracionistas como la citada UPyD o Izquierda Unida (desde su vocación de movimiento social superador del esquema tradicional de partidos) trataron de hacerse entonces, con escasa fortuna, con la bandera de la indignación que llenaba plazas y calles de forma espontánea. El hasta la fecha considerado gran partido del centro-izquierda español, el Partido Socialista, atento al fenómeno, tuvo peor suerte aún, y la curva descendente desde aquel fatídico año prueba el aserto. Los resultados apabullantes del Partido Popular son la definitiva consagración de la esterilidad política de los esfuerzos. Podemos, sin duda, y esa es mi percepción, puede haber dado con la tecla de la definitiva construcción política de una alternativa sobre el espíritu de la indignación. De una indignación justificada por el dolor social que puede haber encontrado vía de escape por un camino político alternativo al de la simple exposición pública o al más peligroso de la incontenible explosión social. Iñigo Errejón, responsable de campaña de Podemos, afirmaba recientemente, tras defenderse del enésimo ataque por parte de dirigentes populares (los más significados en la bronca con el nuevo sujeto y paradójicamente los más beneficiados por el fraccionamiento del bloque progresista que supone), que no comprendía cómo se atacaba al espíritu de la indignación ciudadana cuando hace política cuando hasta hace días se le reprochaba que no lo hiciera.

 Esta faz positiva del nuevo movimiento tiene su reverso negativo. La simplificación, consistente en el uso y abuso en el debate político de categorías generales y conceptos de concreción mínima que sirven, tanto en la ofensiva como en la defensiva, para agrupar indiscriminadamente al adversario (o enemigo en las más belicosas admoniciones), y para tratar de dar explicaciones muy breves y concisas, en los formatos de moda (la tertulia Deluxe), a problemas que son mucho más complejos. La simplificación sirve también en el debate interno de construcción del sujeto político, huyendo de adscripciones ideológicas y de construcciones conceptuales complejas cuando lo que prima es la estrategia. En este caso y en este momento de expansión, la tradicional de un catch-all-party, llamado a sumar votos, integrantes, apoyos y sustento sin hacer ascos a las procedencias.

 El uso de conceptos amplios y muy poco concretos, como el de casta, usado con profusión y cierta fortuna para explicar la identidad de los causantes de la terrible crisis socioeconómica, pero flexible para incorporar dentro del mismo a cualquier adversario por encima de circunstancias particulares, y con larga tradición en el discurso de la extrema derecha europea, así como la despectiva alusión al régimen cuando se alude a las indudables deficiencias del edificio constitucional, pero con su carga de deslegitimación, son prácticas que no están exentas de riesgos. Toño Abad señala estos riesgos de un modo certero,  pues “no hay ideas en el discurso de Podemos más allá de una crítica a la casta (que lo es todo) y al régimen (del que ellos sorprendentemente no forman ni han formado parte aunque sus dirigentes provengan directamente de él, de la asesoría y consultoría de partidos). No hay programa, ni discurso político. Hay antipolítica desde la política. Y tienen tribunas para lograr difundir su discurso. Se las ceden gratuitamente quienes quieren que la izquierda siga dividida para seguir gobernando para ellos”.

 Ya hablamos en su momento de lo que supone la frivolización, por razones de share televisivo, de los espacios de debate. La simplificación es la mayor de las muletas para ese espectáculo. Un mayor esfuerzo didáctico por parte de todos los implicados en el juego político es el único antídoto a la tentación antipolítica que se puede derivar de esta estrategia. Desde su peculiar naturaleza, puede servir a Podemos para, desde su creciente posición, coadyuvar a la construcción de alternativas creíbles. A todos los agentes políticos, para lo mismo y para la profundización y mejora de nuestro proceso democrático. Desde luego, denunciar su deslegitimación gratuita y los excesos del populismo siempre fue una obligación cívica. Y lo seguirá siendo.