La reforma laboral del siglo XXI

Sicilia

Una tradición que se observa en diferentes culturas, principal aunque no exclusivamente en las mediterráneas, consiste en festejar la llegada del buen tiempo con la quema colectiva y en la calle, de enseres inservibles, ropa vieja y otras cosas de las que nos queramos deshacer. No es poco habitual que estas tradiciones, en su origen principalmente útiles, hayan derivado con el paso de los años en actos de cortes más festivos, muy aptos para el “bebercio” y el devaneo. 

Parece ser que contagiados de la útil tradición de quemar los trastos viejos en primavera, un grupo de expertos en economía patrios, dicho sea de paso y para variar, con el calificativo de “experto suficientemente acreditado”, se han decidido a presentar un manifiesto en el que reúnen sus ideas para una reforma laboral.

 Al acabar de leerlo, cosa que puede hacer del primero al último de los ciudadanos, porque está escrito en un lenguaje perfectamente compresible y exento de tecnicismos, se queda uno con la sensación de que muchas veces el tono de voz mesurado y el discurso convincente sirven por sí mismos para acabar con el griterío y la repetición de tópicos, reproducidos con la previsibilidad de una letanía, que estamos acostumbrados a oír cuando hablamos del mercado laboral español.

Por fin una reforma que no pone por delante el despido libre, ni la desregulación a mansalva, ni la abolición de los sindicatos, ni básicamente dice que la culpa de todo la tienen la existencia de ese peligroso vicio de querer trabajar en condiciones, y al mismo tiempo no culpabiliza a colectivo alguno, ni suelta lemas caducos. La sensación es cómo pasar de vestir de arpillera a seda, una inequívoca y abrumadora sensación de mejora.

Las ideas principales de esta reforma son las siguientes:

  1. Acabar con los contratos temporales, dejando solo el de interinidad. Todos los contratos tendrían una indemnización por despido creciente con el tiempo, que acabase por debajo del máximo actual de 45 días por año trabajado. Así se acaba con la temporalidad y se atiende a la tradicional reclamación sobre lo elevado de los costes de despido.
  2. Acortar –salvo en el actual periodo de crisis- la duración de la prestación por desempleo, elevando en cambio su volumen inicial. Al mismo tiempo, hacer que la cotización por esta prestación sea nominal por cada trabajador y asimilable a su fondo de pensiones. Novedoso, las empresas que menos prejubilen y menos despidan tendrían bonificaciones. Así mejoraríamos en incentivos al trabajo y a la duración de la vida laboral.
  3. Permitir que, en la negociación colectiva, un acuerdo a nivel de empresa pueda prevalecer sobre el convenio provincial o regional, posibilitando así que se alcancen soluciones más realistas empresa a empresa.
  4. En el ámbito de las políticas activas de empleo, permitir la entrada de agencias de colocación privadas asociadas al sistema público e introducir dentro de éste, conceptos como la evaluación del impacto de las medidas aplicadas, redirigiendo los recursos a las más eficaces.

La medida de su éxito es que la caverna mediática, una vez olisqueado el contenido y viendo que con esto no se podía ni abrir cabezas ni mandar a nadie a la hoguera, ha perdido completamente el interés, y solo lo menciona de costadillo y a toda prisa, no sea que se haga demasiado famosa.

No obstante, una cosa es predicar y otra dar trigo. Las propuestas desarrolladas en el manifiesto son inteligentes, refrescantes y están rigurosamente construidas, pero llevarlas a la práctica no es tan sencillo como ponerse de acuerdo sobre ellas. Practicando un poco ese hábito tan poco saludable de “tirar al pichón” saboteando cualquier idea interesante que se salga del rebaño, el proceso de llevar a la práctica esta reforma podría ser tan complejo que resultase imposible.

Primero, porque aún habiendo alcanzado un hipotético acuerdo entre patronal, sindicatos y gobierno sobre que, efectivamente los problemas del mercado laboral español son los que el manifiesto dice que son, y se solucionan como el manifiesto dice que se solucionan – supuesto bastante osado en un tema tan sensible como este y en un momento tan delicado- deberíamos entonces entrar en el tema de los detalles

Segundo, una reforma así está llena de porcentajes a explicitar, periodos máximos y mínimos a acotar, supuestos y salvedades que hacer. Habiendo salvado el primer escollo del acuerdo general sobre la música, a la hora de descender a la letra, los intereses contrapuestos en la negociación tienen demasiados recodos y meandros para que la materialización de los acuerdos fuese rápida.

Tercero, hay una disyuntiva interesante cuando se abordan reformas tan profundas, que se deriva de la existencia de gente a la que pillamos “en medio”. Si los regímenes nuevos se aplican solo a los nuevos entrantes, el aplicar la reforma no tiene coste alguno, pero puede ser eterno el que la nueva regulación sea realmente efectiva al ser aplicada a un número comparablemente muy pequeño de trabajadores.

Si optamos por aplicarla a todo el mundo a la vez, para que ejerza su máximo efecto rápidamente, hay que diseñar un sistema que simule el efecto de la nueva regulación en trabajadores que llevan toda su vida laboral con la otra. Si esto supone pérdida de derechos para los trabajadores “antiguos”, la reforma puede, legalmente, incluso no serles aplicable, pero aún en el caso de que no fuese así, puede hacerse necesario compensar diferencias de alguna manera. ¿Con cargo a quien o a qué caja? ¿Es asumible este coste? En esta vida nada sale gratis total.

Cuarto, la pereza, la fuerza más irresistible de la naturaleza, combinada con la preferencia por rendimientos presentes a hipotéticas ganancias futuras, dibuja un escenario que juega a la contra de las reformas largas y costosas de implantar. Basta con que el ciclo económico cambie en medio, para que desaparezca la presión para completarlas hasta el extremo. Más aún, si introducimos la mezquindad humana en la ecuación, si algo así tardase en dar resultados, o tardase mas de lo esperado, sería muy tentador hacerlo descarrilar tildándolo de idea brillante o proceso ineficaz.

Con todo, con sus posibles inexactitudes, o con sus dificultades de desarrollar, bienvenida sea esta nueva manera de hablar desde el rigor. Los expertos de verdad, o al menos una parte bastante significativa de ellos, han hablado y lo que ha salido de sus bocas ha quemado los trastos viejos. Adiós al esparto, bienvenidas sean las complejas mezclas de tejido, adiós a las zuecos y vivan las zapatillas deportivas. Parece razonable pensar que muchos de los elementos aquí expuestos deberían definir el escenario en el cual se desarrolle la regulación laboral española del siglo XXI, ojalá tengan éxito, y nosotros que lo veamos.