La que se nos viene encima

Mimo Titos

Terminada la campaña  electoral ya es posible abordar la gravedad de las turbulencias financieras internacionales y sus indudables consecuencias negativas para España sin miedo a que el PP le eche la culpa de todo a Zapatero. Ayer la Reserva Federal norteamericana bajó los tipos de interés un 0.75% adicional, hasta el 2.25% desde el 5.25% del pasado septiembre, añadiendo que está dispuesta a bajarlos todavía más pese al repunte de la inflación. El domingo, la FED rescató de la quiebra a Bear Sterns, el quinto mayor banco de inversiones de EEUU. Todaví­a más significativo fue que el lunes, ante la marea de rumores sobre la inminente quiebra de Lehman Brothers, otro gran banco de inversiones, la FED se viera forzada a romper con 94 años de disciplina y empezara a facilitar liquidez a los bancos de inversiones además de a los bancos comerciales. En respuesta a todas estas medidas, el Dow Jones subió ayer 420 puntos, su subida más grande en 5 años y la cuarta más grande de su historia. Y sin embargo, la amenaza de una crisis financiera global es cada vez más concreta. Hasta la fecha los principales bancos mundiales se han visto forzados a contabilizar casi 200.000 millones de dólares en pérdidas por préstamos basura e inversiones dudosas en instrumentos financieros complejos. Merrill Lynch (24.500 millones), Citigroup (22.400), UBS (18.100), HSBC (12.400) y Morgan Stanley (9.400) son los más afectados. Pero según S&P, quedarían por aflorar unos 100.000 millones adicionales que para Deutsche Bank se elevarí­an a 200.000, en cuyo caso estarí­amos apenas a mitad de camino.

Serí­a un grave error no sentirse concernido por las pérdidas millonarias de los multimillonarios especuladores en bolsa. Como dijo el lunes el director gerente del Fondo Monetario Internacional, Dominique Strauss-Khan, la crisis de los mercados financieros que empezó en EEUU es ahora más seria y más global que hace algunas semanas. Los riesgos de contagio son muy altos”. Al final, acabaremos pagando todos por mucho que sea difí­cil encontrar un caso más claro de negligencia, si no de estafa global. 

El estallido de la burbuja tecnológica en marzo de 2000 y el 11-S llevaron a la FED a sostener la economí­a bajando los tipos de interés desde el 6.5% hasta el 1% en dos años. La baja inflación mundial propiciada por la globalización (abaratamiento de precios provocado por la deslocalización de la producción a paí­ses de mano de obra más barata) permitía mantener los tipos de interés muy bajos. La posibilidad de contratar hipotecas baratas dopó el mercado inmobiliario: el precio de la vivienda se disparó, en USA pero también en Reino Unido, Irlanda o España.

Los bancos vieron reducido su margen de beneficio: la diferencia entre el tipo al que remuneran los depósitos (en general bajo) y el tipo al que prestan (ahora inusualmente bajo). Los bancos norteamericanos reaccionaron intensificando el número de operaciones: 1.000 operaciones x un margen bajo es 10 veces más que 100 operaciones x el mismo margen bajo. Para ello, tuvieron que flexibilizar los criterios de préstamo. Así­, empezaron a conceder hipotecas a los Ninjas (no income, no job, no assets: sin ingresos, sin empleo, sin propiedades), dándoles incluso más del 100% del valor del inmueble: no es de extrañar que tales hipotecas fueran calificadas como sub prime o basura. A continuación, traspasaban dichas hipotecas a unas nuevas entidades (SIVs) creadas con su marca comercial pero orgánicamente independientes, lo que les permití­a excluir el riesgo de sus balances y poder seguir concediendo más hipotecas sin violar sus límites de riesgo. A su vez, las nuevas entidades convirtieron las hipotecas basura en instrumentos financieros complejos (CDOs) que escondían su alto riesgo y se las traspasaron a fondos de inversiones y de pensiones internacionales atraí­dos por la confianza que proporcionaba la marca comercial que supuestamente respaldaba a dichas entidades.

Mientras las casas siguieron subiendo de precio no hubo problema: hasta los Ninjas podían devolver las cuotas mensuales (en algunos casos el capital quedaba indefinidamente postergado) y si tenían alguna dificultad sólo tení­an que refinanciar la hipoteca de acuerdo con el valor más alto de la misma casa. Según confesaba el luego despedido Presidente de Citygroup la primavera pasada, todos jugaban al juego de las sillas musicales aún a sabiendas de que cuando la música cesara no habrí­a sillas para todos.

En efecto, los efectos deflacionistas de la globalización empezaron a agotarse. Las potencias emergentes empezaron a pujar por las materias primas, petróleo incluido, y los tipos de interés empezaron a subir. Las consiguientes subidas de la morosidad hipotecaria fueron suficientes para encender las alarmas. Según se apagaba la música, los jugadores descubrieron que la opacidad de los derivados financieros que habí­an adquirido era tal que no podían realizar una estimación objetiva de su valor, por lo que trataron de desprenderse de ellos. Como nadie querí­a comprar y todos querí­an vender los activos dudosos, los precios se desplomaron y empezaron a multiplicarse las pérdidas contables. El efecto colateral fue una restricción generalizada del crédito, no ya a los Ninja sino incluso entre los bancos supuestamente más sólidos al ser conscientes de que sus pares tampoco podían dar fe de la solidez de sus balances.

Pese a que la FED y el BCE empezaron a inyectar liquidez a chorros para evitar el colapso del sistema financiero mundial, la economía productiva empezó a registrar el impacto negativo de la crisis de confianza. Sin crédito para la especulación, los precios de las viviendas dejaron de subir y pronto comenzaron a bajar. Las inmobiliarias y las constructoras fueron las primeras en sufrir las consecuencias, pero también los bancos que les habí­an prestado cantidades ingentes para financiar sus promociones o, como en España, para financiar sus compras de grandes participaciones accionariales en otras empresas.

Afortunadamente, según la agencia de calificación Fitch la banca española está bien preparada para afrontar “el complejo” 2008 que se avecina gracias a su más sensata gestión de riesgos, que ha propiciado una exposición a productos financieros dudosos muchÃísimo menor que la de sus pares norteamericanos. Afortunadamente también, mientras que la economía de EEUU seguramente ya ha entrado en recesión, de momento la nuestra sólo ha ralentizado su crecimiento. Y sin embargo, bastará con que crezcamos por debajo del 2% del PIB para que empecemos a notar intensamente graves consecuencias sociales, notablemente en forma de crecimiento del desempleo.

Es por ello urgente que el Gobierno ponga en práctica con rapidez las medidas que ha anunciado para compensar el drástico descenso en la construcción con una intensificación de la obra civil y para mitigar las dificultades en el pago de las hipotecas por la subida de los tipos de interés. Gracias a su prudente y eficiente gestión presupuestaria de los últimos cuatro años, el Gobierno dispone de un amplio margen para actuar, incluido el superávit presupuestario del 2% del PIB registrado el año pasado y la posibilidad de endeudamiento que permite la reducción de la deuda pública en 12 puntos porcentuales durante la última Legislatura.

De lo que no disponemos es de mucho tiempo para tomar conciencia de que afrontamos la crisis económica más grave desde la segunda guerra mundial, en palabras de Alan Greenspan, que sabe bien de lo que habla al haber sido en gran medida el responsable de haber creado la burbuja inmobiliaria cuyo estallido estamos empezando a sufrir.