La que se avecina

LBNL*

Sin intención alguna de provocar una nueva “reyerta (debato)callejera” considero útil volver sobre la cuestión israelo-palestina dadas las preocupantes perspectivas para las próximas semanas, ilustradas por las recientes refriegas en la frontera israelo-egipcia y la decisión –ayer- de Turquía de congelar las relaciones militares y comerciales con su antaño socio regional prioritario.

El meollo, sin embargo, sigue siendo el conflicto israelo-palestino, en concreto, la intención palestina de reclamar este mes de septiembre ante el Consejo de Seguridad su reconocimiento como Estado independiente. EEUU ha anunciado a los cuatro vientos que ejercerá su derecho al veto, ante lo cual los palestinos acudirán en amparo ante la Asamblea General de las Naciones Unidas para que, por una mayoría (garantizada) superior a los dos tercios, haga un llamamiento al reconocimiento individual del Estado palestino por parte de cada país.

Este escenario llevaría a Israel a renovar su denuncia de la actitud indefectiblemente anti-israelí de las Naciones Unidas y, posiblemente, a una tercera intifada palestina, animada también por las revueltas de las juventudes de otros países árabes contra situaciones injustas: Israel no es una dictadura pero su ocupación militar se prolonga desde 1967, más de cuatro décadas.

De ellas, casi dos han pasado desde el histórico apretón de manos, el 13 de septiembre de 1993, entre el malogrado Primer Ministro de Israel, Isaac Rabin, en compañía del a la sazón Ministro de Exteriores israelí, Shimon Peres, y el Rais (Presidente en árabe) de la Organización para la Liberación de Palestina. Los tres últimos recibieron el Premio Nobel de la Paz al año siguiente en reconocimiento a su valentía política al fijar un marco para la resolución definitiva del conflicto israelo-palestino, la llamada Declaración de Principios. Ambas partes se reconocieron formalmente como interlocutores y fijaron un marco gradual de progreso en la autodeterminación palestina llamado a desembocar en un Estado al cabo de cinco años.

La Declaración de Principios propició los acuerdos transitorios israelo-palestinos conocidos como Oslo I (Gaza y Jericó) y Oslo II (evacuación israelí de las siete ciudades más grandes de Cisjordania), el acuerdo de paz entre Israel y Jordania, el asesinato de Rabin por un extremista israelí, la guerra del Líbano de 1996 y el Protocolo de Hebrón de 1997 por el que Benjamín Netanyhu evacuó el 80% de la urbe palestina durante su primera etapa como Primer Ministro. Y sin embargo, lo cierto es que al término de los cinco años previstos, marcados por un contexto de progresos y sobresaltos continuos, la Autoridad Nacional Palestina sólo controlaba alrededor de un 50% de Gaza y un 40% de Cisjordania.

Por ello, en septiembre de 1998 los palestinos estuvieron a punto de lanzar una ofensiva diplomática para que su Estado fuera reconocido por la Comunidad Internacional. La UE agonizó durante largas semanas, temerosa de que la siempre frágil Política de Exteriores y de Seguridad Común estallara con un nuevo caso de división en el reconocimiento de un Estado, como en el funesto precedente de Croacia y Eslovenia (Kosovo vendría mucho después). Finalmente la administración Clinton fue capaz de convencer a Netanyahu para que se firmara un nuevo acuerdo en Wye River ese octubre.

Bibi Netanyahu dimitió por corrupción y Ehud Barak ganó las elecciones con una plataforma de paz que propició la celebración de la Cumbre de Camp David en julio de 2000. Lo frecuente es achacar su fracaso a Arafat lo cual es cuando menos inexacto si no se hace referencia a la autosuficiencia y arrogancia de Barak, incapaz de dar el salto cualitativo de jefe del Estado Mayor o Hombre de Estado, como sí había sido capaz de hacer Rabin unos años antes. En todo caso, pese a haber estado más cerca que nunca de llegar a un acuerdo que incluyera todos los puntos conflictivos, lo cierto es que la resaca del fracaso de Camp David fue mortífera.

Ariel Sharon, el “carnicero de Sabra y Shatila”, visitó en plena pre campaña electoral la Explanada de las Mezquitas y la provocación derivó en la segunda intifada, en la que las pistolas reemplazaron a las piedras que tanta solidaridad internacional habían suscitado durante la primera (1987-19993). Los atentados terroristas palestinos y las ofensivas militares israelíes se sucedieron durante meses, Israel reocupó casi toda Palestina, Arafat murió sitiado en la Mukata en noviembre de 1994, Abu Mazen le sucedió al frente de la OLP y de la Autoridad Palestina en enero de 1995, Sharon evacuó Gaza en agosto de ese mismo año y Hamás ganó las elecciones legislativas de enero de 1996, acabando de complicar el “conflicto de paz”, valga el contrasentido, dada su negativa a aceptar a Israel, ni siquiera dentro de las fronteras previas a la guerra de los Seis Días de junio de 1967.

La guerra del Líbano de 2006 y la de Gaza de diciembre de 2008 mantuvieron la dinámica negativa que ha impedido materializar el sueño de Oslo. Más recientemente, ya con Netanyahu de nuevo al frente del Gobierno israelí, la Autoridad Palestina se negó a retomar las negociaciones hasta que Israel no detuviera la expansión de los asentamientos en Cisjordania. La administración Obama apoyó dicha exigencia y Netanyahu, que en junio de 2009 había aceptado el concepto de un Estado palestino, accedió finalmente en agosto de ese año a imponer una moratoria de 10 meses para la concesión de nuevos permisos de construcción. Era la primera vez en la historia que un gobierno israelí aceptaba una limitación similar pero, por otro lado, no incluía las obras ya en marcha y no se extendía a Jerusalén Este que, según la ley israelí de 1981 es parte de la capital de Israel pese a la no aceptación por parte de la Comunidad Internacional.

Paradójicamente, fue el Presidente Obama quien, en su primera comparecencia ante la Asamblea General de la ONU en septiembre de 2009, lanzó la ofensiva palestina para su reconocimiento como Estado en 2011 cuando reafirmó su determinación de relanzar el proceso de paz y expresó su deseo de que Palestina pudiera participar como Estado en la Asamblea General de este año. En aquel momento, los palestinos lamentaron una referencia a las fronteras pre 1967 como base para las negociaciones lo que, unido a las limitaciones de la moratoria sobre los asentamientos, les llevó a no reanudar las negociaciones con Israel. La administración Obama trató de sortear el impasse por medio de las llamadas negociaciones de proximidad, o indirectas, desde mayo de 2010, en las que los mediadores americanos hablaban con ambos equipos negociadores por separado tratando de acercar posturas. No funcionó y los diez meses pasaron sin ningún progreso.

Netanyahu se vio sometido a una presión muy intensa para extender la moratoria pero se resistió en vista de la amenaza de los partidos más derechistas de su gobierno de coalición de tumbar el gobierno. Los palestinos siguieron por tanto negándose a reanudar las negociaciones y empezaron a preparar su plan de llevar su demanda de Estado independiente a la ONU este año.

En mayo pasado, en vísperas de una visita de Netanyahu a Washington, Obama dio un paso más afirmando que EEUU apoyaba un Estado palestino independiente que conviva en paz y seguridad con Israel con fronteras fijadas sobre la base de las de junio de 1967, aclarando que ello no supone apartarse del principio, acuñado en la Cumbre de Camp David, de que ambas partes acordarán cesiones de territorio de uno y otro lado de forma que Israel pueda anexionar los grandes asentamientos y compensar a los palestinos con territorio adyacente, fundamentalmente a Gaza. Por tanto, Obama apoya el reconocimiento de Palestina como Estado pero sólo como consecuencia de un acuerdo negociado con Israel, de la misma manera que considera que los asentamientos israelíes son un obstáculo para la paz sin que le impidiera pero ello no le impidió vetar la resolución de condena de los mismos patrocinada por Gran Bretaña y Francia en febrero pasado.

Dado el prácticamente seguro conflicto diplomático dentro de pocas semanas y la posibilidad de una nueva rebelión palestina que, más que probablemente, implicará más derramamiento de sangre, cabría pensar que estamos cada vez más lejos de los sueños de paz de septiembre de 1993. Pero hay que recordar que hace 18 años las opiniones públicas israelí y palestina eran radicalmente contrarias al compromiso esbozado por sus respectivos líderes. Para la mayoría de los israelíes, la OLP era una organización terrorista que perseguía la destrucción del Estado de Israel mientras que para la inmensa mayoría de los palestinos Israel pretendía ocupar militarmente hasta su anexión definitiva la parte del mandato británico que no le había sido adjudicada en 1947, adjudicada ilegítimamente, por supuesto, porque en realidad toda Palestina le pertenecía a sus pobladores árabes. Esas eran las posiciones mayoritarias en 1993.

En este ámbito al menos, los progresos han sido notables. Pese a los mil problemas, atentados, operaciones militares y retrocesos de todo tipo, en la actualidad, la inmensa mayoría de israelíes y palestinos no sólo son conscientes de la inevitabilidad sino que apoyan activamente la solución de dos Estados (77 y 74% respectivamente según una encuesta de julio de 2009). Los israelíes han aceptado como legítima y necesaria la aspiración palestina a un Estado propio, libre de ocupación extranjera, mientras que los palestinos han aceptado mayoritariamente que Israel va a seguir existiendo dentro de las fronteras de 1967. Conviene recordar que pese a que generalmente se interpreta que la opinión pública se escora progresivamente a la derecha y al extremismo religioso, en las últimas elecciones el centro derecha de Kadima superó en un escaño al Likud y también que Israel Beitenu, su principal aliado en el Gobierno, es tan halcón como contrario al poder de los rabinos. Igualmente pertinente es subrayar que Hamás ganó las elecciones gracias a la división de los candidatos seculares, con poco más del 40% de los votos, muchos de los cuales antes en protesta contra la corrupción de Fatah que por adhesión a su islamismo militante.

Por supuesto, pese a que haya un consenso tácito sobre la cuestión de las fronteras, el carácter desmilitarizado del futuro Estado palestino y la necesidad de compartir Jerusalén, la desconfianza mutua sigue siendo enorme y restan por acordarse los detalles de algunas cuestiones importantes como el agua y, sobre todo, la cuestión de los refugiados, la más compleja.

Para los israelíes, el derecho al retorno de los alrededor de cuatro millones de refugiados palestinos reconocidos como tales por la UNRWA, es una amenaza intolerable al carácter judío de Israel, a su objetivo primario de servir como refugio para los judíos de todo el mundo. Para los palestinos, no cabe un acuerdo de paz que no incluya una solución aceptable al problema. Afortunadamente no es un conflicto de suma cero en el que una parte tenga que perder lo que la otra gane. La inmensa mayoría de los refugiados está correctamente asentada en los países en los que residen, fundamentalmente Jordania y Siria, y se contentaría con una compensación económica justa. Los pocos centenares de miles que malviven en Líbano bien podrían aceptar su traslado a Canada y EEUU acompañado de la consiguiente una compensación económica. Todos ellos tendrían la posibilidad de trasladarse al nuevo Estado palestino y unas decenas de miles podrían retornar a Israel gradualmente durante los diez años siguientes al acuerdo de paz, bajo la figura de la reunificación familiar.

De nuevo, el problema principal es la falta de confianza. Israel no está dispuesto a aceptar el derecho a una compensación económica porque teme que, a continuación, los palestinos arguyan que reconoce el derecho al retorno. Los palestinos, por su parte, no aceptan la compensación económica alternativa porque temen que Israel utilice su renuncia al retorno para negociarla a la baja. La única opción es acordar el reconocimiento al derecho al retorno y su ejercicio en forma de compensación económica en el mismo acto, lo cual implica que la Comunidad Internacional, señaladamente EEUU, se yerga no sólo como mediador sino también como garante de dicho acuerdo, dando confianza a ambas partes.

Es verdaderamente trágico que pese a que ambas sociedades están mayoritariamente convencidas de la inevitabilidad de convivir con la otra y a que los contornos de la única paz posible sean conocidos por todos, vayamos a asistir a unos nuevos fuegos de artificio en los que todos tenemos mucho que perder.

Los palestinos saben que enfrentarse al Presidente americano que más claramente las ha respaldado no les conviene, pero han pasado el punto de no retorno. Israel es perfectamente consciente del coste de su cada vez mayor aislamiento internacional, especialmente con toda la región en ebullición, incluida Siria que, en cualquier momento, puede dejar de ser un enemigo predecible. Tampoco le interesa a EEUU cercenar las aspiraciones palestinas de libertad, después de haberlas alentado y de haber apoyado las de tunecinos, egipcios, libios y sirios.

Europa, siempre secundaria pero relevante, es la incógnita. Alemania, Países Bajos e Italia sin duda votarán en contra o se abstendrán en la Asamblea General, mientras que Grecia o Chipre votarán a favor. Francia y España decidirán en gran parte en función de la mayor radicalidad o pragmatismo de la demanda palestina, e inclinarán muchos votos en un sentido u otro, o hacia la abstención.

Lo mejor para Europa y para la Comunidad Internacional en su conjunto sería que la UE consensuara una posición común suficientemente constructiva como para que los palestinos tuvieran que aceptarla retirando su propuesta de reconocimiento unilateral. Por ejemplo, la UE podría impulsar una resolución del Consejo de Seguridad que propusiera el reconocimiento del Estado palestino a la Asamblea General en 2012, sobre la base de lo acordado bilateralmente entre las partes o, en su defecto, unos parámetros objetivos generalmente aceptados, como los denominados Parámetros de Clinton. Dicho acuerdo haría que el tiempo corriera a favor de un Estado palestino y no a favor del statu quo de la ocupación Israelí. Israel tendría un fuerte incentivo para negociar y sería necesario imponer algunas condiciones mínimas a los palestinos para evitar que fueran ellos los que evitaran cualquier progreso antes de la expiración del plazo.

Esta opción evitaría un nuevo retroceso y no sería ingenua si no fuera por la desunión de la UE. EEUU es el protagonista principal pero la paz en Oriente Medio requiere de actores complementarios. Pero claro, si no somos capaces de ponernos de acuerdo sobre los eurobonos para salvarnos a nosotros mismos…

*LBNL: Formerly known as NEAP (No Es Admisible Perder), por razones de fuerza mayor