La propiedad intelectual e internet, o la ceremonia de la confusión

Sicilia

Hace pongamos unos 15 años uno se compraba un disco o una cinta y a lo mejor lo grababa y lo pasaba a un par de amigos, o así. No estaba mal, ni bien, tampoco importaba demasiado la verdad, y, por bueno que fuese, la grabación siempre sonaba peor que el original. Por cierto, las cintas vírgenes, esas que más de uno habremos comprado más de una vez, contenían en su precio eso que se llama “canon” y fuera. No había ni un solo problema, todos vivíamos razonablemente felices. Los minoristas exprimían sus márgenes, las productoras a “los creadores” en sentido amplio del término y ya está.

 

Entonces aparecieron las nuevas tecnologías de información. Mundo siempre en crecimiento, atractivo e interesante. Empezamos a meter música en nuestros Pc para oírla, luego descubrimos que se podía compartir, y luego fueron películas que podían ser también compartidas…y se desencadenó la revolución de las comunicaciones. Vaya, ahora si tenía sentido eso de tener internet en casa.

 

Lo malo de las revoluciones es que se asemejan muchas veces a las crecidas de los ríos, el nivel de las aguas sube y anega a justos e injustos, arrasando con todo lo que pilla por medio. Causan destrucción y muchas veces daño indeseado, daño que se multiplica a veces si hay pescadores interesados en aprovecharse del río revuelto, o en saquear las casas evacuadas.

 

Pues oiga, aquí lo mismo mismito. Ante un asunto que debiera ser meramente de cambio en una manera de hacer negocio, la retórica inflamada, los intereses a veces legítimos pero otras, egoístas o espurios, el ruido, la inconsistencia y la falta de perspectiva, han convertido algo neutro y natural, en un absceso llamativo doloroso que genera  molestos dolores de cabeza, pero que puede acabar desembocando en problemas bastante preocupantes.

 

La industria, llamémosla “de entretenimiento”,  música, películas y videojuegos (menos en este último caso) perdió la partida el día en que decidió seguir existiendo en CD, DVD etc, en lugar de encabezar el cambio y aceptar la muerte honorable del soporte físico y todo lo que ello conlleva. Eso está en su debe y ellos sufren, y sufrirán las consecuencias. Han perdido años y siguen insistiendo en perderlos agarrados a un modelo de negocio donde su producto, el control de la fabricación y distribución de un objeto material lleno de contenidos ha sido superado por la capacidad de reproducir fielmente el producto final y hacerlo accesible por cualquiera a un coste ínfimo. ¿Cómo voy a darte 24 si puedo tener casi lo mismo, o lo mismo, por cero?

 

Los usuarios perdimos la cabeza el día en que pudimos acceder a casi todo a cambio de casi nada. “De lo que no cuesta, llena la cesta”. Donde antes uno tenía en casa sus 10, 20, 30 discos, cintas, etc, pasamos a tener discotecas de centenares de canciones, videotecas de centenares de películas, decenas de video juegos, al módico precio de nada en absoluto. Muchas veces con una calidad francamente buena, sólo a cambio de tener que esperar a que se nos descargara aquello que metíamos en el buscador y pagar la tarifa de nuestro proveedor de internet, que no se nos olvide.

 

El caso es que el actual equilibrio inestable empieza a generar problemas.

 

La pérdida económica que a una productora le puede ocasionar que el producto X comercializado, pongamos, en 1985 o 1990, esté en manos de todos los usuarios del mundo en el año 2008, no es sino “lucro cesante”, es decir, era dinero del que a lo mejor podría haber rascado un poco, pero del que yo ya hice negocio en su día. Digamos que pierdo la cola del león, porque la parte más sabrosa ya la hice cuando tocaba. No obstante, el panorama empieza a tener una pinta mucho más peligrosa si el producto X, en el que yo me he gastado una importante cantidad de recursos para poner a punto, pasa a estar accesible a manos de todo el mundo al mismo tiempo que su comercialización, o incluso antes, sin que yo perciba nada a cambio. Ingresos cero, costes todos, si este es el panorama, el resultado de puro obvio no merece ni comentario.

 

Si la respuesta a esta situación por parte del resto de los sectores implicados fuese: “Pues oye, es verdad, tampoco es eso, porque entendemos que U2, Brad Pitt, y tus trabajadores se obstinan en no vivir del aire”, no estaríamos hablando de una situación problemática.

 

Lo malo no es que esto se oiga muy poco, lo malo es que cuando se reduce el problema a esta expresión simple, que nada en la vida es gratis, salvo el cariño de una madre (o similares), la andanada de artillería es atronadora.

 

Si la descarga es de calibre grueso y munición de fragmentación, te pueden llamar “Teddy Bautista”, que ha pasado a encabezar la lista de enemigos públicos número uno en lugar del ya demodé Osama. Incluso puede que si el interlocutor está inspirado te llame liberticida, censor e inquisidor. Según qué sectores dirán nosequé de un lobby de la ceja (y luego otra serie de cosas sobre temas que van desde la furgoneta kangoo a la persecución a los católicos).

 

Si, en cambio, el contraataque es con misiles inteligentes y munición de precisión, tendrás que oír una larga perorata hablándote de las maravillas de internet y de las infinitas posibilidades de la tecnología, que cada autor pondrá sus temas colgados de la red y que los usuarios le pagarán lo que quieran y que eso de la propiedad intelectual no existe porque “todo es cultura”. Si el interlocutor está lo bastante inspirado puede llegar a la conclusión de que, en realidad, tampoco hace falta que aflojes la mosca, alguien le dará dinero a ese tipo por ti, por ejemplo a través de ingresos por publicidad. Es curioso como el flogisto o el deus ex machina son nociones que vuelven una y otra vez, los clásicos nunca mueren.

 

Por preferir siempre se prefiere a los segundos, porque al menos, si tienen el día sereno, admiten la noción de contraprestación económica, un gran avance respecto a los miembros del primer grupo, que obviamente no están aquí para ocuparse de estas menudencias sino de más altos (o más bajos) ideales.

 

Hemos disfrutado de unos años interesantes de desmelene, gracias a lo cual poseemos toda la cultura popular del siglo XX en nuestros PC, incluidas toneladas de pornografía, pero ha llegado la hora de ser serios.

 

Los productores de contenidos deben darse cuenta de que el futuro está en menos precio-más clientes, y que no se pueden poner puertas al campo. También deben admitir que 1000 veces que una canción es compartida no son 1000 ventas menos…es que lo gratuito atrae.

 

Los consumidores deben darse cuenta de que por aquello que nadie paga, deja de existir como actividad económica. También de que los derechos humanos no alcanzan para eximirnos de toda responsabilidad cuando perjudicamos a los demás en sus actividades lícitas.

 

Tampoco está de más echar unos cálculos a ojo. ¿Mantener una industria de contenidos a base de insertar anuncios en páginas de internet? Este concepto movió en España, en 2008, 610 millones de euros. La producción de Xmen- orígenes costó 200 millones de dólares. Por cierto, en estos tiempos de cambio de modelo económico y búsqueda de ídolos a venerar, el sector mas importante de la poderosa economía californiana no es Silicon Valley…es la industria del entretenimiento.

 

¿Y los artistas? Pues esa es otra. Un cantante o grupo que se quiera dar a conocer obtiene más beneficios de sus conciertos que de la venta de pocos discos, puede interesarle la gratuidad en una etapa naciente de su carrera, veremos cuando sea más conocido, porque U2 o Coldplay no viven de la carretera. Un tipo que haga cine seguro que no, porque sin dinero para producir, todo se vuelve “dogma” y acaba siendo un coñazo que van a ver tu familia y 4 más… y  a un escritor le da igual porque morirá de hambre en cualquier caso. Ah, y en España, la próxima vez que Aznar decida apoyar la invasión de Irak, diga “sí a la guerra”, vivirá más tranquilo, por lo menos.

 

Así que, como siempre, ante problemas complejos huyamos de las soluciones simples y el griterío, que por lo menos, se piensa más a gusto.