La política: ciencia, técnica y prudencia

Ricardo Parellada

Me propongo evocar una forma antigua de concebir la actividad política, porque me parece que sigue teniendo gran fuerza y relevancia para comprender la naturaleza de esta noble ocupación. Esta forma de concebir la actividad política hunde sus raíces en la psicología y la filosofía moral antigua y medieval y utiliza el lenguaje arcaico y precioso de los hábitos y las facultades del alma. El ser humano posee el lenguaje y la razón. La actividad racional admite dos usos principales: teórico y práctico. En su uso teórico o especulativo, la razón tiene por objeto las cosas que no pueden ser de otra manera. Su misión es indagar lo que las cosas son, esto es, reflejar o especular sus características principales. De ahí el nombre de razón especulativa. Son objeto de ciencia o razón especulativa, por ejemplo, las leyes del movimiento de los astros, las leyes de las metástasis del cáncer, las leyes del mercado y la estructura de los espacios no euclídeos.

En su uso práctico u operativo, por el contrario, la razón tiene por objeto las cosas que pueden ser de otra manera, el mundo de lo operable o modificable por la conducta racional. Y son modificables por la conducta de los agentes, por ejemplo, el trato que nos dipensamos unos a otros, las leyes que rigen nuestra convivencia, las relaciones con otros países y los objetos de la creación artística.La actividad política no pretende descubrir leyes de objetos que no pueden ser de otra manera, sino introducir novedades en el mundo y lidiar con situaciones inesperadas. La política, esto es, la actividad política, no es ciencia. La política no es ciencia política. Su objeto no es especulable, sino operable o modificable por la conducta racional. La política es razón práctica.

El pensamiento clásico distingue también dos modos de la razón práctica. La actividad práctica puede regirse únicamente por las características del objeto que pretende generar o volverse además, de forma más sutil, sobre la actividad práctica misma. La actividad práctica para la generación es la técnica, también llamada arte o producción. La actividad práctica que se vuelve más sobre sí misma que sobre un objeto exterior es lo que llamamos propiamente praxis. La técnica o arte versa sobre los medios para la construcción de un edificio, la curación de una enfermedad o la corrección de los fallos del mercado. Pero el objeto de la praxis no es producir algo exterior, sino la manera misma de discernir, juzgar y emprender, en la maraña de lo confuso y de lo urgente, lo más justo, adecuado, sensato o equilibrado. Los antiguos decían que lo justo, lo adecuado y lo conveniente no son objeto de pericia técnica, sino de saber prudencial. ¿Qué diremos nosotros? ¿Es la política técnica o prudencia?Para planificar el asesinato perfecto hay que ser inteligente. Un tonto no puede hacerlo. A esa forma de inteligencia la llamamos inteligencia práctica, pero no, dicen los antiguos, sabiduría práctica. Una cosa es la inteligencia práctica, astucia o habilidad, y otra la sabiduría práctica, sensatez o prudencia.  La inteligencia práctica es independiente de la naturaleza de los fines que se persiguen, mientras que la  prudencia conlleva la conciencia, el servicio o la intención de fines que merezcan la pena.Por otro lado, de buenas intenciones está empedrado el suelo del infierno. La intención sin inteligencia no alcanza para la finura en la deliberación y el acierto en el juicio. La deliberación y el juicio propiamente prudenciales requieren inteligencia práctica y voluntad de lo bueno en algún sentido. La prudencia es inteligencia práctica, pero no para la producción o manipulación de un objeto exterior, como la técnica, ni al servicio de cualquier fin, como la astucia o habilidad, sino inteligencia práctica para ponderar y sopesar lo imponderable, intuir la oportunidad, decidir con acierto y obrar en consecuencia. Es inteligencia práctica al servicio de fines generales considerados buenos, ya sea en el terreno individual, como la moderación o la templaza, o en el terreno público, como la justicia social y el bien común, llamado ahora interés general. De ahí que los antiguos dijeran que la prudencia es una virtud o hábito del alma intelectual y práctico por esencia (formaliter) y moral por presuposición (presuppositive). Es un hábito intelectual porque sus tareas principales son intelectuales: la deliberación y el juicio. Es un hábito práctico porque no persigue el conocimiento, como la ciencia, sino la acción. Y es un hábito moral, a diferencia de la técnica, porque presupone la voluntad de lo bueno o de lo justo.Siempre me ha llamado la atención que no nos indignemos ante un peluquero calvo o un médico enfermo. Pero la cosa empieza a ser más llamativa aún cuando un profesor de ética es un mal bicho. El profesor de ética posee la ciencia de los conceptos y los principios morales, y conoce los avatares de su historia y los arcanos de su justificación. Sabe describir los hábitos de la inteligencia y el carácter y comprende la naturaleza de la deliberación prudencial y el juicio moral. Destila con sabiduría teórica los componentes intelectuales y morales de la virtud de la prudencia. El profesor de ética es un mal bicho si, a pesar de sus conocimientos, es mezquino, y es torpe y abúlico si no sabe cuándo y cómo decir las cosas y, por poner un ejemplo, hace daño pretendiendo consolar. La ética es ciencia, pero la sabiduría moral es prudencia.El político puede ser inteligente. Tiene inteligencia teórica si conoce la ciencia económica, la teoría de la complejidad y las leyes de la negociación. Tiene inteligencia práctica si domina los componentes y los efectos de la acción. Pero es torpe y abúlico si no sabe ponderar lo relevante y decidir a tiempo. El político torpe carece de prudencia. Por su parte, el político inteligente es corrupto si pone su inteligencia al servicio de su bolsillo. Y es vil si predica lo general y sirve a lo particular. Este político es un técnico de la política y pone su inteligencia al servicio de fines espurios. El político vil o corrupto carece de prudencia y es político en un sentido espurio.El político es prudente si está asesorado por la ciencia y por la técnica, domina la complejidad de la acción, posee la voluntad de lo bueno y tiene el don de la oportunidad. El político prudente conoce la complejidad, sopesa lo relevante, reconoce el momento, decide con acierto y es consecuente. El político prudente sabe que hay un momento para la energía y otro para la mansedumbre. Reconoce un momento para la negativa y otro para la negociación. El prudente, como decía Gracián, tiene que tener “un punto de negociante”. La inteligencia práctica alcanza su plenitud racional en el prudente. La política verdadera, la actividad política verdadera, es una de las mayores manifestaciones de la sabiduría prudencial.