La piel del oso

Jon Salaberría 

Crecidos y sin ningún tipo de complejo. Cabalgando a lomos del optimismo, desde un tratamiento en los medios de comunicación bastante mejor que el denunciado desde su victimismo (especialmente amable en el balcón diario privilegiado que Atresmedia les regala). Así afrontan la precampaña desde Unidos Podemos, la poliédrica coalición resultante del acuerdo entre más de diecinueve formaciones políticas de la izquierda alternativa y del nacionalismo con hegemonía del movimiento emergente liderado por Pablo Manuel Iglesias Turrión. Desde esta misma semana entonan cantos de victoria señalando ya como seguro y como inevitable el sorpasso sobre el viejo partido del centro-izquierda español, el Partido Socialista, que estaría atravesando los peores momentos de su historia desde 1977, cuando consiguió la primacía de la izquierda sobre el gran partido de la oposición al franquismo, el Partido Comunista de España, posición que ha conseguido mantener contra viento y marea hasta diciembre de 2015.

Dos referencias demoscópicas, el Metroscopia de este pasado fin de semana para El País, y los sondeos internos que dice tener en la coalición, aseguran la concreción del primero de los pasos adelante, sobre los socialistas, y mantienen la ilusión de disputar al Partido Popular la primera plaza electoral. Metroscopia otorga el 23,2% a Unidos Podemos sobre un disminuido 20,2% de los socialistas, lejos ambos del casi 30% al que se acercaría el Partido Popular. Un resultado que no asegura el sorpasso en escaños, pero sí en intención de voto, lo que nos llevaría a un momento electoral histórico en el que la polémica estaría servida de cara a los eventuales pactos. Unidos Podemos no ceja en el entusiasmo, y hoy mismo indican que el sorpasso, según esas prospecciones internas antes citadas, se producirá sí o sí, en voto directo y en escaños, y que ponen la vista ya sobre el cogote de los populares. 

Pero, ¿tiene este optimismo una base real o estaríamos de nuevo ante la política de posado a la que nos tienen acostumbrados desde la formación emergente, ahora coalición electoral? Ellos mismos puntualizan rápidamente. Desde Podemos, hoy mismo, ponían freno al entusiasmo autoalimentado para pedir prudencia y respeto, y de paso insistir en uno de los mantras que se ha convertido en clásico del discurso de Podemos en los últimos tiempos: volver a tender la mano a los socialistas, pidiendo fair play entre ambas formaciones en la campaña por estar llamadas ambas a ser socias en un inminente gobierno de coalición. Desde la personalidad políticamente bipolar de Iglesias Turrión y de su sanedrín, este discurso de palo y zanahoria a la hora de relacionarse con el gran adversario en la izquierda, hábilmente combinado según un tempo que manejan magistralmente, les permite alejarse el estigma de la culpa, ese concepto tan español y de base cristiana, por el fiasco de la XI Legislatura, a la vez que le permite disputar espacio electoral a cara de perro. Incluso, mantener los pequeños hilos comunicantes, muy debilitados pero fundamentales para lograr sus objetivos. Incluso en el peor de los escenarios posibles para los socialistas y la mejor de las expectativas para Unidos Podemos, los coaligados dependerán siempre del apoyo de los primeros. En teoría, sin embargo, las posibilidades de decisión del Partido Socialista serían más amplias. 

Sin embargo, hay algo de déjà vu en las muy medidas efusiones de Unidos Podemos. Algo que hemos visto antes. Así, el 16 de diciembre de 2015, a dos días del cierre de la campaña, los mismos sondeos internos de Podemos (entonces sin Izquierda Unida, pero sí con las confluencias) también cantaban el sorpasso, mientras que el Partido Popular confirmaba las tendencias en sus trackings diarios. Los resultados no reflejaron finalmente ese paso por delante de los socialistas y, ni mucho menos, el acercamiento a los populares. En Metroscopia son también expertos en sorpassos frustrados, como el que colocaba, en diversas oleadas previas a la campaña de 2015, a Podemos y Ciudadanos muy por delante de los socialistas y disputándose la segunda plaza en la meta final. Lo cierto es que Ciudadanos quedó a cincuenta escaños de un PSOE al que iba a enviar al baúl de los recuerdos en comandita con los otros emergentes. Si nos remontamos más atrás, aunque también dentro de 2015, las opciones de victoria de Podemos (no ya una segunda plaza) estaban también dentro de los escenarios más factibles. No es la primera vez que se está vendiendo la piel del oso…  

Hay una encuesta más que, por su grado de acierto en ocasiones precedentes, no estaría de más citar, siempre desde la relatividad con la que este tipo de prospecciones deben ser atendidas, porque nos alerta sobre un escenario que no está en las discusiones ni en las tertulias. Es el sondeo de Celeste-Tel (habitual en los sondeos de El Diario) para el blog El Electoral. El PP aguantaría la embestida con un 29,2% y con 120-123 escaños; Unidos Podemos alcanzaría el sorpasso en votos (24,2%) pero no así en escaños (75-80), pues el 22,4% de los socialistas y el sistema electoral determinarían una horquilla de 85-89 escaños; Ciudadanos repetiría prácticamente resultado con el 15,5% y 39-41 escaños. Los bloques izquierda-derecha no alcanzarían la mayoría absoluta por sí solos, con pequeña ventaja del eje a la izquierda, y volvería a suscitarse una polémica ya conocida, la no dependencia respecto de los votos de nacionalistas periféricos y/o independentistas por parte de los socialistas y el veto mutuo Podemos-Ciudadanos. Por supuesto, el que sería inevitable debate sobre liderato de una alternativa de gobierno, si el de la formación más votada o el de la formación con más escaños.  

En cualquier caso, y mi intención con esta referencia a Celeste-Tel  es esa, hay que advertir del riesgo cierto de que los comicios del 26-J dejen sobre el tablero una situación análoga a la resultante del 20-D. Un porcentaje de indecisos del 30% del electorado más el efecto de la posible abstención pueden determinar un cambio de escenario, pero también mantener ese statu quo novísimo que ha durado, tras décadas de bipartidismo imperfecto, menos de medio año. 

Por encima de la inevitable aritmética, nos asomamos a una campaña electoral en la que, en mi opinión, sobran la prepotencia, el triunfalismo, la condescendencia y los debates sobre pactos, y en la que falta, insisto, el componente propositivo. Como militante del Partido Socialista, consciente de las dificultades internas y externas de la organización a la que pertenezco, y de las limitaciones y carencias de sus actuales líderes, siento no obstante cierta satisfacción cuando la precampaña comienza con la presentación de una propuesta de gran Plan de Empleo para mayores de 45 años, mujeres, jóvenes y parados de larga duración, alimentando un debate sobre la sostenibilidad de las pensiones públicas o proponiendo, de nuevo, un gran pacto sobre educación del que depende el futuro de las siguientes dos generaciones a todos los niveles. Mientras, el PP se enroca en sus naderías sobre gobiernos estables y alertando sobre los extremistas, Ciudadanos presenta candidatos exóticos como gran novedad y la coalición de Iglesias Turrión et alii insiste día sí y día también en alertar sobre la gran coalición para pasar a los cinco minutos a tender manos y exigir ya compromisos sobre pactos de gobierno. Pero ahora es el momento de los contenidos, porque para eso volvemos a votar. No hay segundas vueltas ni desempates, y quien insiste en la falacia sabe que es así. Y tras el resultado electoral, será el momento de que caigan las líneas rojas, los vetos y terminen los desencuentros, si hace falta con más creatividad en las soluciones respecto de un acuerdo de gobierno que ponga fin a la provisionalidad política que vivimos. Por supuesto, con propuestas materiales sobre la mesa. Ese es el debate que echo en falta y que espero, no con mucho entusiasmo, que se produzca en campaña. Sobra espectáculo en la política, sobran horas de plató y falta la predisposición al consenso, esa idea denostada que, sin embargo, nos regaló los mejores años de nuestra historia social y política.  

Advertencia: la aparición de los partidos de la nueva política venía a constituir un huracán regenerador de los males de la vieja política y del bipartidismo. Una tabla de salvación teórica de un proceso democrático en el que cada vez más amplios estratos de población se alejaban. Esos partidos de la nueva política han envejecido bastante en estos meses y se han hecho acreedores de algunos de los (peores) defectos de los antiguos. En uno de ellos han perseverado más: no es otro que el bloqueo institucional. Si por segunda vez y por mor de los resultados, repetimos esta situación de bloqueo, la nueva nueva política que vendrá será el cuestionamiento total del sistema democrático. Miren a Europa y verán que la eclosión de los huevos de la serpiente es real.