La partida europea

Lobisón

Comprensiblemente la política española está centrada en lo inmediato: la abdicación del rey, los fantasmas bolivarianos de Podemos o los candidatos a la secretaría general del PSOE. Pero es posible que se esté prestando poca atención a la partida europea sobre la elección del próximo presidente de la Comisión. Por varias razones: se ve mejor lo que se tiene más cerca, y la información sobre las negociaciones y tejemanejes de Bruselas debe atravesar considerables barreras de opacidad y confusión.

Pero además las interpretaciones tajantes que permitirían tomar partido sin más información simplifican enormemente lo que está en juego. Por ejemplo, el hecho de que el grupo socialista del Parlamento Europeo pueda apoyar la candidatura de Juncker para la presidencia de la Comisión se interpreta simplemente como una señal de que en el futuro inmediato la Gran Coalición va a ser la fórmula estándar no sólo en Alemania sino también en Europa, frente al empuje de los partidos antieuropeos y antisistema en las últimas elecciones al PE.

Hay otro factor, sin embargo, que podría tener más peso: el acuerdo del PPE y el PSE en torno a la candidatura de Juncker hace mucho más costoso el veto que Cameron impulsa para bloquearla, y en particular hace más difícil que Merkel ceda a este chantaje, aunque sea evidente que Juncker no es su hombre, y que el apoyo público que le presta responde más a criterios de disciplina partidaria que a sus preferencias personales. En su caso, no tanto porque sea ‘demasiado federalista’ (como juzga Cameron) como porque posee un talante personal menos deferente que el demostrado en estos años por Durão Barroso.

Si juzgamos que el calvario de la crisis del euro ha venido marcado por el insuficiente federalismo de las instituciones, éste podría ya ser un argumento para pensar que es necesario y conveniente apoyar la candidatura de Juncker, y que en este sentido el acuerdo entre el PPE y el PSE sería bastante positivo. Pero hay otro argumento: la búsqueda de mayor legitimidad que implica vincular las elecciones al PE con la designación del presidente de la Comisión se vería frustrada si no fuera elegido el candidato de la lista más votada.

Por último, la negociación entre el PPE y el PSE debería traducirse en una presidencia del Consejo y un reparto de carteras más favorable a un giro o modulación de la política económica de la UE. No hay que hacerse demasiadas ilusiones, porque ni Enrico Letta ni Martin Shulz son la reencarnación de lord Keynes. Pero algún alivio supondrá la salida de Olli Rehn de la comisión y de Van Rompuy del Consejo. En eso al menos estoy de acuerdo con la gente de Rajoy, y su actual opción electoralista por salir de la ortodoxia fiscal. Que la fuerza (de Laffer) les acompañe, por la cuenta que nos trae a todos.

PS. Atribuyo al masoquismo de los colaboradores de DC que, dentro de los frecuentes denuestos contra la línea informativa de El País, nadie rinda homenaje a la peculiar idea del sarcasmo del corresponsal en París.