La oratoria negra

Ricardo Parellada 

Flaubert decía que, mientras no le mostraran la forma y el fondo de una frase por separado, no sería capaz de entender la diferencia. Los políticos de primera fila tienen que pronunciar grandes discursos en ocasiones señaladas y, como en las frases de Flaubert, es difícil separar la profundidad o la superficialidad de sus ideas de la brillantez o la torpeza a la hora de exponerlas.

Se dirá que esperar una oratoria brillante de los líderes políticos es un prejuicio estético y que la lucidez y la determinación no tienen por qué aflorar en discursos poderosos y apasionantes. Pero yo no consigo creer que un líder político, social o espiritual ayuno de palabra pueda poseer la capacidad intelectual, los conocimientos y la visión para ejercer esa función. Siempre me parecerán como los malos estudiantes, que dicen que entienden o saben no sé qué, pero no consiguen expresarlo.

Mas no quiero referirme a la oratoria política en general, sino compartir con ustedes la experiencia fascinante de la oratoria negra. Son conocidas las facultades oratorias del presidente negro de EEUU, Barack Obama, que sigue la estela de otros grandes políticos oradores. Pero aquí no pretendo recordar grandes discursos de otros presidentes, sino la oratoria fascinante de otros negros.

Los nuevos medios nos brindan, entre tantas cosas, la oportunidad maravillosa de escuchar algunas voces del pasado y les recomiendo que se asomen a los discursos de los líderes negros americanos de los años sesenta. Escuchándolos se tiene la impresión de que sin ellos no existiría Barack Obama, ni el mundo tal y como es hoy.

Martin Luther King y Malcolm X eran pastores negros, uno cristiano y otro musulmán, que tenían tanta energía mental como verbal. El Dr. King apelaba a la no violencia y la revolución de los valores, mientras que Malcolm X exigía sin contemplaciones el voto o la bala (the ballot or the bullet). Ambos combinaban de forma magistral las frases lapidarias con reflexiones sobre los asuntos del momento.

Al escucharlos cuarenta y tantos años después, tiene uno la impresión no sólo de estar escuchando el paso de la historia, sino de que sus auditorios entregados eran plenamente conscientes de la importancia del momento. Los oradores negros desbordaban una inteligencia y una pasión desconocidas. Y en los discursos de ambos estaba plenamente presente la posibilidad real de que, en cualquier momento, los mataran. A ambos los asesinaron poco antes de que cumplieran cuarenta años.

El 3 de abril de 1968, la víspera de que lo mataran, el Dr. King pronunció un encendido discurso en el que repasó a grandes zancadas momentos estelares de la historia en los que no querría haber vivido, pues ninguno se podía comparar con la revolución negra de su tiempo. Imagina un diálogo con Dios, en el que le ofrece vivir en épocas gloriosas, Egipto, Roma, el Renacimiento, incluso pasearse por el Olimpo griego, pero el no cambiaría por nada su lucha por los derechos civiles. Y evoca con crudeza el puñal que le clavaron en el pecho varios años atrás, que quedó a un milímetro de su aorta y no lo mató porque tuvo la suerte de no toser durante esas horas decisivas.

Por su parte, Malcolm X daba la bienvenida en su auditorio tanto a sus amigos como a sus enemigos. Y sus alusiones a la violencia estaban precedidas de agudas reflexiones sobre la economía de las comunidades negras, el nacionalismo negro, el papel de la religión en la vida pública, la guerra, el voto negro en la elección de Kennedy…

Después de escuchar estas grabaciones antiguas pongo el telediario y oigo a nuestros políticos. Y me digo que, hablando tan mal, han de pensar mal, y que así nunca podrán ganarse ni el reconocimiento ni el entusiasmo de la gente.