La ofensiva

Lobisón 

Dice gente de El País que el mensaje que le llegó a la redacción no fue ‘todos a por Zapatero’, sino algo así como ‘que nadie se corte si tiene críticas que hacer al gobierno’. El matiz tiene cierto interés porque, si bien esto sería indudablemente interpretado como una consigna de ataque por las personas serviles, en otros casos puede haber servido simplemente para que afloraran malestares anteriores. O sea, que quizá sea necesario darle una vuelta a la cuestión de la comunicación del gobierno y del presidente para explicar parte de la agresividad que se ha puesto de manifiesto.

 Quisiera señalar sin embargo una paradoja. El País tiene ante todo el problema de la deuda acumulada por Prisa gracias a la singular estrategia empresarial de Cebrián, que parece haber encontrado en el trotsquista Jaume Roures la horma de su zapato. Pero tiene un problema adicional, del que la dirección del diario es muy consciente desde hace bastantes años: sus lectores envejecen, y no se advierte un reemplazo significativo, no aparecen nuevos lectores jóvenes. 

Esta preocupación ha llevado al diario a sucesivos cambios de imagen y a intentar lanzar nuevos suplementos que teóricamente atraerían a los jóvenes. Por lo que me dicen, no parece que haya sido así, pero en cambio es indudable que hay una parte creciente de su contenido que resulta ilegible, desde la crítica de cine a la cultura en general, donde una combinación de esnobismo y friquismo impide entender de qué (o de quiénes) hablan los articulistas. Ya ha habido bastantes críticas, por ejemplo, de que el suplemento Babelia habla casi exclusivamente de autores ‘de la casa’, pero no se hace suficiente hincapié en que leyendo las críticas no hay forma de entender de qué van los libros, y que los adjetivos enfáticos que les dedican a menudo despiertan sospechas sobre su valor real.

 En este contexto no resulta aventurado suponer que una parte importante de los lectores de El País son (somos) socialistas añosos y perseverantes pese a la lejanía que nos puede producir una parte significativa del contenido del diario. Ahora bien, la perseverancia tiene un límite, y aquí viene la paradoja de la que hablaba más arriba: Cebrián, olvidando eso de que un diario es propiedad de sus lectores, ha abierto una ofensiva contra una parte significativa de éstos, cuando además es consciente de que hay un problema de reemplazo.

 Esto puede explicarse de dos maneras. La primera es que crea que por ausencia de alternativas los lectores socialistas se mantendrán fieles al diario, quizá tras un periodo de abstinencia antes de llegar al olvido y el perdón. Pero no estoy seguro de que ésta sea una hipótesis muy realista. Cualquiera que haya vivido —en directo o en diferido— una buena pelea de pareja sabe que en esos momentos se dicen cosas que dejan marcas profundas, y que no se arreglan aunque haya reconciliación. Y no hablemos ya de las cosas que pueden decir los familiares de las dos partes: aunque la pareja supere el trance quedarán rencores eternos, y personas a las que ya nunca se invitará en nochebuena (sea esto o no una ventaja).

 La segunda posibilidad es que Cebrián crea que realmente una mayoría de los lectores socialistas de El País está hasta los pelos de ZP, esperando una voz liberadora que les anuncie que ZP está desnudo. Es decir, que crea que el síndrome de Leguina está mucho más extendido de lo que probablemente lo está. Pero si creyera eso habría perdido el norte: pocos lectores de izquierda de El País creen que sería buena (en términos de interés nacional) una derrota del PSOE frente al PP, ni siquiera frente a ese hipotético e idealizado PP de Gallardón que parece ser el programa máximo de Cebrián.

 Puede haber muchos socialistas a los que desespere la forma en que ZP toma o anuncia sus decisiones, su excesivo protagonismo a expensas del resto del gobierno o su reiterada tendencia al pronóstico o a la profecía, incluso tras algunas evidencias de que es al menos tan falible como el papa de Roma. Pero ZP está defendiendo que los parados y los trabajadores en general no paguen la crisis, mientras Rajoy habla de recortar el gasto público y de hacer reformas estructurales, y algunos (los socialistas por un lado y los empresarios más conservadores por otro) sabemos perfectamente a qué se refiere, pese a sus notables esfuerzos por que no sea así.

 Quizá haya votantes de centro izquierda a los que la ofensiva de El País pueda llevar a dejar de votar al PSOE. Pero no van a ser precisamente los que leen el diario, un diario al que han (hemos) guardado una fidelidad canina durante más de treinta años, pese a su deriva senil hacia el esnobismo. En ese sentido, al decidir disparar contra ZP Cebrián ha dado orden de fuego sobre parte muy importante de sus lectores. Dicho de otra forma, se ha pegado un tiro en un pie.