La nueva guerra de Irak

Lobisón

Si prescindimos de los laboriosos problemas de la sucesión de Mahoma y de la perfidia británica, el problema habría comenzado porque Sadam Husein buscó apoyar su dictadura en la minoría suní (un 20% de los iraquíes), a la que pertenecía, frente a la mayoría chií (un 60%). Y ésta, en el nuevo régimen traído por la invasión de las tropas norteamericanas, ha sido incapaz de desarrollar una acción de gobierno que supere la fractura sectaria del país. El recién reelegido primer ministro Al Maliki es acusado por los suníes no ya de marginarlos, sino de ser el responsable de la existencia de bandas parapoliciales que les persiguen.

Así que los yihadistas (suníes) del Estado Islámico de Irak y Levante (ISLI) no están teniendo ningún problema para hacerse con vertiginosa rapidez con las áreas suníes del este de Irak, mientras las tropas oficiales, abrumadoramente procedentes de la población chií, huyen sin entablar combate o son masivamente asesinadas si las capturan. La oferta de ayuda de Irán al régimen de Bagdad es una espada de dos filos, porque acentuaría el enfrentamiento entre chiíes y suníes en la región. Por otro lado el avance del ISLI en Irak no sólo ha dado oxígeno a Bachar Al Asad en Siria, sino que le pone del mismo lado de quienes tratan ahora ante todo de frenar a los yihadistas suníes.

El presidente Obama ha anunciado que no permitirá que se consolide un Estado terrorista a caballo entre Siria e Irak, insinuando acciones aéreas contra el ISLI. Pero ha exigido que Irak de pasos para ayudarse a si mismo, lo que significa atraerse a los jefes suníes, superar la dinámica sectaria sobre la que cabalga Al Maliki. Aunque esto pueda parecer ingenuo, en realidad es lo que ya se hizo en época del presidente Bush, cuando el general Petraeus, con David Kilkullen de asesor, utilizó el dinero y las tropas del ‘surge’ de 2007 para reclutar a los jefes suníes en la lucha contra Al Qaeda. Fue un proceso muy discutido —la oposición demócrata estaba totalmente en contra del ‘surge’— pero se diría que tuvo éxito.

Alguno de los críticos dijo entonces que Estados Unidos corría el riesgo de estar armando a la vez a los dos lados en una guerra civil sectaria. Ahora la sospecha es que los yihadistas reciben armas y dinero de Arabia Saudí y de los países del Golfo, a los que quizá presione discretamente el Departamento de Estado en la medida en que se dejen presionar, pues ven con enorme recelo (como Israel) la posibilidad de que la distensión entre Estados Unidos e Irán dé nuevos vuelos a las ambiciones de la república islámica de establecer una hegemonía chií en la región.

Una solución algo duradera implicaría la existencia de un gobierno iraquí con un proyecto nacional y capaz de superar las divisiones sectarias, y cabe temer que Al Maliki ni es capaz de encabezarlo ni sería un interlocutor aceptable para los suníes. O sea que esto pinta muy mal: quizá la culpa sea en realidad de Lawrence de Arabia.