La necesaria reforma de los partidos

Ignacio Urquizu*

Hace unos días Teoura se preguntaba en Debate Callejero sobre lo que está ocurriendo en el interior de los partidos. Estaba intrigado sobre la generación del futuro y por qué los partidos quedan “agotados” tras liderazgos carismáticos. Desde las ciencias sociales pocas respuestas se pueden ofrecer, a pesar de contar con 11.500 estudios sobre partidos políticos (ver Montero y Gunter: “The literature on political parties: a critical reassessment”, Institute de Ciències Politiques i Socials). Pocas cosas sabemos y, además, no estamos seguros de que sean ciertas.

 

Uno de los argumentos más extendidos es que la democracia interna en los partidos afecta a la supervivencia de los gobiernos. Cuando las formaciones políticas usan listas abiertas o sistemas descentralizados en la selección de sus líderes, la probabilidad de seguir en el poder disminuye. También sabemos que los ciudadanos no apoyan a partidos divididos. La rápida conclusión sería: la democracia interna favorece la división en familias y, por eso, los votantes les penalizan electoralmente. Pero esto no es del todo cierto. Existe evidencia de partidos muy democráticos que caminan como un solo hombre tras la senda de su líder, y de formaciones muy autoritarias en su organización interna que están profundamente divididas. Un ejemplo del primer escenario sería el Partido Demócrata actual, mientras que el Partido Popular que salió del último congreso entraría dentro del segundo. Por lo tanto, la democracia interna no nos lleva de forma determinista al caos y la disciplina autoritaria no siempre producirá unidad. La pregunta que surge es: ¿qué explica entonces la división interna en los partidos?

 

No tengo respuestas concluyentes y la literatura tampoco nos ayuda mucho. De forma intuitiva podemos anticipar que la pérdida del poder aumenta la posibilidad de la aparición de facciones. Cuando los partidos pierden las elecciones, se enfrentan a una pregunta dolorosa: ¿qué debimos de hacer mal? Responder a esta cuestión implica reconocer errores. Por lo tanto, este tipo de preguntas tiene consecuencias para la vida interna de los partidos: generan división. Los partidos políticos se unen con suma facilidad una vez están en el Gobierno o cuando anticipan la posibilidad de ganar unas elecciones. En cambio, tras una derrota electoral, lo más probable que suceda es que las “familias ideológicas” hagan de nuevo aparición. Éstas tratarán de buscar las causas a la derrota electoral. Los más extremistas siempre dirán que el partido perdió las elecciones porque renunció a la pureza de las esencias y principios fundacionales. En cambio, los moderados argumentarán todo lo contrario: “esto nos pasó por haber abandonado el centro”. Cada una de las facciones interpreta la pérdida del poder según sus anteojeras ideológicas.

 

Podríamos saber más sobre estas cuestiones si los partidos fueran más transparentes. Por ejemplo, no tenemos datos sociológicos de sus militantes y dirigentes: ¿Cuál es la edad media? ¿Qué profesiones predominan? ¿Hay más hombres que mujeres? ¿Dónde se colocan en una escala ideológica? En España, la única encuesta que se conoce es la que realizaron Julián Santamaría y Mónica Méndez en el 34º Congreso del PSOE y que apareció analizada en un artículo académico (“La ley de la disparidad ideológica curvilínea de los partidos políticos: el caso del PSOE”,  Revista Española de Ciencia Política). Desde una perspectiva comparada tampoco están mejor. En otros países tampoco existen datos que analicen la división interna de partidos y los trabajos académicos se limitan a estudios de casos en un momento del tiempo.

 

Todo esto resulta más llamativo cuando reflexionamos sobre el papel de los partidos políticos en las democracias. Son el actor principal y, en la mayoría de los casos, se financian con dinero público. Cuando acudimos a las elecciones, juzgamos a los gobiernos a través de los partidos. Esta idea se clarifica si pensamos en los gobiernos de coalición. Como dice Elster, las responsabilidades no son colectivas, sino individuales. Por ello, votamos partidos y no gobiernos.

 

Tampoco podemos caer en el catastrofismo. Los partidos no son peores que otras organizaciones sociales y, en muchas ocasiones, son más transparentes que bancos, departamentos de universidad, organizaciones patronales o sindicatos. Pero, como nos recordaba José Ignacio Torreblanca el pasado lunes en El País: “a los amigos hay que criticarlos cuando se equivocan…. De no hacerlo, (…) podrían interpretar nuestro silencio como una falta de confianza, e incluso sospechar que realmente no son nuestros amigos”.

 

*Fundación Alternativas y Universidad Complutense de Madrid